Autor: Juan Avellana

  • La reforma

    Qué útil es una Constitución. Sirve para mandarles un mensaje a los mercados. Para apoyar la pata de una mesa que cojea, para lanzarla contra una mosca, para gastarle una broma a un amigo, para limpiarse el culo.

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    Si es razonable cambiar la Constitución para mandarles un mensaje a los mercados, por qué no ser un poco más audaces y abrirla al patrocinio. Reformamos la Constitución de modo que, pongamos, las galletas Fontaneda patrocinen el artículo tercero: «La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España y las galletas Fontaneda son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». La necesidad justifica cualquier cosa, dicen.

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    Sería muy divertido cambiar sigilosamente la Constitución, y un día ir donde un amigo y decirle: «Eh, Fulano, ¿has visto el artículo 69bis? Va Fulano, lo mira y pone: «Fulano Pérez García tiene prohibido el sexo oral los días laborables». Ver la cara que se le quedaría a Fulano, qué risa, qué descojono.

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    Podríamos aprovechar la reforma constitucional y añadirle al preámbulo esta cita de Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros».

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  • Agosto

    Imagina que es tu fervor el que anima el mundo y no al revés. Que el hábito de mirarlo reverdece y espesa un bosque que prefieres; que tu placer afila el olor del dondiego y la elegancia del arco de un puente; que haces romper más vivas las olas en la orilla, que las nubes corran por el cielo y que la lluvia fina se amanse las tardes que estás triste. Por eso, cuando cambias de hábitos, o has de marcharte por cierto motivo, o te enamoras equivocadamente, un día, tiempo después, pasas y ves que se han hundido los tejados de las casas del puerto, que los matojos crecen en los parterres; por el café paran apenas algunos hombres taciturnos, alquilan para oficinas el castillo y la marea deja tapones y bolsas de plástico en la arena de la playa.

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    El sol poniente incendia de luz todos los días las hojas del árbol que se yergue hasta mi terraza. Entonces salgo y le hago una foto, y la tarde siguiente otra, y otra tarde, y otra. Para nada, sólo por verlo.

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    En medio del verano se me ocurre pensar en el invierno, como un niño se pone a pensar en la muerte.

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    Hablo con Elvira por teléfono; le digo que igual me voy un par de días a Santander. Ella me incita. No hay nadie en Madrid; la ciudad está vacía; ¿qué haces ahí? Un rato después aún le doy vueltas a la pregunta: ¿qué hago? Vivo, me contesto, con un poco de extrañeza. Me doy cuenta de que normalmente me gusta vivir. Estar, presenciar las cosas. En algún momento de mi edad, no sé cuándo, vivir se ha vuelto intransitivo.

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    Pensaba en el ser y me quedé dormido.

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    Ya he vivido bastantes años para hacerme esta pregunta: ¿por qué la edad a unos les adulza el carácter y a otros se lo amarga?

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    Me cuesta decir «en casa de mi madre». Me suena raro. «En casa», me sale, como si lo otro fuese un pleonasmo.

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    Antes de salir a la playa, la carretera cruza un buen tramo de pinares. Sobre un cartel indicador alguien ha escrito con espray negro: «TRÄUME LEBEN». «Träume» es sueños en alemán, eso lo recuerdo; «leben» será vivir, o vida. Hum… gracias por el aviso, pero no me convence.

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    Mi madre y yo estamos sentados en la cocina, cada uno a lo suyo, callados. Ella se pone a revolver en la caja de las medicinas, saca un termómetro digital y se lo coloca bajo el brazo. Al cabo de un rato, el termómetro empieza a pitar. Mi madre sigue leyendo un prospecto, sin inmutarse. Yo me la quedo mirando hasta que lo nota y levanta la vista. Le digo, con mucho cuidado: «No sé; me daba la sensación de que…». Ella espera con paciencia a que yo termine la frase. La alarma del termómetro se para. «Parecía como si estuviese sonando la alarma del termómetro». Entonces se lo saca de bajo el brazo y lee la temperatura, tranquilamente. Yo la contemplo en silencio. Me estoy haciendo mayor.

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    Un atardecer prodigioso, de los que forjan creyentes, cubre la llanura de Castilla. Yo lo veo desde el tren que la cruza, de vuelta. Una nube roja y rosa, de pronto, me despierta una emoción punzante, a punto de avivar algún recuerdo antiguo, muy hondo, que no llego a alcanzar y se disipa.

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    Antonio López es un hombre que me llena de admiración. Dice en el periódico: «Soy más libre que cuando era joven. Me ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por mí mismo. El camino ha sido complicado».

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    Si necesito apuntar algo y no tengo dónde, alguna vez tecleo un mensaje en el móvil y en vez de enviarlo lo guardo. Ayer me encontré uno, escrito un martes de agosto, que decía: «Los ojos llenos de azul y maravillas». No sé por qué lo escribí; no lo recuerdo.

  • Esto no es Esparta

    Un día entre 15 y el 22 de mayo de este año, en medio de la multitud de la Puerta del Sol vi un hombre con una pancarta que decía: «This is Sparta». «Esto es Esparta»: se refería a aquella escena de 300, famosa hace cuatro o cinco años, que retrata la determinación espartana de plantarse frente al poder omnímodo del emperador de los persas. Entendí la broma, sí; pero no, aquello no fue —esto no es— Esparta.

    No mucho después de vencer juntos a los persas, los atenienses y los espartanos feroces de la película entraron en guerra, los dos pueblos griegos más opuestos por su forma de vida y de gobierno.

    Al cabo del primer año de la guerra, Atenas celebra los funerales por los que hasta entonces han caído. Le corresponde hablar al ciudadano Pericles, el primero entre los atenienses. Y él, para que se entienda bien por qué han muerto esos hombres, dedica su discurso a describir la ciudad en que viven, ya que eso dará la medida, cree, del valor de su sacrificio.

    Este discurso, tal como lo refiere Tucídides, es una pieza fundamental de nuestra cultura y todavía hoy resuena como si fuese nuevo:

    Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado vivimos como ciudadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta y no le dirigimos miradas de reproche, que no suponen un perjuicio, pero resultan dolorosas. Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren injusticias y a las que, sin estar escritas, acarrean a quien las infringe una vergüenza por todos reconocida.

    (…)

    Amamos la belleza con sencillez y el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la vanagloria, y entre nosotros no es un motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a la vez su atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a diferentes actividades tienen suficiente criterio respecto a los asuntos públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no toma parte en estos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros en persona cuando menos damos nuestro juicio sobre los asuntos, o los estudiamos puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras lo que supone un perjuicio para la acción, sino el no informarse por medio de la palabra antes de proceder a lo necesario mediante la acción.

    (…)

    Tratad, pues, de emular a estos hombres, y estimando que la felicidad se basa en la libertad y la libertad en el coraje, no miréis con inquietud los peligros de la guerra.

    Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, Libro II.

    Las palabras de Pericles expresan lo que los atenienses querían ser; lo que quiséramos ser nosotros. Me da mucho placer copiarlas aquí, esta tarde de julio soleada y fresca junto al mar Cantábrico.

    (Juan José Torres Esbarranch las puso en castellano para la Editorial Gredos).

  • Un reino de futuros y recuerdos

    Mi hermana me manda una foto con el móvil. Se ve una tarta de color blanco en forma de corazón, con flores rosas y hojas verdes y una inscripción que dice: «Felicidades, Claudia». Claudia es mi sobrina, que cumple cinco años. Mi sobrino tiene nueve y medio. Luego está mi cuñado. Le respondo a mi hermana que es una tarta estupenda y ella me contesta: «¿A que sí? Estoy de lo más orgullosa de mí misma».

    Viven cerca de Madrid, en una casa que da a unos campos de trigo interminables. Me parece un lugar tranquilo y hermoso. El otro día fui a visitarlos y pensé en ellos, en su vida, en esas tareas: hacer una tarta, madrugar, trabajar, llevar el coche al taller. Los jueves por la tarde mi hermana recoge a los niños de la escuela, deja a uno corriendo o bailando o entrenándose en algo y mientras tanto se lleva al otro a una biblioteca donde pasan el tiempo y hacen los deberes. Cuando han terminado, los tres se van a merendar a una bocadillería que a los niños les gusta mucho. Eso ocurre los jueves: cada día tiene su hábito, salvo los días de improvisar.

    En la planta baja de la casa hay un baño pequeño por el que entra a chorros el sol amarillo de la tarde. En la repisa sobre el lavabo, palitos que dan olor, jabones en una cesta, cosas así. Ahí me puse a pensar en la vida de mi hermana y mi cuñado. Si serían felices, con lo que les ha costado llegar hasta aquí. Porque no lo sé. En verdad no lo sé; no los conozco desde dentro.

    Alrededor de mí la casa, llena de utensilios y juguetes; los niños, con su pelo levemente rojizo; esas vidas, el ir y venir, sus historias, estos jueves de biblioteca y bocadillo que serán recordados al cabo de muchos años, cuando se hayan perdido tantas cosas que ahora vemos.

    Es su obra, lo que los dos han hecho.

    Las ventanas de la casa de mi hermana dan a poniente, al cielo inmenso de Castilla y a los trigales. Un camino que pasa junto a su puerta se aleja y se aleja entre los campos, deja atrás una encina patriarcal y se pierde tras unas lomas en la distancia. Siempre que puedo me voy hasta ese árbol. Me gusta llegar allí, enmedio. Se oye el vasto viento solo como si fuese el mar, y las ramas y las espigas le responden.

  • Hora de despertar

    «Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto». Antonio Muñoz Molina resume admirablemente el estado de las cosas y cómo hemos llegado a él. En su opinión, que es la mía.

  • Sol en mayo

    Un dibujo que representa un manifestante callejero en el acto de arrojar un ramo de flores contra algo o alguien fuera del cuadro

  • Citas

    Ocurre a veces que uno entra en una habitación vacía y nota, intensamente, que algo acaba de pasar, no se sabe qué; algo que acaba de haber y que se desvanece ante los ojos en el aire invisible, ahí donde no hay nada.

    Por Azúa, fui a ver una exposición de las fotografías de Henri Lartigue. Muchas parecen la repetición incansable de un propósito: retener el instante, fijar el salto, levantar acta de un soplo, parar la vida al vuelo. No conforme, Lartigue rellenaba cuadernos, hojas sueltas y álbumes donde prendía imágenes y anotaba los días también con palabras.

    Muchos años después, en las fotos de Lartigue yo he encontrado olas que rompen al sol de la mañana, jóvenes detenidas y hermosas, amigos, novias, juegos y juguetes. Una bella vida que fue. No la vida, esta que es. Y sin embargo, la sensación feliz de su inminencia, la gracia de la vida que acaba de irse. Algo que quizá, se me ocurre, sea lo máximo a que pueda aspirarse con los medios del arte.

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    Yo también soy muy dado a guardar imágenes y tomar notas. Un día anoté, por cierto, esto:

    Por entonces Antonioni también solía usar una Polaroid. Recuerdo que en el curso de una localización de exteriores en Uzbekistán donde queríamos rodar un film —que finalmente no hicimos— regaló a tres ancianos musulmanes las fotos que les había tomado. El más viejo, nada más verlas se las devolvió con estas palabras: «¿Qué hay de bueno en parar el tiempo?»

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    Esta agudísima frase de Banksy: «Todos los artistas están dispuestos a sufrir por su trabajo; pero ¿por qué tan pocos están dispuestos a aprender a dibujar?».

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    Cuando encontré su tumba en el cementerio de Montparnasse, al leer su nombre en la lápida junto al de Simone, me puse a llorar. No de pena, desde luego, aunque tanto echo de menos a ambos cada vez que vuelvo a París y recuerdo nuestras cenas en la calle del Odeon, las charlas interminables y las risas. ¿Cómo podría lamentarme por ellos, cuando tanto les admiré y tanto enriquecieron generosamente mi juventud? No, supongo que lloré de gratitud y sobre todo de asombro. El asombro porque los que aún estamos ya no estamos del todo y de que aún siguen estando los que ya no están.

    Fernando Savater en El País, recordando a Cioran.

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    No hay un Borges menor. En una breve reseña, entonces dice: «… una tristeza de atardecer en la llanura, de ríos barrosos, de recuerdos inútiles y precisos». Es verdad; qué gran tristeza.

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    La semana pasada, a la entrada del Puente de Toledo: «Es mi madre, ya; pero a veces me entran unas ganas de darle un collejón…». Se lo iba diciendo una mujer a otra.

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    El otro día estuve hojeando cuadernos antiguos. Escribí titulares de periódico, pormenores del día, sueños, cifras, dibujos, fechas, versos, todo mezclado sin criterio. Algunos apuntes, tan olvidados, me sorprenden como si los hubiese escrito otro. Pasé una tarde muy agradable de visita en casa de una amiga enferma, que me dio mandarinas; aquella misma noche, al ir a apagar la lámpara de mi mesilla, mi mano me rozó la cara y me devolvió, en la oscuridad, el olor dulce de las mandarinas.

    Un taxista recoge a una señora en Diego de León. La señora se sube al taxi y pide que la lleve a tal calle; que cuando lleguen a Cuatro Caminos ya le indicará ella. Llegados allí, el taxista se vuelve para preguntar, pero la señora ha muerto.

    «El mundo me trata injustamente o yo no entiendo lo que quiere decirme», anoto (¡con ironía!). Anoto que mi novia trae la piel morena de las vacaciones y lleva un vestido dorado y verde. Una adivinanza (en Marruecos): estás dentro de una cosa pero no puedes entrar en ella. Una anciana, en una droguería, me explica que la vida tiene un límite.

    Son cosas de mi vida. Mi vida, y sin embargo intrigante y bella, mi pequeña vida.

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    A punto de terminar este post, Elvira me envía una cita de Sábato, que acaba de morir en Argentina:

    Y sin embargo el hombre carece hoy, como nunca quizá, de un ámbito mítico-poético que ampare la existencia. No me estoy refiriendo a «ideas», sino más bien a un cuenco para llenar de vida; una trama donde ir sembrando la existencia, manifestándola.

    Una trama, decía yo.

  • El mundo en primavera

    Como ocurre a veces, una racha de buen tiempo se adelantó a la primavera. Después volvieron el frío y los días oscuros, y hubiera parecido que toda resurrección se malograba. Pero en el lecho de tierra y bajo el tronco leñoso la vida renovada, a escondidas, seguía su curso, porque tal es el ser de las cosas.

    Volverán a lucir días felices, y no porque esperes ningún raro favor de la fortuna, sino porque ése es el ser de las cosas. También la felicidad forma parte de la máquina del mundo.

  • El mapa

    Junto a las murallas de Troya, Héctor se despide de su mujer y de su hijo, un niño que aún no habla. Héctor va a besarlo, pero él se asusta de su padre, terriblemente vestido para la batalla. Es un detalle delicado, tierno y raro en medio del estruendo de bronce de la Ilíada. Recuerdo bien cómo lo señalé en mi memoria. Pensé que era algo mío; luego crecí y supe que muchos otros habían pensado lo mismo.

    En mi mapa del mundo, como un portulano medieval, al llegar a la Ilíada hay una marca muy grande, y en el canto VI se ve el dibujo de un casco empenachado, un escudo, una mujer y un niño. Mi mapa del mundo unas veces coincide con el de otros, a veces no. Hay desiertos en blanco donde se esperaría una reunión de monumentos y, en cambio, una esquina cualquiera de un arrabal del mundo se hipertrofia.

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    Está la azotea despintada donde ondea al viento la ropa tendida; esos planos de Manhattan donde Woody Allen mira cómo Mariel Hemingway se peina, en el portal de su casa; una columna en la última página de El Norte de Castilla, hace muchos años; un tiesto pequeño con un cerezo dentro; El Hacedor, de Borges; el coche rojo que se compró mi padre; un embarcadero de madera en una playa; un cuadro de Hammershoi; la entera ciudad de Venecia; una mañana en un piso del Rastro; una poza de agua que ha dejado la bajamar entre dos rocas; Brahms; los primeros compases de una canción; sobres de azúcar dentro de un bolso viejo; la calavera de un animalillo bajo la tierra de un jardín, al pie de los árboles. En el mapa hay pintados dragones y monstruos.

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    El mapa, por lo que veo, está hecho de tiempo y sitios, no de sitios solos. El camino entra y sale del espacio y la memoria.

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    Yo soy un sentimental agradecido. Fiel, con terquedad, a lo que una vez fue. Es duro admitir impasiblemente que lo que ha sido ya no es, pues concede que tampoco existe lo que está siendo ahora.

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    Como el hombre salvaje, el niño vive en un presente perpetuo que se repite en ciclos. Lo que se aprende al envejecer es la Historia. Lo que parecía perdurable resulta ser sólo un largo hábito. Las tramas, las situaciones, una familia, las personas que tienen un rostro y una voz salen del escenario y van a disolverse en el recuerdo. Si acaso, retornan en la oscuridad del sueño.

    Bajo la ducha, me acordé a medias de algo muy lejano, en otra ciudad y otro tiempo. Pensaba: a veces no sé si mi vida la he soñado o la he vivido.

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    Un día escribí que una ciudad es un hábito. Pero todo es un hábito, si uno espera lo bastante. Hasta la física.

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    Según se alarga la vida, según se acumulan las peripecias, las personas, los sitios y las tramas, el cuento de la vida se fractura. Sin unidad de acción, ni de escenario, ni de tiempo, perdida la unidad de intención, si es que la hubo, la vida se va volviendo una cosa más y más inarticulada, y por tanto, crecientemente incomprensible.

    Lo cual no comporta la infelicidad. Creo que se trata de vivir por partes. Recuerdo que una amiga me describió un ejercicio actoral, en un curso de iniciación al teatro: caminar a ciegas por el escenario, fiándose de la mano del profesor en el hombro. A algo así me refiero. A vivir sin saber. La mano en el hombro es la vaga experiencia.

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    El camino entra y sale del espacio y la memoria: puede que en la vida real uno vuelva a un sitio y no haya nada semejante al dibujo del mapa. Todo ha cambiado, excepto yo. Pero en lo que toca al sentimiento de la vida, esto es, en lo que toca a su valor, será mejor que uno se ate, como Ulises, a su voz interna, sin atender a las otras; la que dice: «Lo que una vez fue, será para siempre».

  • Terminan los días de esplendor de la Ciudad de Poniente

    Desde las atalayas dieron la voz de que llegaba la tormenta de entresiglos, pero en la ciudad nadie recordaba la canción para desviarla. Los sabios fueron a los sótanos de la biblioteca y sacaron las oraciones crujientes de un cofre taraceado, pero vieron que no sabían leerlas. Levantaron las losas de la Catedral y desenterraron los huesos blancos que antiguamente habrían hablado, pero ignoraban el arte de disponerlos con sentido y animarlos. Por último, buscaron por toda la ciudad a una doncella de la familia del rey que llevase una marca sobre el labio.

    La encontraron en un palacio antiguo, entre las casas altas de la ciudadela. Era una niña pelirroja. Ella misma les abrió la puerta y se los quedó mirando con tristeza. No, esa canción no la sé. Soy una niña, visto a mis muñecas con vestidos de tela violeta y oro; sueño con mi primo mayor, del que estoy enamorada. Tengo un gato blanco y negro y un árbol en el patio. Lo siento.

    Los sabios de la Ciudad de Poniente bajaron entonces al adarve de la muralla y se sentaron a contemplar la venida de la gran tormenta que, a lo lejos, desbarataba los tejados de las villas y en la mar negra hundía los barcos.