Autor: Juan Avellana

  • Resurrecciones

    Al final, en Imbria la gente acaba muriéndose. Alguno, pronto o de golpe; la mayoría, desgastados como piedrecillas sobre las que insisten las mareas. 

    Unos pocos permanecen vivos. No son de morirse. Mientras los difuntos, alineados en las tumbas, duermen su sueño yermo, ellos continúan largamente en pie, intactos, algo aburridos, retejando casas, podando árboles y abonando los jardines hasta el día que se acaben los años de ese ciclo del universo, ese invierno de los muertos.

    Por la época de resurrección los días son fríos aún, diáfanos, de un azul muy claro; el ojo puede ver el verde tierno de un tallo desde lejos y separar las gotas de cristal dentro del agua. A los resucitados todo se les hace nuevo porque creen que en ese instante todo empieza: se deshacen en alegría, asombros cambiadizos y proyectos; hablan del mundo como una vasta mañana y un camino. 

    Los siemprevivos los escuchan y callan, ya que la monótona perduración, a fin de cuentas, tampoco les ha enseñado nada que valga la pena. Sobre todo en un tiempo así, de limpios comienzos. 

     

    Feliz año.

  • El lago

    Justo hace un mes escribí: «Suavemente, las macetas han empezado a amarillear»; pero no lo posteé. Se quedó en una página en blanco, aquí.

    Aquellas hojas pasaron del verde pálido al oro y al ocre y al marrón de herrumbre, descaecieron, murieron; se han barrido. Mientras tanto, en mi frase siguen de leve amarillo y verdes, intactas.

    Así que he pensado un lago solitario en medio de un bosque, a principios del verano. Cerca de la orilla hay plantados sauces, algunos tilos, grandes castaños de Indias. Empieza a atardecer. El cielo se espeja en el agua del lago, cruzado por nubes y vuelos de pájaros. Una mujer joven de pelo negro está sentada en un pontón, contemplando su imagen en el agua.

    Luego, poco a poco, llegan el otoño y el invierno. Pasa el tiempo; las hojas se amustian, las ramas se desnudan, sopla un viento crudo y desaparecen las personas y los pájaros, pero en el reflejo del lago —tal es su virtud innatural— siguen agitándose las arrogantes hojas de junio y cabrillea la luz en el agua con el rubor de aquel minuto exacto de la tarde. Los ojos oscuros de la mujer miran siempre tranquilos, grandes, limpios de cualquier preocupación. 

  • Todo está bien así

    Por azar, he vuelto a cruzarme con la música de una película que me importó mucho cuando, como suele decirse, era joven e impresionable (sigo siendo impresionable). Me cambió; y sin embargo ahora no puedo detallar cómo. Ya no me acuerdo.

    Imagina que te trajeron a vivir a la ciudad cuando eras niño y que un día vuelves a la casa del pueblo, en tu madurez, muertos ya tus abuelos y tus padres. Al final de una cuesta sin asfaltar encuentras el solar de la familia, junto al bulto de una arboleda que quieres reconocer. Pero la casa ya no está en pie; se ha hundido bajo el peso de los años. Algo así siento, a veces, al entrar en mi memoria: aquí está el recuerdo, sí, este es el sitio y estos sus contornos vagos; pero la armazón de aquel tiempo de mi vida ya no existe, aplastada por el amontonamiento de lo que vino después y la distancia.

    Tres paredes quedan en pie, abiertas al cielo. Helechos y bardas y unos arbustos prietos de flores amarillas cubren los cascotes sobre los que andas y dan un olor dulce y limpio. Pasas de una a otra estancia, con las manos en los bolsillos. Es un lugar agradable y tranquilo. En mitad de la casa, te sientas sobre un trozo de mampostería a mirar los montes que te rodean, verdes de hierba. Sólo se oye el ruido de los pájaros y una racha de viento. Sin moverte, desde donde estás, se ve algún trozo hermoso de escombro: un balaústre, una geometría de baldosas, un azulejo azul y blanco.

     

    [Une jeune fillette, que es por donde empieza el post:
    http://www.youtube.com/watch?v=NJ9xqBsROBQ]

  • Matemática

    Si la gente no se cree que las matemáticas sean simples, es solo porque no se da cuenta de lo complicada que es la vida.

    John von Neumann
    (en but does it float)

  • Grulla

  • Septiembre y un grillo

    La otra noche caminaba bajo la primera lluvia del otoño y cantó un grillo. 

    Iba por una arboleda destartalada, al final de la ciudad, y empezaron a caer —despacio, como sin convicción o por descostumbre— unas pocas gotas gordas, tibias, que al rato se hicieron una lluvia mansa sobre las hojas. Pensé: «Esta es la primera lluvia del otoño». Y entonces oí la voz de verano del grillo, en la oscuridad, y sentí una grandísima continuidad y una esperanza.

  • La herida

    En estos tiempos podría ser muy feliz. Salvo por esta sensación urgente de que se me va el tiempo, como pierde la sangre un animal herido.

  • La gran literatura

    «Yo fui niño en una época de esperanza». Así empieza Carl Sagan el segundo capítulo de El mundo y sus demonios.

    «I was a child in a time of hope»: ahí me la encontré. Una frase que vale más que enteros libros.

  • Adelantos

    Tres anticipaciones de cómo serán pronto las cosas: la comida, la televisión, la prensa.

    O no. Pero en todo caso, no muy distintas.

  • I Don’t Stand A Ghost Of A Chance With You

    Wendell Pierce canta en la calle, de noche

    «I Don’t Stand A Ghost Of A Chance With You»… y el resto de la banda sonora de la primera temporada de Treme.