En Antazona vuelan como si no tuviese importancia.
Uno los ve subir, bajar. Charlan un poco, se dan otro vuelo, hasta la orilla del río, del pináculo de la catedral a una terraza. Lo de menos es el vuelo: al cabo de un rato, uno no envidia sus alas, envidia esa manera de ser.
El fantasma de un mensajero golpea de puerta en puerta con una carta en la mano. No se sabe por qué, su destino depende de que entregue esa carta. Al cabo de unos días, nadie le abre.
El arbayán se llama así por la región de Arbay, en Dendia, que es donde se daba este color azul, al menos al principio. En algunas piedras cristalinas, en una especie de pájaros menudos, en el cielo poco antes de caer la noche, si está despejado.
En otra región crece una medusa enorme. Se hincha hasta ocupar el espacio completo del lago, viciosa, ahíta, embebida de toda su agua.
El camino hasta el pozo del Noc se interna en la montaña a través de una gruta natural que se ha ensanchado a mano para que quepa una persona de frente. Los visitantes hacen fila en silencio y en la oscuridad a lo largo del camino, que desemboca en una estancia circular de techo alto, también en tinieblas. En el centro está el pozo.
Cuando te llega el turno, te acercas al pozo, te asomas, y abajo —parece que casi podrías tocarlas con la punta del pie si te descuelgas—, ves estrellas.
Esta gente reza en templos hechos de voces. Los erigen sobre la hierba o sobre lajas de piedra lisa. Terminada la ceremonia, perduran un rato en el aire y se deshacen.
[Avellana: su cuaderno de viaje II]