causar daño o perjuicio a las cosas hermosas del mundo; son demasiado fuertes».
Isak Dinesen, «El niño soñador», en Cuentos de Invierno.
causar daño o perjuicio a las cosas hermosas del mundo; son demasiado fuertes».
Isak Dinesen, «El niño soñador», en Cuentos de Invierno.
Las imágenes que llegan son terribles, pero yo creo que no alcanzan a expresar la naturaleza del crimen.
Todas las mañanas me levanto, me voy a la estación de Atocha y cojo el cercanías camino de Alcalá, mucho más temprano que en cualquier otra época de mi vida. Y por la tarde, el mismo camino de vuelta. Aunque por la tarde es muy distinto, porque a la hora en que yo vuelvo, el tren viene cargado sobre todo de obreros, españoles y extranjeros, rendidos de cansancio. Muchos hacemos todo el trayecto dormidos, con la cabeza caída hacia un lado, de cualquier modo.
Por la mañana, sin embargo, el viaje es el mejor rato del día. Unos se aovillan y se duermen, como si quisieran conservar un rato más el calor dulce de sus mantas; otros leen. Las mujeres leen mucho más que los hombres, basta fijarse un poco. Los estudiantes se encuentran unos con otros y van charlando a voces. Yo leo también, o voy pensando posts (a algunas de estas personas de las que hablo las habréis visto aparecer aquí), o mirando por las ventanillas.
En la estación de El Pozo mi tren siempre se detiene un rato y nuestros ojos quedan a la altura del andén de enfrente. Muchos días me he quedado mirando a alguna muchacha que espera ahí de pie, a la luz del sol que empieza, el cuerpo girado en dirección a Guadalajara para ver venir su tren. Recién lavada, con la cara pálida y las mejillas y la nariz enrojecidas, temblando levemente en el frío crudo del invierno, agarrada a la correa de un bolso barato. Recortada contra el fondo de una tapia blanca y gris y el poyo de hormigón que tiene a su espalda
La he mirado muchas veces, casi todos los días laborables los últimos cinco años. Esta muchacha es la que hace andar el mundo cada mañana cuando se levanta a trabajar. Imaginad un tren atestado de muchachas como ella, de chavales de barrio camino de clase, de obreros soñolientos y callados, de mucamas pulcras. El sentido completo del crimen es esa imagen quieta un segundo antes de la catástrofe.
llego a casa y no estoy en ella.
Hace unos días, en las páginas de cine de El País, Ángel Fernández Santos ha escrito en letras de imprenta nada menos que la fantasía es una forma menor de la imaginación. Uno sospecha que en realidad lo que le molesta a Á.F.S. es la imaginación en general, pero eso no es disculpa.
Lo escribe el primer crítico de cine del diario más prestigioso de España. Se comprende entonces por qué en este país pedregoso nuestro arquetipo literario es un caballero soñador apaleado por villanos; de paso, se hace fácil entender el motivo de que la mejor literatura en español no se escriba en España desde hace ya tiempo.
En ese mismo periódico, a cambio, ha salido también por estos días una colaboración estupenda de Alberto Manguel, a quien por lo visto no le importa disipar su inteligencia en la frecuentación de un género menor. Como homenaje a Monterroso, Manguel aporta una brevísima antología de miniaturas en donde aparecen, con total impudicia, un ejército de osos y tigres, un esqueleto leyendo el diario, una araña del tamaño de un hombre y otra porción de cosas desaconsejables. Vale la pena leerla para desquitarse.
[Ángel Fernández Santos, «La ley de la pasta». El País, 02-03-2004. Alberto Manguel, «Novelas de una sola línea». Babelia, 28-02-2004.]
Qué días tan raros. Un soplo de aire y caen copos, o pétalos.
El diablo de los cuentos, algunos enanos del bosque, las brujas, ciertos genios e incluso hadas solo te dan algo a cambio de algo tuyo, posiblemente muy querido. Cumplen así con la función simbólica de representar una ley de la vida en sociedad, y es que cada acto que emprendes te compromete. Todo acto te liga a sus consecuencias; en la vida en sociedad, ademés, un acto te encadena a su contraparte, de la que eres paciente. Es algo que pertenece a la física de las relacioneá humanas, una suerte de ley de acción y reacción.
Esto, que no es razonable, y para lo que yo no tengo un porqué, se aprende sin embargo con la experiencia, y es de lo que intentan avisarte los mitos y los cuentos.
Los años
dejan
y quitan
como las olas
Había un personaje de Los lunes al sol que no conseguía quitarse el olor a pescado de la fábrica de conservas. Es un rasgo verídico, porque conocí un pescador que hacía algo parecido. Con la soledad pasa un poco lo mismo: nunca se te va ese olor de encima.
Gracias aroma
azul,
fogata
encelo.Gracias pelo
caballo
mandarino.Gracias pudor
turquesa
embrujo
vela,
llamarada
quietud
azar
delirio.Gracias a los racimos
a la tarde,
a la sed
al fervor
a las arrugas,
al silencio
a los senos
a la noche,
a la danza
a la lumbre
a la espesura.Muchas gracias al humo
A los microbios,
al despertar
al cuerno
a la belleza,
a la esponja
a la duda
a la semilla,
a la sangre
a los toros
a la siesta.Gracias por la ebriedad,
por vagancia,
por el aire
la piel
las alamedas,
por el absurdo de hoy
y de mañana,
desazón
avidez
calma
alegría,
nostalgia
desamor
ceniza
llanto.Gracias a lo que nace,
a lo que muere,
a las uñas
las alas
las hormigas,
los reflejos
el viento
la rompiente,
el olvido
los granos
la locura.Muchas gracias gusano.
Gracias huevo.
Gracias fango,
sonido.
Gracias piedra.
Muchas gracias por todo.
Muchas gracias.Oliverio Girondo,
Agradecido.
Oliverio Girondo, en Persuasión de los días.
[Gracias a http://www.poeticas.com.ar/Directorio/
Poetas_miembros/Oliverio_Girondo.html, donde hay más poemas, y no solo de Girondo.]
contemporáneo, a menudo la obra no dialoga con el espectador, sino con la época en que está inscrita. Para enterarse de esa charla el espectador debe aprenderse el idioma que ellos usan y escuchar en silencio, ahí afuera.