Como es sabido, la luz de una estrella tarda miles de años en llegar hasta nosotros. Cuando la vemos, quizá la estrella ya ha muerto, y así, nuestras esperanzas y el cielo están hermosamente alumbrados por fantasmas.
Una persona se vuelve fantasma por dos motivos: o por tozudez o por amor.
Un país lejano está poblado por millones de fantasmas. A sus habitantes se los llevó de pronto la epidemia; muertos en horas, en días, en mitad de sus asuntos. El único hombre vivo se arrastra por las calles, solitario. Los fantasmas no lo ven ni lo oyen, yendo y viniendo a sus tareas. Errabundo, se sienta en las escaleras del Parlamento, o al borde del estanque de la plaza, o en medio de la acera, solo, viendo rodar las hojas.
La dificultad mayor para hacer un fantasma es que sea uno. Adónde iría yo, me pregunto, si tuviese que embrujar un sitio. A qué casa de las que habité. Qué terca obsesión me poseería muerto de entre las que perseguí de vivo. Qué destino enfebrecido, qué paisaje. Qué persona ajena se quedaría atascada en mis sueños.
Al cabo de largos años de encantar el castillo, un día el fantasma enferma y muere. A la mañana siguiente, como si nada, vuelve a aparecerse junto a la repisa de la chimenea; aunque su presencia es más leve. Él no lo nota, pero a cada muerte reaparece atenuado, hasta que solo es un vapor, un frufrú, un temblor del aire.
También es conocido el caso de los miembros amputados que el cerebro siente como si aún estuvieran, a los que llaman miembros fantasma. A veces una persona va a usar la juventud o la belleza y se da cuenta de que las ha perdido.
Los fantasmas no son siempre personas muertas. Algunos han nacido fantasmas; otros son fantasmas de lo que está por vivir. También son fantasmas las partículas subatómicas, el recuerdo de una voz lejana, las obsesiones, la literatura, las luces que surgen del mar, las canciones que nadie canta, los universos paralelos, los caballos que echan fuego por los ojos, una ráfaga de sol en la noche de invierno, el viento que levanta las hojas caídas de otoño justo cuando la persona va a tomar una decisión temible, por citar algunos casos.
Un parque está poseído por una primavera antigua. Cuando llega la noche, en pleno invierno, una fosforescencia verdosa ilumina las ramas brotadas; crece la hierba en los calveros; flota una fragancia floral, mortuoria y espesa. Se oye un lejano piar de pájaros que no se ven. Al que se ha sentado en un banco le entra un escalofrío a la puesta de sol y se dice: «Vámonos de aquí. Algo me da mala espina». Mejor. Vete antes de que veas pasar a los enamorados en viejas primaveras.

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