Autor: Juan Avellana

  • Una voz en la noche recitando versos por la radio

    Una voz en la noche recitando versos por la radio.
    El rostro hundido en un cuello de muchacha.
    El sabor salado de las letras de un párrafo.
    Una tarde de verano en Alemania.

    De mi infancia, un domingo de sol y campanas,
    y en el cielo una brisa de palomas


    Vosotras, mis cosas,
    ¿vendréis a mí ese día, cuando os llame,
    como un rey que ha caído en la batalla?


    ¿O no,
    y tendré que pasar, entonces, solo?

  • «Había en ese patio

    un hombre muy viejo: me saludó, pero yo me apercibí demasiado tarde. La música recomenzó y yo me decía: «Con tal que vuelva a mirarme!». Era un peregrino, no era de aquí. Me pareció que me tenía simpatía. Se acabó la música. Yo estaba como en éxtasis. El hombre se dio vuelta, me dirigió una mirada y salió. En su mirada había algo especial para mí. Todavía no sé qué quiso decirme. Algo importante, esencial. Nos miró a a mí y a mi destino, con una especie de consentimiento y de regocijo, pero con un dejo de compasión, casi de piedad, y se fue, y todavía me pregunto lo que todo eso quiere decir».

    Henri Michaux, Un bárbaro en Asia (Orbis). Traducción de Jorge Luis Borges.

  • Sucessus textor amat

    Al hilo del post anterior, hablaba con Ike en los comentarios acerca de que quizá sea esta la primera vez que el común de la gente va a dejar detrás de sí recuerdo escrito de su existencia. No una persona señalada —un escriba, un grabador, un pensador, un monje—, sino la gente misma. Si la Historia comienza con la aparición de la escritura, entonces podría decirse que de algún modo es ahora, con Internet, cuando los individuos empezamos a entrar en la Historia (y si eso suena emocionante, aclaro que se trata de un efecto indeseado).

    Todo ello es verdad de modo genérico, ya que, en cambio, ha habido infinidad de casos particulares en los que individuos del común han dejado escritas huellas de su paso por el mundo. Mientras escribía a Ike me vino a la cabeza una inscripción que me hicieron traducir hace mucho tiempo en una clase de latín vulgar. Se trata de un grafiti en una pared de la ciudad de Pompeya, que dice:

    Sucessus textor amat coponiaes ancilla,
    nomine Hiredem, quae quidem illum
    non curat, sed ille rogat, illa comiseretur.

    «El tejedor Suceso ama a Hiredes, la criada de la tabernera, que no le hace caso; pero él le ruega, y ella se apiada».
    Es una historia muy antigua y, por lo que sabemos, termina bien. Lleva dos mil años en aquel muro, pero podrían haberla escrito esta mañana.

    Juan Avellana estuvo aquí»]

  • Sonría para la posteridad, por favor

    Desde la perspectiva del futuro, un blog funciona como una cámara de vídeo a la puerta de un banco: graba la vida minúscula de nuestras sociedades que acierta a desfilar por delante del pequeño cuadrado de la página.

    Es muy probable que un día venidero los historiadores hurguen en servidores como Internet Archive, por ejemplo, para recomponer el paisaje sentimental y social de este siglo, uniendo muchas páginas en una inmensa labor de retazos hasta formarse una idea de lo que fue esto.

    Así que sonríe: el futuro nos está mirando.

  • All of me

    En una esquina de un trasbordo muy largo entre dos paradas del metro de Madrid se ponía un hombre con un saxo que tocaba All of me con una perseverancia maníaca: al menos, yo nunca lo vi tocar otra cosa. La música reberberaba tan fuerte en aquel recodo de techo bajo que podías cruzar los quince metros de corredor cantándola a voz en grito sin que nadie se diese cuenta:

    All of me
    Why not take all of me

    Debe de ser la canción triste más alegre del mundo. Quince metros de luz todos los días en un pasillo bajo tierra:

    You took the part
    That once was my heart
    So why not take all of me

    El hombre hace tiempo que ha desaparecido. Si mi vida fuese una comedia con final feliz, un día volvería a encontrármelo tocando Muskrat Rumble; entonces yo cogería un banjo y me sentaría a tocar a su lado para siempre.

  • Filosofía y huerta

    Sabemos desde Aristóteles que es imposible sustraerse al filosofar, de modo que quizá sobraban las pruebas materiales:

    Serán los espárragos más tiernos del mercado, y los más sabios con diferencia. En todo caso, parece una costumbre razonable cogerle afecto a Immanuel Kant, ese hombre extraño y fundamental. Escribió muchas frases memorables, pero grabaron estas sobre su tumba: «Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí». Eso se merece unos espárragos, sin ninguna duda. Y hasta una camiseta.

  • Deconstructing Harry

    Harry, el personaje de Woody Allen, discute de religión con su hermana, una devota judía. Ella explota:

    —¡Tú no tienes valores! Toda tu vida es nihilismo, cinismo, sarcasmo y orgasmo. Harry, que está mirando por la ventana de espaldas a la cámara, gira la cabeza y responde:

    —¿Sabes? En Francia, con ese eslogan podría presentarme a las elecciones y ganar.

     

    [Deconstructing Harry, 1997. Guión y dirección de Woody Allen.]

  • Cercanías

    I
    El viajero del tren de cercanías no debe conocer el nombre de las plantas que ve desde la ventanilla. Como ha llovido y llovido durante el invierno, lo que suelen ser campas gredosas, pedregales y baldíos está tapado ahora de una hierba verde espesa iluminada por vastas manchas de colores: amarillo, azafrán, violeta, rojo. Las rojas son amapolas del color de la sangre que se abren por cualquier rincón —sobre los cascotes de una obra, entre el balasto, al pie de una tapia— con una belleza inverosímil.

    Aparte de ellas, no sería razonable nombrar las otras flores, ya que este es un tren urbano y en el espacio de la ciudad solo hay plantas y hierbas, nada más.

    II
    El primer día después de los atentados del 11 de marzo, por los andenes entre Alcalá y Atocha comenzaron a aparecer, en cualquier lugar fuera del paso, modestos recados memorativos: notas manuscritas, fotos, flores, velas rojas; arrimados a una farola, por ejemplo, o pegados a esos postes metálicos que sostienen las catenarias. Creí que durarían un día o dos, pero prevalecieron, mojados y arrugados, cada día más nutridos.

    Me pareció que se trataba de una especie de conversación, un tanteo o un balbuceo para expresar lo invisible; un esfuerzo inarticulado por hablar, sirviéndose de las cosas, acerca de lo que es más grande y no se puede decir.
    Enseguida se fueron organizando en unos pocos rincones hasta formar una suerte de altarcillos protorreligiosos tirados en el suelo. Todavía pueden verse algunos por el camino, salpicados de velas rojas. No los entiendo, y sin embargo los miro con respeto y simpatía. Supongo que la razón no puede dar cuenta de estos objetos que participan de la naturaleza del símbolo.

    Sospecho que si arrancásemos toda religión del mundo volvería a brotar aquí y allá, como la hierba.

    III Memoria
    Las velas encendidas en los andenes de Madrid se irán apagando una tras otra, y cuando se haya extinguido la última ya sólo seguirán ardiendo en mi memoria. Un día yo me apagaré también, pero antes arrimaré mi frente a otra frente para prender la llama en ella y que esta sangre de marzo nunca se olvide.

  • Definiciones

    El diccionario de la Real Academia —como casi toda obra humana colectiva, por otra parte— es capaz de estupideces y maravillas. Esta entrada me parece deliciosa:

    amarillo: (…)
    10. m. Adormecimiento extraordinario que los gusanos de seda, cuando son muy pequeños, suelen padecer en tiempo de niebla.

    Cualquiera sabe lo que es una feminela. Si no, se mira en el diccionario:

    feminela.1. f. Mil. Pedazo de zalea que cubre el zoquete de la lanada.

    Ha quedado todo claro, espero.

    Y una pena es la ausencia de redamar, este verbo: ‘corresponder al amor con el amor’ (Casares, p. 712). Invertárselo quizá hubiera sido una práctica inescrupulosa, pero ¡existiendo!, qué les cuesta ponerlo. (Sí, reamar viene…, pero no es lo mismo).

  • Enfoque

    A rachas el pensamiento se vuelve vagabundo, desvaído; no lo atrae nada, flota. El pensamiento piensa, pero muy generalmente. Al cabo de unos días así, se puede hacer un ejercicio de foco. Fijarlo. Pensar, por ejemplo, en un gecko tan largo como el dorso de una mano, con la silueta nítida de su cola, sus dedos diminutos palmeados, el lomo verde lima y escarlata.

    El olor frutal del aceite de oliva crudo.

    El crotorar de una cigüeña, que nunca se olvida.

    La nuca de la soldado que ha subido al tren, sus trenzas rubias recogidas bajo la gorra.

    Esos crujidos que se oyen en el silencio crepuscular de los cementerios.

    Un guijarrito de vidrio devuelto por el mar, redondo, suave como una piel, traslúcido.

    Las mejillas de mi sobrino, tan blancas que dejan trasver el riego azul de las venas.

    Tantos mosquitos como gotas estrellados contra el parabrisas.

    Un píxel.