Su mundo, casi de nada y nada,
de fantasmales supercuerdas
en el espacio decadimensional,
extrañeza, color, espín y encanto —pero cuando tiene dolor de muelas,
el cosmólogo,
cuando se disipa en polvo de nieve
en St. Moritz,
come ensalada de patatas
o se acuesta con una señora
que no cree en bosones,
cuando muerese evaporan los cuentos matemáticos,
las ecuaciones se derriten
y él vuelve de su má allá
a este mundo
de dolor, nieve, placer,
ensalada de patatas y muerte.
Hans Magnus Enzensberger,
Los elixires de la ciencia (Anagrama, p. 106).
Traducción de José Luis Reina Palazón

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