Autor: Juan Avellana

  • Fantasmas

    En las noches inquietas, cuando doy vueltas en la oscuridad sin alcanzar el sueño, siempre se me viene a la cabeza aquel verso de Goytisolo: «y el viento en el postigo recita tus mentiras». No me extraña; los fantasmas de mi casa son mis promesas incumplidas.

    [José Agustín Goytisolo: de «Non Non», en Palabras para Julia (Lumen).]

  • «Poema

    Tal vez en el principio
    el tiempo y lo visible,
    inseparables hacedores de la distancia,
    llegaron juntos
    borrachos
    golpeando la puerta
    justo antes de amanecer.
    Con las primeras luces pasó su embriaguez,
    y tras contemplar el día,
    hablaron
    de la lejanía, del pasado, de lo invisible.
    Hablaron de los horizontes
    que rodean todo
    lo que todavía no ha desaparecido.

    John Berger, en Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible (Árdora). Traducción: Pilar Vázquez.

  • Juan Avellana estuvo aquí

    Damos por supuesto que aquí se refiere al retrete, a la tapia, a la ruina célebre. Pero en un sentido más amplio, aquí es el mundo. «Juan Avellana pasó por el mundo». A este respecto, un grafiti viene a equivaler muy resumidamente a una novela. «Los Juanes Avellanas estuvimos aquí» puede leerse en las paredes de las bibliotecas.

  • Refrán

    No hay peor ciego que el que no quiere cambiar.

  • El destino en Milagán

    El río Aynn desemboca en el mar a través de las tierras llanas de Yakipur, lo que hace que la corriente, ancha y lenta, se divida en multitud de brazos que acaban formando el delta del Aynn. En este laberinto de agua se encuentra la ciudad de Milagán, que tiene el último embarcadero del río, aunque en él solo atracan lanchas, barcas y chalanas grandes de fondo plano.

    Milagán es una antigua ciudad de casas de madera. Del mismo muelle sale una calle que la cruza por la mitad hasta el barrio que llaman de los Curtidores, una nervadura de callejas cada vez más estrechas ocupadas sobre todo por algunos talleres, pequeños comercios y prostitutas. En uno de esos callejones atiende la señora Mandelbrot, la adivina, echadora de cartas y quiromántica, al final de una escalera tortuosa a la que se llega después de doblar el último recodo de una serie de pasillos que se apilan y bifurcan en medio de crujidos de vigas y solados polvorientos.

    La señora Mandelbrot recibe al viajero de frente, sentada a solas en el centro de una habitación; le toma la mano con delicadeza y se inclina sobre ella para seguir con la vista sobre la maraña de las líneas de la palma el itinerario que lo ha traído hasta aquí, y entonces le relata un destino fantasioso solo por darle gusto, porque lo que ella ha visto en lo hondo del cerebro del viajero es una explosión de flores lógicas que se ramifican y se abren por delante de él según la forma de un fractal eterno.

  • Enero

    Solo en su alcorque
    —sueño de flores—
    calla el ciruelo.

  • Pescador

    Me llama Blaise en un comentario «marin en terre», pero la verdad es que me queda grande. Para empezar, yo me mareo como un perro.

    Aunque no es la primera vez; en mi barrio, con diecisiete o dieciocho años, solían confundirme con un pescador: alguno de mi edad que debía de parecérseme tanto como para que sus conocidos se dirigiesen a mí en plena calle, o para que insistieran en invitarme en los bares. Acabé acostumbrándome, y respondía con mucha soltura. Me hacía gracia. Una vez engañé a unas muchachitas preciosas, pero por nada a cambio; solo porque me dio pena desilusionarlas.

    No sabía quién era el otro o qué aspecto tenía. Tampoco hice mucho por resolver el misterio, porque me imaginaba que acabaría cruzándomelo por el barrio, que no era tan grande. Pero nunca lo vi. O sí; igual nos miramos un día en medio de la calle y fuimos los únicos en no reconocernos.

    A partir de entonces, los dos habremos trabajado de madrugada hasta el alba y pasado mucho tiempo fuera de casa; los dos habremos tenido en algún momento a una novia muy lejos. Por lo demás, él se habrá llevado la incertidumbre, el frío, el olor del gasóleo, el carácter supersticioso y la costumbre del silencio. Yo los libros y la lengua, las dioptrías, los autocares nocturnos, las historias tejidas de palabras y esta otra red. No sé. Me gustaría encontrármelo un día. Le preguntaría si ha valido la pena.

  • Marina II

    Nací junto al mar, y él me prendió entonces con un sedal muy largo. Me fui. Cuando él quiera, cobrará el hilo, y yo desharé todo lo andado.

  • Marina

    Nada más triste que esas ciudades de las que ha huido el mar. Te enseñan un cantil derruido y te dicen: «Mira, eso era el muelle». O «en ese hierro amarraban los barcos». O te señalan la línea antigua de la orilla, que ahora es un rastro calizo. A veces se ven costillares de barcos sobre el polvo; otras veces los esqueletos son más melancólicos, como paseos embaldosados, barandillas o faroles despintados.

    Qué decirles. Sólo puedes desviar la vista hacia el suelo y agitar pesadamente la cabeza. Pobre ciudad, destinada al olvido.

  • Una elección

    En una parada del metro suben un padre y una hija y vienen a colocarse a mi lado. Él es alto, joven todavía, con traje oscuro y portafolios de piel, un aire un poco estirado. La niña tendrá como siete u ocho años, y encima del uniforme del colegio lleva un abrigo azul marino muy formal.

    Son las ocho y pico de la mañana y el vagón está atestado de gente recién levantada, camino de sus ocupaciones. El padre y la niña van hablando, y yo no les presto atención hasta que veo que la niña le muestra a su padre unos caramelitos de colores en la palma de su mano. Eleva un poco la mano para que los cuatro caramelos queden bien a la vista del padre. «Escoge uno —le dice. Pero él se queda quieto, de modo que la niña insiste—: Anda, escoge». «Da igual —responde el padre—; dame uno». La niña tiene muy abierta la mano, con la palma casi convexa. Entonces habla con una voz repentinamente seria: «Decide. Tienes que escoger uno de los colores». Y mira hacia arriba, directamente a los ojos del padre. El vagón se detiene en una parada; se acallan los murmullos de la gente. Amarillo, verde, rosa, morado. «Coge uno —pienso yo—. Cógelo». El padre, muy despacio, se mueve por fin y toma uno de los caramelos. «Ese has escogido. Muy bien», dice serena, con todo aplomo. Y es como si otra voz hablase por la voz de la niña. Pero he aquí que ella se sonríe, la sonrisa le alumbra toda la cara —tiene ocho años—, la escena se deshace y el vagón arranca de nuevo.