Autor: Juan Avellana

  • Lugares comunes

    En un andén vacío, en el metro, he visto esta mañana un cartel con una playa del paraíso. Como siempre, según el verano asciende en el cielo la ciudad se despuebla, y a medida que se vacía flojea su realidad, como tiemblan las imágenes al sol sobre la tierra tórrida. Porque esta ciudad enorme no se sostiene, igual que otras, en unos huesos tenaces; más bien semeja un espacio transitorio, abstracto; antes un hábito cívico o un convenio que un objeto perpetuo, de ahí que su realidad parezca depender de la asistencia de su gente, y cuando la gente falta, dé la impresión de que no queda la ciudad sino sus restos.

    Los fluorescentes del metro, en las horas más solas del verano, dan una luz alucinatoria. Vi el cartel de la playa perfecta con su ensenada de agua aguamarina y pensé: «como un alga acariciada por el viento». Era un lugar común, el arquetipo del paraíso: una playa de arenas blancas, el agua de cristal, el cielo azul, las verdes hojas frescas y la sombra. Ante esa imagen cenital yo contesté: «comme une algue caressée par le vent»; como un alga acariciada por el viento, la imagen del dulce reposo del poema de Prévert.

    Todos compartimos esos lugares. En un tiempo yo viví los versos de Prévert, como hubo un tiempo, claro, para la teatral belleza en blanco y negro de Doisneau, un tiempo para París entera, para Gil de Biedma («Ahora, voy a contaros / cómo también yo estuve en París, y fui dichoso»), para las islas de Gauguin o las de Stevenson. De nuevo sobre París, escribió Borges: «el grado físico de mi felicidad cuando me dijeron la liberación de París; el descubrimiento de que una emoción colectiva puede no ser innoble…».

    Los lugares comunes. Esos lugares donde todos hemos estado y hemos sido felices. Como una postal del paraíso.

    (El poema de Jacques Prévert:)

    Sables mouvants

     

    Démons et merveilles
    Vents et marées
    Au loin déjà la mer s’est retirée
    Et toi
    Comme une algue doucement caressée par le vent
    Dans les sables du lit tu remues en rêvant
    Démons et merveilles
    Vents et marées
    Au loin déjà la mer s’est retirée
    Mais dans tes yeux entrouverts
    Deux petites vagues sont restées
    Démons et merveilles
    Vents et marées
    Deux petites vagues pour me noyer.

     

    [Arenas movedizas

     

    Demonios y maravillas
    Vientos y mareas
    A lo lejos ya la mar se ha retirado
    Y tú
    Como un alga dulcemente acariciada por el viento
    En las arenas del lecho te remueves soñando
    Demonios y maravillas,
    Vientos y mareas
    A lo lejos ya la mar se ha retirado
    Pero en tus ojos entreabiertos
    Dos pequeñas olas se han quedado
    Demonios y maravillas,
    Vientos y mareas
    Dos pequeñas olas para ahogarme.]

    Jacques Prévert. Paroles

  • Fondo y figura

    Todo objeto existe contra un fondo. Sea una figura en un tapiz, sea la torre en la ciudad antigua, sean los números primos contra el fondo de los números enteros. Este cartel se entiende sobre el fondo de la realidad; si lo despegamos de la persiana metálica y lo pegamos en otra superficie (una persiana levantada, la corteza de un árbol, un patíbulo, dos dedos por encima de un ombligo, la puerta de un bar una noche de fiesta), pasará a emitir otro mensaje completo. De este modo se ve que la significación no es del cartel —no es del texto— sino del conjunto del texto y su contorno.

    Se trate de un cartel, un relato o un poema, por supuesto. Pero esto último nunca se admite, porque la palabra literaria conserva desde los antiguos su carácter sagrado y nadie se resigna a su contingencia; a imaginarla incierta, librada a su condición mortal, caminando por esta tierra de los efectos y de las causas, pasando a ser una cosa, u otra, u otra.

     

    [Pleonasmos] [Pragmática II]

  • Pleonasmos

    Cerrado

    Esto, en literatura, se llama pleonasmo. Y, propiamente, no se considera literatura. La literatura empieza allí donde en el cartel, pongamos por caso, dijese abierto.

  • Aniversarios

    ALCALÁ

    Un escarabajito negro y dorado se ha quedado quieto al borde de un sendero. Arriba, muy arriba, el cielo azul y blanco de una calmada mañana de gloria. Sopla un poco de aire, que mece las hojas, y una de ellas ensombrece y alumbra al escarabajo, quieto. El vuelo de una cigüeña se refleja en un charco.

    Un día como hoy, hace cuatro años, escribí ese pequeño texto. Lo dice mi cuaderno, donde está apuntado, a solas. Era un día laborable, claro, no un domingo como hoy. El año pasado escribí este; y el anterior, por lo visto, este otro. Dos años.

    Así pasan las cosas. Ya no vuelvo cada día a Alcalá (me imagino sus mañanas de sol y sus cigüeñas). Me han dicho que el patio del escarabajo ya no existe. En cambio, por alguna razón propia, los textos perduran, lo mismo que la manía de escribir.

    Es un placer que vengas a leerlos y que de este modo concluyan, porque una segunda cosa he aprendido en este tiempo: que aquel párrafo de hace cuatro años se ha terminado de escribir ahora, cuando lo has leído. Gracias.

  • La ida

    En medio de la llanura se levanta una montaña cónica. Junto a su cima, en lo alto, hay un pueblo con paredes de mampostería, muchas fuentes, huertos fructuosos y corrales llenos de ganado. Cada cinco años, al final de la primavera, aparece en el cielo el gran globo dirigible y se lleva por los aires a los niños. Los padres les abrigan el pecho —más arriba el cielo será frío—, los besan, les acarician el pelo, vuelven el rostro hacia las piedras familiares y después contemplan durante horas el punto remoto de la nave que desaparece en el horizonte. Sus hijos regresan años después por el largo camino que cruza el llano, de uno en uno, cuando les toca. Unos son menestrales, otros mercaderes o contables, sacerdotes, músicos. A veces escriben cartas desde tierras lejanas refiriendo que les va bien, que han partido por determinada razón, que volverán pronto, si Dios quiere. De algunos no se vuelve a saber nunca. Los padres sueñan durante las noches de ese verano con la majestuosa nave informe, como un riñón recruzado por docenas de jarcias; sueñan con banderas y grímpolas al viento, con chasquidos elásticos de cables y con la fiera barba del capitán del aire.

  • Despedidas

    Un viajero desorientado se equivocó en un cruce y fue a parar a la vieja estación de tren, abandonada. El taquillero le vendió un billete para la ciudad; él compró un paquete de tabaco negro en el estanco y se fumó un pitillo paseando arriba y abajo. De los altavoces salía una música antigua. Unas pocas palomas aleteaban bajo la marquesina de hierro. El andén se fue llenando poco a poco de personas, de conversaciones cada vez más ruidosas y de bultos. Un cartel mecánico anunció el tren, y al sentir la proximidad del temblor las cabezas se giraron en la dirección por donde debía asomar la máquina. El viajero tiró su colilla al balasto de la vía y agarró el asa de su maleta. En un instante todo desapareció en medio del silencio, y el viajero extraviado se quedó solo sobre el andén, triste, inundado con la tristeza de todas las despedidas.

  • Tarea

    A mitad de la vida
    nacer de nuevo,
    y vivir sin teorías
    y sin sueños.

  • Migas

    Un sentimiento ocasional: no estar a la altura de lo que la vida me entrega.

     

    La imaginación tiene como condición la fragilidad.

     

    La Luna es gratis.

     

    El Diablo piensa en Dios todos los días.

     

    En poesía, la verdad se me aparece siempre como un reconocimiento.

     

    Un día más no es un día menos.

     

    La realidad —a día de hoy— es indemostrable.

     

    Viajero: has de saber que un pájaro, desde el interior de ese bosque, canta una melodía. Tiene cinco notas y nunca se olvida.

  • El sueño de Giovanni Drogo

    En marzo, escribí un post que llamé «El camino». Luego, en los comentarios, hablando de similitudes e influencias, le dije a Nonwriter que yo al menos era consciente de la influencia de un pasaje de El desierto de los tártaros, una novela de Dino Buzzati. Poco después me tropecé de nuevo con ese mismo pasaje en el libro de Alberto Manguel, allí donde dice:

    Hay un pasaje memorable en el capítulo sexto [de El desierto de los tártaros], en el que se describe a Drogo, dormido, mientras sueña con el viaje interminable que él mismo es incapaz de imaginar. «¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas (…). Detrás de aquel río —dirá la gente—, diez kilómetros más y habrás llegado. Pero nunca se acaba».

    «Hay un pasaje memorable». En marzo, mientras escribía aquel post sobre el camino tenía presente el sabor de las palabras de Buzzati: el efecto de iteración y el tono irreal, vagamente desesperado; aunque no el contenido, que creo que tiene poco que ver.

    Hay lecturas tan intensas que forman parte de la biografía. Cómo iba a sustraerme de estas páginas, si las he leído tantas veces. Sin embargo, son tristísimas, y su advertencia verdadera no me ha servido de nada. No sé por qué las he frecuentado tanto. Por eso no suelo repetírselas a casi nadie; para qué, si son tan tristes y su advertencia no sirve de nada.

    En todo caso, forman parte de mi gran literatura. Es una cita larga:

    Tendido en el camastro, fuera del halo de la lámpara de petróleo, mientras fantaseaba sobre su propia vida, a Giovanni Drogo le asaltó repentinamente el sueño. Y mientras tanto, precisamente esa noche —oh, si lo hubiera sabido, quizá no habría tenido ganas de dormir—, precisamente esa noche comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo.

    Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años transcurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero, es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.

    ¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor y se reanuda sin pensar el camino.

    Así se continúa andando en medio de una espera confiada, los días son largos y tranquilos, el Sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.

    Pero en cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el Sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también.

    Cierran a cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar. Pero Giovanni Drogo en ese momento dormía, ignorante, y sonreía en sueños como hacen los niños.

    Pasarán días antes de que Drogo comprenda lo que ha sucedido. Será entonces como un despertar. Mirará a su alrededor, incrédulo; después oirá un pataleo de pasos que vienen a sus espaldas, verá gente que, despertada antes que él, corre afanosa y se le adelanta para llegar primero. Oirá el latido del tiempo escandir ávidamente la vida. A las ventanas ya no se asomarán risueñas figuras, sino rostros inmóviles e indiferentes. Y si él pregunta cuánto camino queda, ellos señalarán de nuevo al horizonte, sí, pero si ninguna bondad ni alegría. Mientras tanto los compañeros se perderán de vista, alguno se queda atrás, agotado; otro ha escapado delante; ahora ya no es sino un minúsculo punto en el horizonte.

    Detrás de aquel río —dirá la gente—, diez kilómetros más y habrás llegado. Pero nunca se acaba, los días se hacen cada vez más breves, los compañeros de viaje más escasos; en las ventanas hay apáticas figuras pálidas que sacuden la cabeza.

    Hasta que Drogo se quede completamente solo y aparezca en el horizonte la franja de un inmenso mar azul, de color plomo. Ahora estará cansado, las casas a lo largo del camino tendrán casi todas las ventanas cerradas y las escasas personas visibles le responderán con un gesto desconsolado: lo bueno estaba detrás, muy detrás, y él ha pasado por delante sin saberlo. ¡Oh!, es demasiado tarde ya para regresar, detrás de él se amplía el estruendo de la multitud que le sigue, empujada por idéntica ilusión, pero aún invisible por el blanco camino desierto.

    Giovanni Drogo ahora duerme en el interior del tercer reducto. Sueña y sonríe. Por última vez llegan a él, en la noche, las dulces imágenes de un mundo completamente feliz. ¡Ay! Si pudiera verse a sí mismo, como estará un día, allá donde el camino acaba, parado a la orilla del mar de plomo, bajo un cielo gris y uniforme, y a su alrededor ni una casa, ni un hombre, ni un árbol, ni siquiera un brizna de hierba, y todo así desde tiempo inmemorial…

  • La tarde

    Como cuando era niño,
    me has puesto en este laberinto
    a resolver una tarea desconocida.
    A ratos me distraigo.
    A ratos me siento al borde del camino.
    No sé si me lo has dicho y lo he olvidado,
    si no presté atención mientras me hablabas.

    Cae la tarde. Azules, blancas,
    las nubes deshebradas en el cielo.
    El crepúsculo de piedra parece decir algo.

    No sé volver donde el último estanque.
    No oigo, o no entiendo, o me he dormido.
    Las hojas están quietas. Luego vendrá la noche.
    Te esperaré sentado.