Supongo que todo el mundo se sabe la historia. Cuenta lo que le pasó una mañana de San Juan el conde Arnaldos cuando iba de caza, con su halcón en la mano. Iba a caballo por el borde del mar —no cuesta nada imaginarlo en la playa— y de pronto ve acercarse a tierra un barco maravilloso, con las velas de seda y las jarcias de lino. Pero lo más maravilloso es el canto órfico del marinero que lo lleva, que la naturaleza atiende: una canción que sosiega las olas, posa a los pájaros calmados sobre la arboladura y atrae a los peces desde el fondo del agua. El conde Arnaldos, seguramente hechizado él también por la virtud del canto, rompe a hablar. Supongo que todo el mundo sabe lo que le dice al marinero. Le dice a voces: «Te lo pido por Dios, marinero, dime qué dice esa canción». Le pide que le ponga en el secreto del canto.
Imaginamos que el marinero se volvería hacia el conde, desde su barco, ya muy cerca de la playa; aunque desconocemos con qué expresión en el rostro, es decir, con qué intención o con qué expectativa, porque no sabemos nada del marinero. Solo que le fue a dar esta respuesta: «Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va».
Nada más, desde hace al menos quinientos años. Aquí se acaba esta historia, en su versión canónica. Ignoramos qué hizo el conde, qué comportaba subirse a ese barco, qué precio había que pagar por el conocimiento, si es que costaba algo. Qué haríamos cualquiera de nosotros si oyéramos una canción de maravilla, una mañana, y nos propusieran una decisión incondicional sin saber qué espera al otro lado de la puerta.
Sí me parece claro qué haría yo en caso de ser el marinero: exactamente lo mismo.
[El romance completo, según la versión del Cancionero de romances sin año:
Romance del conde Arnaldos
¡Quién hubiese tal ventura sobre las aguas del mar
como hubo el conde Arnaldos la mañana de San Juan!
Con un falcón en la mano la caza iba a cazar,
vio venir una galera que a tierra quiere llegar.
Las velas traía de seda, la ejercia de un cendal,
marinero que la manda diciendo viene un cantar
que la mar facía en calma, los vientos hace amainar,
los peces que andan ‘nel hondo arriba los hace andar,
las aves que andan volando ‘nel mástil las faz posar.
Allí fabló el conde Arnaldos, bien oiréis lo que dirá:
—Por Dios te ruego, marinero, dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar:
—Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va.
Esta y otras versiones conservadas:
http://faculty.washington.edu/petersen/321/arnaldos.htm]
