Autor: Juan Avellana

  • Si esta noche en la Tierra

    Si esta noche en la Tierra cien personas soñasen a la vez con una misma casa de cristales de colores cuyas ventanas se ven brillar en la oscuridad sobre un monte, nadie lo sabría nunca.

    Podría ocurrir incluso que cada una de esas personas llegase solitaria por su lado y entrase en una de las habitaciones inumerables, que están extrañamente dispuestas, como si allí se hubiese empezado a montar un diorama. Un hombre menudo, calvo, recibe al visitante y le refiere algunos hechos sin ilación, mayormente anodinos. En la habitación puede haber muebles de madera, libros y cartapacios, grandes animales disecados, objetos desparejos en baldas, paisajes sin gente en cuadros pintados o en pantallas de televisión, camas deshechas, aparejos de pesca o de labranza, alfombras que imitan la hierba, el suelo de una caverna o una alfombra. Y aunque el sueño tiene un aire general de extravagante rareza e intriga, el soñador deja la casa sin sacar mucho en limpio.

    Aún más, podría ocurrir que ese hombre lampiño y frágil le hubiese contado a cada uno de los visitantes un hilo de cierta historia secreta que, puesto en el lugar que le corresponde, unido a los otros, vivificado por la concatenación de los actos, compusiese un relato asombroso que desvela parte de la verdad del mundo. Y si eso sucediese esta noche, nadie en la Tierra, al despertar la mañana, lo sabría nunca.

  • Tiempo y cuentas

    Por Navidad he vuelto al paisaje donde me crié. Entre la orilla del mar y la línea de los montes a lo lejos. El faro silencioso, el viento duradero, la piedra negra y la roca verdecida. Regresar así a casa al comienzo del año es como caer en la casilla de salida.

    *

    En este paisaje es sencillo notar el solsticio hiemal. Fácilmente el ánimo se va al principio o al final de las cosas y unos metros por encima y se pone a echar cuentas de ellas. Y sin embargo, no pienso, propiamente, nada. Al final de este tiempo no hay idea que me importe. Sólo quedan sentimientos. La huella de las vidas que conozco.

    *

    Entre la playa y el campo de fútbol me encuentro una carpa blanca con banderolas. También el circo ha escogido pasar aquí la Navidad. Por el suelo del aparcamiento vacío veo unas bolas de excremento. Serán de algún animal prodigioso de los que el circo enseña.

    Igual es mejor así, me digo. Mejor estas bolas de mierda que señalan a un imaginable animal en ausencia que el propio animal tras las rejas de su remolque, previsiblemente menesteroso, incluso triste.

    *

    Leo un haiku de Santôka: «También ha envejecido el ruido de la lluvia».

    *

    Las ideas son terriblemente importantes. Un hombre puede pasarse años cavilando con las piernas cruzadas, pero un día abre los ojos y, como si un viento hubiese limpiado el aire azul, las ideas se han ido.

    La idea es un ensueño. Cuando sopla el viento de los años las ideas se desvanecen; sobre la llanura sólo hacen bulto las personas.

     

    Feliz año.

     

    [El haiku de Taneda Santôka en Instantes, Hiperión. Traducción de José María Bermejo.]

  • La ciudad inmutable

    En la ciudad pequeña donde crecí la gente no se maneja por la ciudad tal como es, sino como debería ser. «He visto a tu hermana por la cuesta donde estaba el Diario», dicen, o «he aparcado detrás de lo que era el Instituto»; o hablan de direcciones postales hace tiempo perdidas: la acera del Correo, la calle del Martillo. Ven la ciudad como quedó cristalizada un día, preservada del tiempo y de la lluvia: la ciudad verdadera, con respecto a la cual esta de ahí es un accidente, una contingencia que se monta y se derruye al buen tuntún, como una construcción de niños.

    Cierran la estación de la Continental y pasa a servir de garaje; luego ponen un cine, un supermercado; después, durante años, es un solar cubierto de cascotes donde crecen los abrojos; por último levantan una torre de oficinas blanqueadas, en la ciudad terrestre. Pero en la ciudad sin tiempo la estación persiste como una trama de líneas puras, con las cocheras donde resuenan los motores y el eco de las llamadas a los viajeros y las despedidas. Y así los astilleros de Bajamar, los arenales, la esquina del bar Casablanca, los antiguos parques.

    Cada generación habita su propia ciudad ideal. Con los años, más partes de la ciudad se convierten en una luz cristalina, según los viejos van muriendo, de modo que la ciudad es más elevada y pura y vive en ella menos gente. Cuando alcanza la transparencia absoluta, hace mucho que por sus calles limpias ya no camina nadie.

  • La estación oscura

    Bajo por la acera del Botánico pisando hojas de otoño, y en el pensamiento un tema alemán. Sopla un viento repentinamente agrio, como una aventura que se ha torcido.

    Ya es noche casi, tan temprano. El domingo empezó el horario de invierno; esa misma madrugada la temperatura bajó diez grados.

    El tiempo de la oscuridad se alza ya ahí, como un horizonte de tormenta. Nada se ve al otro lado. Por delante solo noche, frío, las playas pálidas y los árboles desnudos durante meses por venir.

    Pasaremos hasta la otra parte, agachados, a través de un túnel de esperanza.

  • Un estruendo

    Un estruendo: la verdad
    misma ha comparecido
    avanzando entre los
    hombres,
    hacia el centro
    del torbellino de metáforas.

     

    Paul Celan, Cambio de aliento

     

    [Ein Dröhnen: es ist / die Wahrheit selbst / unter die Menschen / getreten, / mitten ins / Metapherngestöber].

    [La traducción, de aquí: http://www.bibliele.com/CILHT/pcelan.html]

  • Un árbol en agosto

    Durante la estación fría, este cerezo parece un triste palo tortuoso; por la primavera, en cambio, es un árbol modestamente bello, con sus anchas hojas de verde vivo. Unos días cada año trae una menudísima felicidad, tan fugaz que hiere.

    Desde mediados de mes el cerezo da señales de descaecimiento. El verano mismo, este que lo agobia, pierde la luz a chorros por una herida. Es tan corto el esplendor que uno acaba echando cuentas: aquí peso la belleza, aquí pongo la pena. Y sin embargo, ese cálculo no pertenece al mundo del cerezo, el sol o la primavera; es, digamos, propio del que vive en un concepto.

    Una mente da forma a la idea de la vida de un hombre con fragmentos que saca del recuerdo y sucesos que sabe que están por venir; levanta en el aire ese artefacto y lo mira. Se pone a comparar unas partes con otras: lo que fue con lo que será; la primavera de los quince años con un día de noviembre de cuando sea viejo; la semilla con la flor con el fruto con el árbol. Pero el presente no es una idea, no es una imagen. El presente es lo que es; al presente no se le puede comparar con nada. Hacer un balance de penas y flores es mezclar cantidades heterogéneas.

    Ahora bien, yo no sé en dónde le corresponde vivir a un hombre. Si en el mundo del cerezo, el sol, la primavera, o en otro.

  • Un verano en el norte

    A la hora del atardecer, veo a un hombre inmensamente solo en una playa sin fin, de pie en la orilla. Allá en la distancia, alguna pareja, gente con niños. Él, solo; tan solo que lo fotografío. ¿Y tú, Juan, no estás igual? ¡Ah, no! —me digo—: yo estoy haciendo la fotografía.

    *

    Pienso en una literatura que sólo tiene dos temas: o el amor, o el ser. De pronto se me ocurre que los dos son el mismo. Se me ocurre naturalmente, como la ruda sospecha de una fiera: lo venteo, no alcanzo a verlo. ¡Si fuese más lúcido, si hubiese leído más! Pero tengo que conformarme con rondar entre la niebla.

    *

    Los periódicos españoles que cuentan la ruina del país son ellos mismos ruina: fútiles, enfáticos, repletos de gramática bárbara y frases chapuceras, chillando cada uno en favor de su amo. Si informasen de que España florece, igualmente comprenderíamos que yace en la ruina.

    *

    Mi madre se interrumpe en mitad de una frase porque se da cuenta de que está a punto de repetir algo que su propia madre le repetía a ella. Se queda callada, abstraída; supongo que viendo a mi abuela en el recuerdo. «Todos somos iguales —dice al fin—. Es como un libro que ya te has leído».

    *

    En el edificio de enfrente, a la sombra, el viento agita una toalla de playa roja y blanca que han colgado a secar. Lleva dibujado un perrito blanco con pintas negras que mira de lado. Debajo pone: «SO CUTE». El edificio de ladrillo, el viento frío, la habitación en penumbra al volver de la playa, las toallas baratas y las sábanas frescas: esas cosas serán parte del paraíso de algún hombre que ahora es un niño.

  • España, campeona

    Celebramos la victoria. Me pregunto qué se siente siendo sueco, o suizo, esas personas que no se pasan el día volando y despeñándose entre la exaltación y la miseria, como en una montaña rusa.

  • Tarde a principios de verano

    En alguna parte
    ha de haber una mujer que contemple
    la caída del sol allá en lo alto,
    como asomada a un balcón sobre el mundo;
    el pelo luminoso recogido en la nuca, con descuido,
    bajo la enorme luz de junio
    que alumbra despacio sus pensamientos.

     

  • Tarde a finales de primavera

    La tarde ha ido pasando y yo me he aquietado hasta pararme. Sentado en las sombras, toda la casa abierta a la brisa de primavera, a las voces de los niños de la calle, los coches, los gritos de los pájaros. Las ramas movedizas son siluetas de tinta contra el cielo pálido de poniente.

    Mi corazón se ha encalmado como una vela sin viento. Cae la sombra sobre él también. Ya solo piensa en sí mismo. Es hora de encender una luz antes que sea de noche.