Autor: Juan Avellana

  • Afonismos

    Siempre es un ángel aquel al que le sucede una cosa por primera vez.

    *

    Volver es siempre extraño.

    *

    La vida: de desear lo que será hasta perder lo que ha sido.

    *

    Si el amor es un misterio, ¿qué decir de su repetición?

    *

    A veces soy una de esas personas que pasan al otro lado de la cristalera del café; otras veces soy el que las mira.

  • Algún día

    Algún día perderé lo que ha sido; pero ahora es el tiempo en que empiezo a perder lo que no ha sido.

  • El brujo meditativo

    El problema no es —piensa el brujo— si la magia existe, o no. El problema es que la tecnología funciona mejor que la magia, he ahí la cuestión.

  • Avellana: su cuaderno de viaje VI

    Durante sus viajes Avellana trata con las estrellas cotidianas y la luna que sirve para medir el tiempo, los días que se alargan todo un entero día, las hogueras, el olor caliente de los animales y el olor agrio de otros hombres, el humo, el pan, el agua barrosa, las maderas torcidas, las piedras con formas memorables, la leche, las armas, los ásperos sabores desconocidos, y eso es el mundo. Un atardecer se acuesta sobre el suelo, y mientras yace de costado envuelto en telas que huelen como parte de sí mismo, Avellana da en representarse una ciudad, que es Madrid, de almas innumerables, donde hay luz durante la noche y el día, las personas viajan en subterráneo, hay pinturas y tinta, salas de aire caliente, hombres y mujeres que dicen palabras en cualquier momento, hay un zumbido, hay dialectos y carteles. Hay formas como arcos, cubos o esferas. Tendido en el suelo duro, con la mejilla en el polvo, a Avellana le resulta difícil creer todo esto, y se le ocurre que es uno de los lugares más improbables, más imposibles que un hombre haya conocido.

    [Avellana: su cuaderno de viaje V]

  • Medianoche

    Espumas,
    según me hundo en este sueño solitario
    tan lejos del mar
    acá en el norte,
    intento recordar qué me decíais,
    qué me decíais
    entonces.

  • Un viaje menor II

    Miro el agua del río a esta hora de la tarde y siento intensamente que quiero volver a este lugar. A uno le sobrevienen a veces deseos como una plegaria. Pero no se articulan; son una exhalación de la voluntad, un hágase.

    A punto estoy de echar una moneda al río para ganarme la vuelta (la superstición proviene, según parece, de la antigua costumbre de propiciar a los dioses fluviales). Antes lo hacía, cuando era muy joven y encantado por los símbolos. Así que tengo tantos sitios a los que volver, aunque haya olvidado casi todos los deseos de entonces.

    Acodado en este puente de madera, mecido por la tarde, me imagino un cuento en el que un hombre, antes de morir, es transportado por todos los ríos que deseó hasta que se saldan todas las deudas (el hombre, por ejemplo, se encuentra en sitios indistintos, inesperados o vagamente incompatibles). Doy por supuesto que ese cuento ya lo ha escrito Borges, de modo que me vuelvo a pensar en mis cosas. Volver a este río.

     

    [Un viaje menor]

  • La falta

    Ya no hay agua. Bajo al pozo todos los días y nunca encuentro agua. Por las noches, durmiendo, entiendo la causa. De antes yo era el agua. Así que yo bajaba al pozo y siempre había agua.

  • El río

    Por esta ciudad pasa el gran río, pero sus habitantes, en un delicioso rasgo de carácter, porque aquí el río es pequeño llaman al río por otro nombre, más pequeño.

  • Aprendo lento

    Después de tanto cavilar sobre el estado deseable en la vida, empiezo a creer que no hay estado, sino que la vida depende de la sabia administración de las excepciones.

  • Un viaje menor

    Juan Avellana vuelve esta tarde por el lugar que se llama el recodo de la Luna en su mapa irracional de esta parte del mundo. Se trata de una curva del camino que anda por la ribera del río, justo donde cruza un bosquecillo. Este sitio figura destacado en la cosmología avellanesca desde hace algo más de un mes, un día que Avellana se sentía malo y se vino tan lejos, más allá de las personas y de las casas, tan lejos cruzando los prados y el bosque, cuando cayó la oscuridad. Entonces vio la luna espléndida en el cielo y en el río, mientras la noche reciente aún clareaba por un rescoldo del día, la enorme la luna artúrica por encima de los troncos catedralicios de los árboles de la orilla opuesta y sus hojas y sus ramas en tinta china sobre el agua detenida. Avellana contempló la escena con la perfección asombrosa de los sueños y olvidó todo pesar por ese rato y deseó —esto es a lo que vamos, y lo cuento aquí porque me parece que es de esa clase de cosas que dan la medida de un personaje—, deseó: «Olvido, perdona esta belleza».

    Esta sobretarde la Luna no viene, al borde del río sobre el que caen las sombras, pero Avellana mira acá, anda, mira allá, se pone en el mismo sitio de la primera vez, y recuerda. Todavía.