Autor: Juan Avellana

  • Azúa

    Ya he dicho unas cuantas veces que me gusta Félix de Azúa: una de las páginas más visitada de este blog es donde hablaba yo de su Diccionario de las artes, por cierto. El año pasado estuve un tiempo fuera, así que tardé meses en enterarme de que Azúa había puesto un blog. Después, muchas mañanas he pensado en traerlo aquí, pero por una u otra cosa, el caso es que al final —mis legendarios reflejos— el otro día lo ha cerrado, no sé si hasta agosto, como dice, o para siempre.

    Hay muchas cosas que me gustan de Azúa: su inteligencia, su ingenio, la variedad de curiosidad, su cultura sorprendente —por lo que a mí respecta, de un tamaño descorazonador—, y así; sin embargo, quizá lo que más le aprecio es esa cosa tan rara entre los españoles, el sentido del humor. Y su libertad de pensamiento.

    El blog de Azúa me alegraba las mañanas. Unos días mejor, otros peor, otros perfecto. A mí me han impresionado mucho, por poner un ejemplo, sus retratos de escritores: «El invicto», o un «Un poco de esperanza». Pero si debo quedarme con uno que cifre lo que yo sacaba en limpio cada mañana —muy tempranito, a eso de las diez—, escojo este, escrito a medias entre Azúa y Steiner: «Sobre la inconveniencia de pensar». Vale la pena leerlo y guardarlo.

    Su último post se titula «No es un adiós», pero para mí tiene todo el aire de serlo. Espero equivocarme.

  • Comprensión y redención

    Este es un poema que quiero mucho. Ya no es moderno, cierto, de modo que hay que leerlo como escrito en la primavera de 1916, que es su fecha. Sin embargo, lo esencial de su virtud poética —la mirada— sigue intacta. Y si no fuese en prosa, traería uno de los mejores versos que he leído en castellano: parece que va soñando con llevarla bien. Es de Juan Ramón Jiménez.

    New York, 4 de abril

    la negra y la rosa

    (A Pedro Henríquez Ureña)

    La negra va dormida, con una rosa blanca en la mano —La rosa y el sueño apartan, una superposición májica, todo el triste atavío de la muchacha: las medias rosas caladas, la blusa verde y transparente, el sombrero de paja de oro con amapolas moradas. —Indefensa con el sueño, se sonríe, la rosa blanca en la mano negra.

    ¡Cómo la lleva! Parece que va soñando con llevarla bien. Inconciente, la cuida —con la seguridad de una sonámbula— y es su delicadeza como si esta mañana la hubiera dado ella a luz, como si ella se sintiera, en sueños, madre del alma de una rosa blanca. —A veces, se le rinde sobre el pecho, o sobre un hombro, la pobre cabeza de humo rizado, que irisa el sol cual si fuese de oro, pero la mano en que tiene la rosa mantiene su honor, abanderada de la primavera—.

    Una realidad invisible anda por todo el subterráneo, cuyo estrepitoso negror rechinante, sucio y cálido, apenas se siente. Todos han dejado sus periódicos, sus gomas y sus gritos; están absortos como en una pesadilla de cansancio y de tristeza, en esta rosa blanca que la negra esalta y que es como la conciencia del subterráneo. Y la rosa emana, en el silencio atento, una delicada esencia y eleva como una bella presencia inmaterial que se va adueñando de todo, hasta que el hierro, el carbón, los periódicos, todo, huele un punto a rosa blanca, a primavera mejor, a eternidad…

    (De Diario de un poeta recién casado)

  • Creencias

    El hombre contemporáneo ya no tiene fe; en su lugar, tiene confianza. Sin embargo, debería notar que el salto de la fe a la confianza es, etimológicamente, chiquitísimo.

  • Tareas domésticas

    En todos los rincones del piso ha escrito plegarias. Cortitas, con un lápiz. En el rincón donde friega los platos, en donde tiende la ropa, donde crece la planta en una maceta, donde se corta las uñas, sobre el agujero por el que se colaban las hormigas, junto a la almohada, en el ordenador y en el router. Así la planta no pierde las hojas, no se caen los calcetines al patio, se sueña bien, la comida está rica y la conexión funciona. Ella cree que es por eso. Me las ha ido enseñando según recorríamos la casa, y ahora está escribiendo una que va a plegar con cuidado para meterla debajo del salvamanteles de modo que la comida me sepa bien.

    Le miro las mejillas mientras escribe, concentrada, con la cara inclinada sobre la mesa.

  • El lago

    Un rey melancólico mandó construir un lago que fuese figura de la vida, en un capricho de su melancolía. Aparejó aquí y allá algunas pequeñas islas de felicidad o de placer en correspondencia con su idea del mundo por entonces; pero en lo demás dispuso orillas elegantes y tristes, hondas aguas frías cruzadas por barcas lentas, arcos esbeltos y bosques tupidos que se contemplaban desde lejos. No había ni patos ni cascadas.

    El rey supervisaba las obras desde la orilla, sentado en un escabel. Urgía a los ingenieros, imprecaba a los aprendices, hacía gestos con la cara y mandaba rehacer minuciosamente esto o lo otro que no acababa de parecerse a su voluntad; hasta que al cabo del tiempo otros asuntos del reino lo obligaron a apartarse de allí y seguir el proyecto desde palacio.

    Alrededor del lago se fueron construyendo arroyos sonoros, pabelloncitos de hierro y cristal, praderas llanas y embarcaderos donde decir adiós, aunque entre tanto las directrices del rey se hacían cada vez más imprecisas y su atención más lejana. Se metió en batallas y las ganó; comerció, tomó esposa, acreció el reino y su familia. Fundó un hospital de caridad, dragó los puertos, reparó los caminos y armó una flota; a todo lo cual la obra ociosa del lago fue yendo al olvido, preterida por otras urgencias, esto es, por el curso de la vida, ya que el rey se había vuelto del humor de una persona normal.

    Pasaron los años y la fortuna giró de nuevo. Una mañana el rey mandó que lo dejaran estar solo. Enmudecido, no sabiendo adónde ir, anduvo hacia el antiguo lago. Ató su caballo al bolardo de un muelle, subió a una batea cubierta de hojas y se fue empujando él mismo la pértiga por los canales verdisecos, como si navegara una ruina salida de su propia memoria, una tristeza hecha a partes de lo desmoronado y de lo que nunca había sido.

    Desembarcó en una orilla y se sentó a mirar. Era una islita minúscula, plantada con cipreses. En el centro se levantaban unas paredes de ladrillo rojo por las que crecía la madreselva. Vio una plomada colgando de un bramante y en el suelo las jambas podridas de una puerta. Vio un zurrón abandonado entre la hierba, que casi le hizo llorar. Estaba solo. En el cielo volaban unos pájaros. El rey miró hacia el agua del lago y pensó que antes que un rey era un hombre y que todos los hombres construyen con aire. Una frase que había leído hacía tiempo, varias veces, en este mundo donde todo se repite y se olvida, y se repite.

  • Consejos para viajar en metro

    Uno de los túneles del metro de Madrid está armado de paneles estancos e inundado de agua a presión. Los usuarios de ese trayecto se quedan en bañador (es preceptivo), con la ropa y los objetos de bolsillo en una bolsa de plástico desechable. El viajero sale disparado hacia su destino con los ojos abiertos, en el seno de la corriente azul, contemplando las trabajadas pinturas de las paredes, donde se representan planicies acuáticas, hombres y mujeres pez, mitologías submarinas, coronas de flores de agua, hipocampos, una fiesta de atlantes, esas cosas.

    El viajero va dejándose llevar entre dos aguas. Lo propio es hacer el trayecto en apnea, lo cual transporta al viajero en un estado semejante al sueño, aunque la mayoría toma aire de una botellita con boquilla.

    Como es lógico, la vuelta se hace por otro túnel donde el agua circula en sentido inverso. Es una auténtica lástima que comodidades como esta no se hayan divulgado más entre el común de los viajeros.

  • Dos historias

    Es un hombre que corre, deja atrás el último barrio de la ciudad, la alameda melancólica, los paseantes, los perros, los bosquecillos, las bicicletas, la piedra conmemorativa; que cruza bajo los puentes de la autopista y sigue corriendo por el campo abierto, ahora más ancho.

    El hombre necesita la mitad de sus fuerzas para regresar, pero sigue corriendo pasada la mitad de la carrera, sus espaldas perdiéndose en la distancia; pues este es un hombre que se marcha, y a mí no me es dado seguirlo, esta voz no puede seguirlo, allá a lo lejos.

  • Olor

    Las mujeres tienen olor en el cuello, detrás y a un lado, justo bajo la nuca. Eso es maravilloso. Y también huelen en las sienes, no sé a qué, pero nada hay mejor que meter la nariz en la sien y respirar ahí. Es un perfume mejor que la música.

    Si se guardara en un frasco de cristal y uno lo abriera, ay, Dios, cuando uno esta a solas en casa, qué hermosura, y qué tristeza.

  • Una ocurrencia

    Como la vejez todavía está lejos, lo mismo que el recuerdo de mi niñez, esto se queda por ahora en hipótesis: los viejos y los niños —principio y final— ven claras las cosas esenciales de la vida, que son cuatro o cinco; en esa sencillez elemental está la verdad, y todo lo demás —lo de enmedio—, es retórica.

  • Unicornio

    Los amores comparten cosas extrañas. Entre ellas, esta mujer y yo tenemos en común un unicornio. Hace años que no nos vemos y de pronto me envía un mensaje al teléfono hablándome del unicornio. Se ha acordado de mí; dice que en su ciudad es una mañana de lluvia.

    Yo, por mi parte, he venido a parar a un barrio del confín y estoy solo, en un bar oscuro con unos hombres brutales, tan cansado. Aunque no es algo que yo vea; a fin de cuentas he metido muchas más horas en bares perdidos que en las bibliotecas o en el teatro.

    Hace sol en Madrid, fuera del bar. Me he comido lo que me han dado. Entonces llega el unicornio irreal, y en la caverna es imposible no verlo como un resplandor fantástico en mitad de la noche. Que es como aparece el unicornio.