Autor: Juan Avellana

  • Las dudas obligatorias

    Un hombre va en tren y va cantando, pero su canto no afecta a la marcha del tren. Dicen los antropólogos que los pueblos primitivos desconocían la relación de causa entre el acto sexual y el embarazo; que esa relación es un descubrimiento cultural. Claro, para reproducirse no hace falta saber: la vida ocurre y nosotros cantamos. Ningún animal sabe. Con el tiempo hemos llegado al espíritu. Consciencia, conocimiento, nous: «lo que no es naturaleza». Y sin embargo, tengo que preguntarme si no es un prejuicio creer que el espíritu resulte capaz de decidir en la marcha del mundo. Si no es otra ilusión entre las ilusiones de las épocas.

    Cuando el tren acelera, el hombre se alegra y alza la voz; cuando el tren se detiene él susurra. Y si el espíritu es un hombre que va en un tren y va cantando.

     

    [Sobre el ciclo decisional neuroetológico de la sanguijuela: http://club.telepolis.com/ohcop/cdn.html]

  • Noticias

    Hace mucho, mucho tiempo, antes de Internet, yo solía recortar los periódicos. Como a casi todos, me atraían las noticias absurdas o siniestras («Hallado el cadáver de un buzo sin cabeza en aguas de Murcia»; «El hombre que intentó matar a su mujer disfrazado de Hitler, condenado a 17 años»; «Boris Zolotov, en una de sus sesiones de orgasmo telepático en grupo»). Pero sobre todo me gustaba quedarme cierta clase de noticias que tenían dentro un sabor extraño. Era la época en que yo escribía relatos breves, y estas noticias estaban escogidas con el mismo criterio que el tema de un cuento corto. A veces era una sola imagen (un obrero muerto en el parqué de la Bolsa, Amparitxu abrazada al busto de su marido); otras veces un punto de vista que organizaba toda una historia en una disposición punzante.

    Estos días he tenido que hurgar en la caja donde conservo alguno de aquellos recortes. Ciertas noticias continúan teniendo algo dentro. Van dos, un poco al azar:

    En Polonia, en 1994, unos policías se encuentran en la estación de trenes de Varsovia al embajador del Zaire, rodeado de vagabundos. Blancos, me imagino. Unos ladrones le han pegado y robado. El hombre lleva una semana viviendo en la estación porque ya no le queda nada por vender. Un día, su gobierno se desentendió de él. Dejó de mandarle dinero, aunque no le ha retirado sus cartas credenciales. La diplomacia polaca le ofrece un pequeño apartamento; va a comer gratis a las recepciones del cuerpo diplomático. El embajador del Zaire lleva dos años cuesta abajo.

    Dos policías municipales se encuentran a una mujer a punto de dar a luz sentada en el bordillo de la acera, tomando café en un vaso de plástico. Estamos en La Coruña; ella tiene 32 años. Los ha llamado una vecina que se ha pasado toda la tarde oyendo sus gritos de dolor. Parece que la embarazada no está muy bien de la cabeza. Había bajado al bar a tomarse un café pero el encargado le hizo salir a beberlo a la calle, porque, como siempre, olía muy mal.

    Los policías intentan llevársela al hospital pero la mujer no quiere; dice que no está embarazada. Ellos y su vecina insisten en convencerla; en medio de la discusión la mujer acaba dando a luz en la calle. Grita que ella no está embarazada.

    La llevan al hospital. Allí, por un momento, se vuelve lúcida. Ve un rostro conocido. Le dice a uno de los médicos: «Yo a ti te conozco». Habían sido novios.

    Los policías intentan llevársela al hospital pero la mujer no quiere; dice que no está embarazada. Ellos y su vecina insisten en convencerla; en medio de la discusión la mujer acaba dando a luz en la calle. Grita que ella no está embarazada.
    La llevan al hospital. Allí, por un momento, se vuelve lúcida. Ve un rostro conocido. Le dice a uno de los médicos: «Yo a ti te conozco». Habían sido novios.
    La noticia no cuenta qué había en la cabeza del médico aquella noche, mientras cerraba los ojos antes de dormirse en su cama. Tampoco lo que había dentro de la cabeza de su antigua novia.

  • Dioses II

    Me imagino un valle inaccesible en una isla remota, allí donde docenas de especies de plantas y animales no han sido descubiertas por la ciencia. También hay una tribu que ha perdido el contacto con la humanidad hace siglos. El valle está cubierto de nubes perpetuas. Estos hombres desconocen lo que hay al otro lado de las montañas que los cercan y desconocen el cielo.

    Durante la Segunda Guerra Mundial, la aviación norteamericana comienza a sobrevolar el valle. Los bombarderos y los aviones de carga pasan muy alto, por encima de las nubes, camino de una base en la costa. Desde el suelo se oyen pesadamente los motores, de día o de noche.

    Ahora imagino que uno de los habitantes del valle cree que se trata del retumbar de los dioses, más allá del techo del mundo. ¿Cómo podría comunicarse con los dioses? Si él pudiera, ¿qué le contarían? Le hablarían de un mundo fantástico. El hombre sigue con la mirada el recorrido del estruendo del avión, intentando salvar las nubes con el pensamiento. Alrededor de él hay palos, magia, tejidos, piedras, cuerdas, mitos. Nada que le sirva para comunicarse con los aviadores.

    En realidad, puede. Bastaría con que se construyese un aparato de radio y pronto la tripulación de un B-29 recibiría los ruidos extraños. Tarde o temprano tendría respuesta.

    Nosotros sabemos que no puede. Pero si pudiera contruirse una radio, es decir, si pudiera fundir metales, generar electricidad, descubrir las ondas de radio, inventar la teoría de un mundo gobernado por unas leyes fantasmagóricas, entonces, ¿qué podrían contarle los dioses?

     

    [Cargo cult: http://en.wikipedia.org/wiki/Cargo_cult
    La tercera ley de Clarke: http://en.wikipedia.org/wiki/Clarke’s_three_laws]

  • Dioses

    «… recordando una aguda observación del erudito alemán Wilamowitz, según la cual theos, la palabra griega que tenemos presente cuando hablamos del dios de Platón, tiene primordialmente un valor predicativo. Es decir, que los griegos no afirmaban primero, como hacen los cristianos o los judíos, la existencia de Dios, y procedían después a enumerar sus atributos, diciendo «Dios es bueno», «Dios es amor», y así sucesivamente. Más bien se sentían impresionados o atemorizados por las cosas de la vida y de la naturaleza notables por su capacidad para producir placer o miedo, y decían: “Esto es un dios”, o “aquello es un dios”. Los cristianos dicen: “Dios es amor”; y los griegos: “El amor es theos”, o sea, “es un dios”. Como lo ha explicado otro escritor:

    Al decir que el amor, o la victoria, es dios, o para ser más exacto, un dios, querían decir primero y ante todo que son cosas más que humanas, no sujetas a la muerte, eternas… Todo poder, toda fuerza que vemos actuar en el mundo, que no nace con nosotros y que perdurará después de que nosotros hayamos muerto podía ser llamada un dios, y la mayor parte lo fueron».

    [W. K. C. Guthrie, Los filósofos griegos (Fondo de Cultura Económica). Traducción de Florentino M. Torner.]

  • Noche de domingo

    Es domingo por la noche. Las ventanas de Madrid empiezan a alumbrarse una tras otra porque mañana por la mañana hay que ir al trabajo. Es obligatorio cruzar la línea esta noche y entrar a tiempo en casa.

    Las ventanas encendidas sobre las siluetas oscuras de los edificios. En el interior de cada luz las calefacciones se ponen en marcha, se calienta la cena, se guarda o se saca la ropa de los armarios. Hay quien baña a los niños pequeños.

    El viento anda en la calle y hace frío. Se enciende otra ventana, otra.

    Las puertas de la ciudad medieval se cerraban al caer la noche. Dentro de las murallas el pueblo dormido y volutas de humo; afuera el campo abierto, la boca del lobo y la soledad extraña. Si por ventura arribaba a deshora un rezagado, debía permanecer fuera de la línea de las murallas, a ver llegar la escarcha. Quien esta noche no se meta a tiempo en casa y encienda una luz se quedará fuera, al otro lado, mirando pasar la noche, contemplando la sombra espesa de los muros de la ciudad en las tinieblas.

  • La fidelidad de la memoria

    Es verdad que la memoria descarta los matices, y al final lo que fue en la vida acaba siendo otra cosa en el recuerdo. La memoria diluye los detalles de los amores, por ejemplo, y tiende a resumirlos en un par de líneas que no se corresponden con el recorrido anfractuoso de cualquier relación.

    Sin embargo, la memoria no es un corrosivo indiferente. Por seguir con el mismo ejemplo, de una novia he acabado recordando solamente las cosas malas, mientras que de otra al cabo de los años solo me quedan las cosas buenas. Un mismo modo de operar concluye en una diferencia enorme.

    Así que no sé qué pensar, me digo esta mañana: si el recuerdo es un cuento mentiroso o bien una verdad muy resumida.

  • El tiempo en el norte

    En donde yo nací, para saber el tiempo miramos por encima del cementerio, que está junto al mar. Los antiguos no construyeron la ciudad al borde del mar cruel, porque allí no puede vivir nadie. Hay orillas grises, hierba rala, pájaros solitarios y viento del norte. La ciudad la hicieron en otra parte, a la orilla de la bahía, encarada al sol del sur. Junto al gran mar abandonado pusieron el cementerio, donde hay frío y sombra.

    Así pues, desde la ciudad miramos hacia el noroeste, por encima de donde sabemos que se encuentra el cementerio, y de allí nos vienen las noticias del tiempo que tendremos. Las nubes negras llenas de agua y de frío, o el cielo claro, depende.

    Me acuerdo ahora de estas cosas por algo que no tiene nada que ver. Me explico. Un día me di cuenta de que había una teoría local sobre el tiempo distinta de la teoría general meteorológica, la que uno ve en la televisión. Una teoría para lo grande y otra distinta para lo pequeño. Se suponía que las dos no podían ser verdaderas a la vez, pero yo no podía concebirlo. Esa incomodidad derivó muchos años después de una forma inesperada: salí de mi ciudad provincial y me enteré de que la misma zozobra la comparten las cabezas del gran mundo. Resulta que nadie sabe si ninguna teoría dice la verdad. Mi pequeña grieta mental se ensanchó hasta el tamaño del universo, esa es la solución.

    Ya digo que no tiene nada que ver. Lo que me pasa es que yo me acuerdo del cementerio de mi ciudad como el hombre que ha salido de noche a cenar con unos amigos y piensa, y sabe, que se le olvidado algo muy importante en una habitación de su casa, dentro de un cajón, en un armario.

  • El conflicto

    La naturaleza animal del hombre le lleva a vivir en conflicto con la otra parte de su naturaleza, que es la de animal doméstico.

  • En otro lugar. La caja misteriosa

    Encierran un gato en una caja especial. Tan bien cerrada que es como una noche perfecta. No deja pasar la luz ni el ruido, ni el calor, el recuerdo; ni siquiera el tiempo o la lógica ven una rendija para entrar en ella.

    Las reglas dicen que no se puede abrir la caja. Por eso no se sabe qué hay dentro, qué fue del gato. Es un misterio.

    Tantos años lleva ahí la caja. Si uno mira por la ventana del museo, afuera ve el parque interminable y los jardines, pájaros vivos, un estanque de agua verde. Las nubes pasan por el cielo.

     

    [En otro lugar]

  • En otro lugar

    A veces sucede que dos hombres enemistados llevan los vaivenes de su odio más allá de lo razonable y estorban la paz del país. Un día acaban con la paciencia del rey; los soldados los arrastran al crucero del templo mayor, los arrojan al suelo y los amarran espalda con espalda. Los sacerdotes, a los que han sacado de la cama en mitad de la noche, cantan con voz temerosa mientras dura el rito que mancuerna las vidas de los dos enemigos. Luego los desatan y los mandan separarse a los extremos del continente si no quieren que su carne sea echada a los perros.

    De ahí en adelante sus destinos son invertidos e iguales. Cada golpe de fortuna le depara al otro la misma medida de desgracia; cada mal lleva ese exacto bien a la contraparte. Si uno pierde un anillo de oro, al otro le llegará una joya por azar; si uno se desposa, el otro encontrará su casa vacía. El verano es invierno, lo dulce es amargo, los garbanzos son hambre, las pulgas besos; las noches de dolor de muelas son jardines nocturnos y música. Todo el tiempo sienten al gemelo como bajo su misma piel.

    Puesto que no pueden dañar derechamente al otro, cada cual se desespera por aumentar su propio bien, de modo que sus vidas antes inútiles ahora acrecientan el bienestar de la nación. A medida que pasan los años, sin embargo, la mayoría de estos hombres termina por conducirse en torno a un discreto punto medio, y al final de los tiempos, fatigados y sentidos, hay que ver que hasta los más obstinados acaban desarrollando por su gemelo algo como esa aflicción del alma que llamamos caridad, o compasión.