Autor: Juan Avellana

  • Una historia antigua

    Supongo que todo el mundo se sabe la historia. Cuenta lo que le pasó una mañana de San Juan el conde Arnaldos cuando iba de caza, con su halcón en la mano. Iba a caballo por el borde del mar —no cuesta nada imaginarlo en la playa— y de pronto ve acercarse a tierra un barco maravilloso, con las velas de seda y las jarcias de lino. Pero lo más maravilloso es el canto órfico del marinero que lo lleva, que la naturaleza atiende: una canción que sosiega las olas, posa a los pájaros calmados sobre la arboladura y atrae a los peces desde el fondo del agua. El conde Arnaldos, seguramente hechizado él también por la virtud del canto, rompe a hablar. Supongo que todo el mundo sabe lo que le dice al marinero. Le dice a voces: «Te lo pido por Dios, marinero, dime qué dice esa canción». Le pide que le ponga en el secreto del canto.

    Imaginamos que el marinero se volvería hacia el conde, desde su barco, ya muy cerca de la playa; aunque desconocemos con qué expresión en el rostro, es decir, con qué intención o con qué expectativa, porque no sabemos nada del marinero. Solo que le fue a dar esta respuesta: «Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va».

    Nada más, desde hace al menos quinientos años. Aquí se acaba esta historia, en su versión canónica. Ignoramos qué hizo el conde, qué comportaba subirse a ese barco, qué precio había que pagar por el conocimiento, si es que costaba algo. Qué haríamos cualquiera de nosotros si oyéramos una canción de maravilla, una mañana, y nos propusieran una decisión incondicional sin saber qué espera al otro lado de la puerta.

    Sí me parece claro qué haría yo en caso de ser el marinero: exactamente lo mismo.

    [El romance completo, según la versión del Cancionero de romances sin año:

    Romance del conde Arnaldos

    ¡Quién hubiese tal ventura     sobre las aguas del mar
    como hubo el conde Arnaldos     la mañana de San Juan!
    Con un falcón en la mano     la caza iba a cazar,
    vio venir una galera     que a tierra quiere llegar.
    Las velas traía de seda,     la ejercia de un cendal,
    marinero que la manda     diciendo viene un cantar
    que la mar facía en calma,     los vientos hace amainar,
    los peces que andan ‘nel hondo     arriba los hace andar,
    las aves que andan volando     ‘nel mástil las faz posar.
    Allí fabló el conde Arnaldos,     bien oiréis lo que dirá:
    —Por Dios te ruego, marinero,     dígasme ora ese cantar.
    Respondióle el marinero,     tal respuesta le fue a dar:
    —Yo no digo esta canción     sino a quien conmigo va.

     

    Esta y otras versiones conservadas:
    http://faculty.washington.edu/petersen/321/arnaldos.htm]

  • Un poema de Agustín García Calvo

    Tú, cuya mano me ha bañado
    de un fuego transparente las espaldas,
    cuyos ojos en claros naufragios hundieron
    algunos principios elementales de mi alma,
    tú eres mi patria.

    Tú, que no tienes apellido,
    que no sé si eres pájaro o si alcándara,
    que de todos tus brazos las letras de plomo
    cayéndose han ido, como si fueran nueces vanas,
    tú eres mis padres
    y mi patria.

       Tú, que ni tú te acuerdas dónde
    tendiste a orear las nubes blancas,
    que de tantos amores que tienes confundes
    el nombre de todos los días de cada semana,
    tú eres mi Dios
    y mis padres
    y mi patria.

    Tú, que tan dulcemente besas
    que el cielo bocabajo se volcaba,
    y que no se sabía de quién ya la lengua,
    de quién la saliva, de puro sabrosa y templada,
    tú eres mis leyes
    y mi Dios
    y mis padres
    y mi patria.

    Tú, que apacientas calaveras
    por las praderas de la verde África
    y a los rojos leones les echas de pasto
    las rosas de leche de luna de Nuruquimagua,
    tú eres mi ejército
    y mis leyes
    y mi Dios
    y mis padres
    y mi patria.

    Eres mi ejército y mis leyes
    y mi Dios y mis padres y mi patria,
    y el ejército y Dios y las leyes y todas
    las patrias y padres se creen que tú no eres nada:
    que no eres nada.

    Agustín García Calvo, Canciones y Soliloquios (1976)
    Yo lo he sacado de Centuria, una curiosa antología de poesía en español del siglo XX, de Visor, el año pasado.

  • Todo está lleno de estrellas

    Los niños vienen bendecidos por un don innato para la generación de reglas y modelos. Jugar: jugo; sueño: sueñar. De ese modo van ensamblando las piezas del plano de la realidad, labor que culmina en la adolescencia, cuando —mientras que el interior es innavegable— el universo exterior concluye en un modelo cristalino sumamente sencillo.

    A partir de ahí, la historia de la edad es la de una inteligencia que se abre a la inhumana complejidad del mundo.

    «Todo está lleno de dioses», dejó dicho Tales, el primer filósofo, y nadie sabe muy bien qué quería decir exactamente con eso. Es bonito figurarse que sólo expresaba su asombro.

  • La escuela de Beslán

    Albert Camus deseaba la justicia; a la vez, era consciente de los crímenes cometidos en su nombre. Así que expresó de este modo la quintaesencia de las elecciones morales: «Yo creo en la justicia, pero defendería a mi madre antes que a la justicia». Desde ahí se empieza.

    No hay ninguna razón abstracta que pueda obligar a un hombre a matar a unos niños en una escuela secuestrada, y una vez que ese hombre lo ha hecho, entonces no hay ninguna disculpa abstracta que lo libere de la carga del más espantoso de los crímenes que se pueden cometer contra la más indefensa de las víctimas. En los días que vendrán oiremos cómo unos y otros contextualizan los hechos, cómo se buscan causas, cómo se intenta explicar, cómo se reparten responsabilidades y culpas. Pero nada de eso podrá aligerar el peso del horror de la culpa que cae sobre cualquiera de esos hombres que se han cubierto de bombas y han secuestrado una escuela llena de niños.

    Porque en el fondo, todas esas explicaciones nada tienen que ver. O sí, pero son escolios, marginalia. El culpable es un hombre. No sirve la obediencia debida. No le sirve al torturador que obedece a sus superiores jerárquicos ni tampoco al que obecede el mandato de su patria, o el de Dios, o el de sus muertos que reclaman venganza. El mal en estado puro no puede llamar en su disculpa a ningún mal anterior.

    Ninguna colectividad diluye el tamaño de la culpa sobre los hombros de un hombre que ha decidido entrar a propósito en una escuela cubierto de bombas. Si no entendemos eso y a partir de ahí organizamos el universo moral, estamos perdidos.

    La moral puede llegar a ser una asignatura compleja, pero en el último de los casos nos queda Camus: «Yo creo en la justicia, pero defendería a mi madre antes que a la justicia». Nada puede obligar a un hombre a atacar a su madre. Ni a matar a unos niños. Desde ahí se empieza.

  • Julia y las luces

    La señora Julia tiene una habitación para las luces. Está forrada desde el suelo hasta el techo con baldas de madera oscura sobre las que se alinean las luces en frasquitos de cristal, dispuestas por lugares o por épocas. Una mañana en la playa después de la guerra. Biarriz, una tarde de junio. Muchas en el campo, en verano; resplandores tras la ventana de la escuela; farolas; la luna.

    La habitación es un antiguo vestidor; las luces tiemblan en la penumbra como llamas de agua. La señora Julia ha perdido mucha vista con los años. Entra en la habitación andando despacio y cada vez debe acercarse más los frascos a la cara.

  • Las letras de Fafnir

    Me comporto como el avaro o el cuervo con las citas, los conceptos, las canciones: los veo brillantes, los recojo, los guardo por ahí y luego los olvido. Igual que el dragón nórdico, duermo codicioso sobre un lecho de conocimientos revueltos que nunca uso.

    Acabo de encontrarme esta anotación perdida por lo menos desde el invierno pasado; es de Thomas Hardy y habla de la muerte de un hombre: «Y le quitarán todas sus llaves brillantes, y abrirán sus cajones, y verán las cosas pequeñas que no quería que viera nadie; y todos sus deseos y costumbres serán como humo…». Comprendo por qué me entretuve a recogerla.

    Esto, por lo visto, lo escribiió una poeta japonesa, Yosano Akiko; yo lo copié en febrero:

    De los innumerables escalones
    que conducen a mi corazón
    él subió tan solo
    quizás dos o tres.

    Esto otro tiene fecha de diciembre del año pasado. Es del periódico. De Manuel Cruz:

    Quien identifica la libertad con mantener, intactas, todas las opciones, está condenado a no dar el más mínimo paso, a no formular promesa alguna, a no comprometerse bajo ningún concepto, precisamente porque interpreta todos esos gestos como un recorte de dicha libertad. Pero ser libre tiene algo de paradójico: consiste en dejar de serlo a voluntad precisamente para poder seguir siéndolo. Sin que haya opción en este punto: vivir sin elegir es vivir en vano. No es más libre, sino menos, aquel que, en vez de esforzarse por intervenir, está siempre a verlas venir.

    Subrayé en letras granates, de cuerpo catorce: vivir sin elegir es vivir en vano. Tremendo.

    «Yo preferiría ser Falstaff o Sancho, y no una versión de Hamlet o de don Quijote, porque el hacerme viejo y enfermo me enseña que es más importante ser que saber». De un artículo de Harold Bloom; esta me ha dado bastante que pensar, porque estoy de acuerdo con lo que dice Bloom, pero soy incapaz de ponerlo en práctica. En todo caso, la cita fue a parar al montón, con el resto del tesoro.

     

    [Thomas Hardy, El alcalde de Casterbridge, citado por Juan Antonio Rivera Rivera en Lo que Sócrates diría a Woody Allen (Espasa Ensayo);
    Yosano Akiko, citada por F. Calvo Serraller en El País/Babelia, el 28 de febrero de 2004;
    Manuel Cruz, «Política, prepolítica y filosofía», en El País, 29 de diciembre de 2003;
    Harold Bloom, «¿Qué busca don Quijote?», también en Babelia, el 18-19 de abril de 2003.]

  • Al final del verano

    Y bien mirado, son hermosos los días que quedan desde el declinar del verano
    hasta que lleguen las grandes mareas y la lluvia
    cierre nuestros armarios y esconda la luz y los colores claros
    y escriba las playas con su alfabeto ajeno
    y nos devuelva a la costumbre y la madera, y a las quejas noctámbulas.
    El verano corre hacia el invierno como un río:
    este frescor salvífico, este sol que da tregua, el viento entre los árboles,
    la pureza del agua son señales, pero entretanto
    la luz sigue enredándose en el pelo por las tardes
    el calor sonríe en los brazos desnudos
    los rostros sonríen y hemos recordado a los amigos.
    Bien mirado, no están mal estos días prestados,
    estos días robados a la melancolía,
    dulces, tibios, sin el vigor inclemente de la alegría llena,
    iluminados por una gota de conocimiento
    de lo que aguarda,
    el final,
    a la vuelta de estos días.

  • Presidentes

    Bill Clinton reconocía haber fumado porros, pero sin tragarse el humo. No quería admitir que había mantenido relaciones sexuales con su becaria porque insistía en que se había circunscrito a las mamadas. Supongo entonces que se limitaría a olisquear el vino tinto en la copa y a pincharse los dedos con las rosas. Yo no sé qué presidente es más tonto, la verdad.

  • Mitad de agosto

    Días de luz,
    os dejaría marchar
    si supiese
    que íbais a volver cuando os lo pida.

  • Carta de Praga

    Abajo, al buzón, ha llegado una postal de Praga. Una postal de verdad, de cartón. Praha. Trae un dibujo que representa un cuarteto de músicos callejeros tocando en un puente empedrado; a la vuelta, el mensaje manuscrito en letras torcidas de color verde.

    Unas personas han hecho este papel y lo han tintado; unas manos que me quieren lo han escogido y se han detenido en una terraza, imaginemos, al lado del abejorreo de un río de turistas, a escribirme estas palabras de recuerdo. Y luego todo ese trabajo de meterla en sacas, cargarlas, llevarlas a los trenes, cruzar Europa entera en vagones nocturnos, a través de campos iluminados por la luna. El peso de la postal en mis manos genera esa distancia, y está muy bien que así sea, porque la gente está lejos, Praga está lejos, en los ferrocarriles y en mi vida. Esa es la verdad. El cartón me despierta de la ilusión electrónica de lo instantáneo, como de un sueño.

    Claro, algún día iremos juntos, seguro.