Yo sé que debo escribir cargando todo mi peso en cada palabra. Y yo sé que no escribo ni una sola palabra definitiva. Como esos viejos matrimonios, yo y yo conseguimos escribir gracias a que ninguno escucha lo que dice el otro.
Autor: Juan Avellana
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En el cuarto centenario del Quijote. Programa:
- Don Quijote en el más allá.
- Don Quijote y la energía eólica.
- Don Quijote hace unas declaraciones.
- Don Quijote visita Ganímedes.
- Don Quijote, en bata de hospital, aprende que en esa época se resucita a los muertos.
- La novela de Sancho solo.
- Don Quijote y prozac.
- Don Quijote y el sueño de Sancho.
- Don Quijote y Sancho bailan.
- Los colores del arrecife de coral en la obra cervantina.
- Don Quijote se opera los pechos.
- Don Quijote y los cinco sentidos.
- El masaje Dulcinea.
- Don Quijote destroza el plató de televisión.
- Don Quijote en Playstation.
- Don Quijote contempla los suburbios.
- Don Quijote se suicida.
- Don Quijote y el fantasma de Aristóteles: un diálogo sobre las vanguardias.
- Lamentaciones lunares y líricas de Don Quijote y Sancho.
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Avellana: su cuaderno de viaje V
Para que Dios las sepa, en Ramipó los creyentes escriben sus plegarias con tinta negra sobre las paredes del gran templo. Las manos de las generaciones han atestado la piedra, lo que obliga a trazar letras minúsculas de finísimos rasgos entre los renglones, en los espacios, bajo los remates, dentro de los ojales de las letras de los antepasados. Unos monaguillos cabizbajos rellenan los panzudos tinteros de bronce. En las paredes del gran templo de Ramipó está escrita la epopeya de los temores, las penas y los sueños de todo un pueblo. El día que esos muros se vuelvan enteramente negros, del suelo al techo, está mandado que se comience a escribir con letras blancas. Rodeado de las más terribles supersticiones, nadie quiere que ese día llegue.
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Enorme debate ético
¿Qué haremos, en el curso de los programas universales de resurrección, al encontrarnos esas lápidas con una plaquita de plástico color naranja —fugazmente de moda doscientos años antes, hacia mediados del siglo XXI— donde dice No resucitar, por favor?
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Diario de lecturas
Anteayer me enteré por el periódico de la costumbre de dar tres golpes con un martillo de plata en la frente del Papa que acaba de morir. Esa misma noche, leí en un libro:
A la muerte del papa Clemente XII, el cardenal Chamberlain, según la costumbre, golpeó dos o tres veces la frente de su Santidad, llamándolo por su nombre para asegurarse de que estaba muerto. Después de describir la escena, Chateubriand comenta: «¿Qué habría dicho el cardenal si Clemente XII le hubiera contestado, desde las profundidades de la eternidad: “¿Qué es lo que quieres?”».
El libro es Diario de lecturas, de Alberto Manguel. Al cumplir los 53 años, Manguel decide releer algunos de sus libros preferidos, y en el transcurso de la lectura descubre que aquellas páginas antiguas tienden a establecer relaciones con el brumoso mundo presente: iluminan una noticia del periódico; acompañan un viaje; le embarcan en largos pensamientos. De esas anotaciones está compuesto el libro.
Me recuerda mucho al tono de un blog. No es raro: a fin de cuentas, todo blog fue en su origen un diario de lecturas. Escribe Manguel:
Hoy hemos dado al hijo de los anteriores propietarios de nuestra casa un antiguo capitel de piedra que desenterramos durante la renovación, para que así, en la casa nueva que se está construyendo, tenga un trozo de su espacio infantil.
Lo que me lleva a Jesús, a un comentario suyo sobre mi post anterior. Jesús habla (el comentario se puede leer aquí, durante un tiempo) de cómo habitamos poéticamente el mundo. Sí, con toda naturalidad: esa hermosa operación mágica que efectúa Manguel en su casa a cualquiera de nosotros debe parecernos perfectamente razonable.
Tratábamos de la escritura y la vida, de escribir y que la vida sea. El libro que relee Manguel en el punto por donde anda mi lectura es las Memorias de ultratumba, de Chateubriand. Maravillosamente, escribe Manguel:
Chateubriand, preguntándose si Dios se satisface tanto con la obra de alguien como con su vida, dice sucintamente: «¿A Dios le basta con un libro?».
Por último, esta historia:
Chateubriand cuenta la historia del director espiritual de su hermana, un tal monsieur Livoret, quien, en la noche de su nombramiento, fue visitado por el espíritu del conde de Châteaubourg. El fantasma lo perseguía por todas partes: dentro de su casa, en el bosque, en los campos. Un día, incapaz de soportarlo más, monsieur Livoret se volvió hacia el fantasma y le dijo: «Déjeme tranquilo, caballero de Châteaubourg». El aparecido le respondió lacónicamente: «No».
[Diario de lecturas está en Alianza Editorial (Madrid, 2004). La traducción —del inglés— es de José Luis López Muñoz. Las citas las he sacado, respectivamente, de las páginas 80, 78, 69 y 75.]
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Noche de primavera
La otra noche volvía a casa andando despacio. Ya era tarde. Una ráfaga de viento movió la hierba, en la oscuridad de primavera, y entendí qué es lo que trato de hacer. Escribir el poema de mi paso por la tierra. Un párrafo, unos versos, una línea que diga: así estuvo Juan cuando pasó por la tierra; así fue.
No, no levantar testimonio de mi paso: expresarlo, de eso se trata. Declarar la verdad de lo que fue. Le doy vueltas en la cabeza y se me ocurre una frase: «Declararlo para que sea». Pero es absurdo. ¿Por qué lo quiero declarar, qué le añade a la vida el que la vida se diga? Lo que es, lo que ha sido ¿va a ser más por escribirse con toda verdad?
Eso es, por lo visto, lo que quiero.
Era una noche tranquila y oscura y brillaban algunas estrellas. Al llegar a mi casa, en este barrio, hay trozos descuidados de césped, eras con arbolillos y algún seto. Un perro salió de entre las sombras en mi dirección, y se fue a olisquear al pie de un tronco. Esforcé la vista y distinguí la silueta de un hombre, sentado en lo oscuro, más allá. Sopló una ráfaga de viento tibio, de ligero olor, y entonces, en la calle callada se me ocurrió lo que he dicho, esta cosa sencilla. Qué tontería: el poema de mi paso por la tierra. Pero lo repito y siento que es eso.
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Las sábanas, la cometa
Antes de irse de viaje, Ana se ha dejado una nota pegada en la puerta, que dice:
las sábanas
los sobaos
el cuaderno
la cometaLa vida es hermosa, sencilla (algunas veces triste), y cuando se aparece así de clara no hace falta un poema para revelarla.
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El milagro
¿Hay milagros pequeños (digamos, levantar una hormiga, rizar el agua del rio con un soplo) y milagros grandes (digamos, lograr la paz del mundo, revivir a los muertos), o basta con que se haga un milagro, y el mundo es otro?
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El camino
De la ciudad se sale por la puerta del este, a una zona de terrenos baldíos. Pasada una loma que oculta la vista de la muralla, la carretera empieza a discurrir entre campos de cereal y barbechos, y sigue así durante bastante espacio hasta dar con las estribaciones de la sierra, que no es muy alta. Esta se cruza por un paso angosto; más allá, el clima se vuelve seco y frío, y las ciudades son pocas, aunque pobladas. Después empiezan las grandes masas de bosques, leguas de bosques sin señal de habitación humana hasta su frontera natural, que es el río Labulay, a cuyas márgenes se han establecido pequeños poblados de pescadores.
En esta zona, el río se puede pasar a través de un solo puente, ante el que han erigido una alta puerta de mampostería donde se paga el pontaje. En la otra ribera comienza una inacabable llanura de pastos ralos que llega a donde alcanza la vista; pero más allá, y todavía después del horizonte y aún más allá hay lugares remotos, como se difumina la mañana en la distancia, y se suceden enseñas extrañas, animales infamiliares, voces extranjeras y costumbres desconocidas; se atraviesan empalizadas, se vadean corrientes, se salvan quebradas, se pagan diezmos y portazgos; se siguen los caminos, los rostros, los pozos, las vestimentas, los dioses locales y las caravanas.
Por último está el mar, la costa solitaria con un embarcadero donde algunos barcos cruzan el Estrecho sobre el mar azul y desembarcan en la otra orilla, escarpada y pedregosa y sin rastro de hierba, tras la que se alza, en el centro de un campo llano, una puerta que da entrada al Paraíso, y que se abre a un ancho país donde la gente, poca, vive en medio de prados espesos, bosquecillos deleitosos, colinas suaves y lagos que espejean. La vida es feliz, los atarcederes numerosos y templados dejan paso a las estrellas nocturnas, y en el aire tibio se oye siempre una música. Nada más se puede pedir. Pasadas unas colinas herbosas repletas de pájaros, unos cuantos arbustos de madera rojiza crecen tan apretados que forman una especie de seto natural, y más allá de este seto hay una puerta.
