Mi casa se extiende por ene dimensiones, que es donde están todos esos medios pares de calcetines.
Autor: Juan Avellana
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Título
Este post trata de los curiosos efectos de la autorreferencia.
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Un rayo misterioso
Mi primer oficio verdadero, como sucede a menudo, lo viví como un largo exilio: de la adolescencia que se había despedido; de lo que yo quería hacer; del propio hilo de mi vida, que había extraviado.
Una noche de verano, a las tantas, unos cuantos empleados hacíamos en un salón apolillado el último descanso de toda la jornada, el más triste. Las ventanas estaban abiertas; abajo, en la terraza, unos músicos lánguidos, como nosotros arriba, esperaban el final de la noche. En un momento dado, empezaron a tocar una canción desconocida que se fue alzando despacio por encima de los toldos de la terraza que daba la playa, movió las cortinas de nuestro salón belle époque desvencijado, flotó por encima de los cuatro o cinco que a aquella hora yacíamos en silencio por los sillones de cuero y se instaló en el aire fragante de la habitación con una desesperada melancolía.
Había allí un compañero uruguayo con el que me llevaba bastante bien, igual porque él era pintor como yo era secretamente otra cosa. Me miró la expresión de la cara y me preguntó si no conocía la música. Yo le contesté que no. «¿Nunca has oído esta canción?». Y se puso a cantar a media voz la letra, que pareció durar una eternidad. Mientras tanto, nadie dijo una palabra ni levantó los ojos.
Nunca como aquella noche he sentido así la añoranza de lo que no ha sido. Pensé, anegado de congoja, que nunca me había hallado tan lejos de todas las cosas buenas de mi deseo; que fuera existía todo un mundo que ya no era para mí.
Con el tiempo, salí de aquel sitio, anduve un poco y me hice con la pequeña parte de aventura y de belleza que me cupo. Me enteré de que la canción era un tango, o casi un tango, la escuché en la voz de Gardel y me aprendí la letra ripiosa. La canción era El día que me quieras. Hoy día resulta banal, claro, pero algunas veces, como esta tarde, la escucho a lo lejos y veo dónde estoy porque me hace recordar de dónde vengo.
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Llueve
En la tierra donde nací llueve siempre. Llueve hasta en el recuerdo.
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Filosofía
Si supiésemos qué es lo que hay que preguntar, no necesitaríamos la respuesta.
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Si hemos de creer a los científicos,
el acto de ver es una ilusión óptica.
[Hablando de ilusiones ópticas: http://www.michaelbach.de/ot/]
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Aprendizaje de geometrías elementales
Atar la lazada del cordón del zapato.
Enrollar un par de calcetines.
Plegar un avión de papel.
Dar un beso. -
El enunciado
Cuentan en esta ciudad —yo no me lo creo— que a veces, en medio de un autobús atestado, una señora anciana que está de pie a tu lado se dirige a ti, musitando; tú agachas la cabeza para oírla mejor y ella te habla al oído; enseguida se apea. Cada vez dice una cosa distinta, pero siempre es muy importante, aunque no se sabe bien en qué consiste, porque todos se niegan tozudamente a entrar en más detalles. Sólo que el mensaje de la señora es para ellos muy importante.
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Abril
Me pregunto cuántas veces se habrá hablado de días como estos, del cielo limpio, el verde nuevo que la brisa hace tremolar como banderas, de la luz brillante y, sobre todo, de esta exaltación vivífica que nos mueve la sangre como una marea. Imagino que todo esto se habrá dicho innumerables veces, como ahora lo repito yo, casi sin elección.
Empiezo a entender que en las cosas esenciales de la vida lo importante no es decir qué, sino solamente decirlo.
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Ellos se escriben cartas
En FutureMe te proponen que les remitas un correo, y ellos te lo devuelven el día que les indiques, entre mañana y el 2028. Un expediente sencillo para escribirte cartas a tu yo futuro.
Puedes consentir que tu mensaje sea público, aunque anónimo. Yo me he pasado un buen rato leyendo cartas de estas últimas, al azar, especialmente las escritas en español; primero con curiosidad y al final contagiado de ternura. Como los niños cuando duermen, parece que nadie es malo cuando sueña. Son conversaciones de personas consigo mismas, a solas, que dan testimonio de sus deseos y sus miedos.
Me llama la atención qué poco piden: llevar una vida agradable y digna; no estar solo. Acabar los estudios, casarse, tener un gato. Todos sabemos que estar solo es terrible; sin embargo, me sorprende el valor que la gente le da a la dignidad. No, no es pedir poco.
Y, por último, la tristeza. Seguramente sin quererlo, en casi todas suena un fondo de melancolía, quizá porque, frente a la esperanza del porvenir, se yergue la intuición indecible de que no hay tiempo mejor que el ahora.
[Vía A Lápiz y Papel]
