Categoría: Central

  • Un árbol en agosto

    Durante la estación fría, este cerezo parece un triste palo tortuoso; por la primavera, en cambio, es un árbol modestamente bello, con sus anchas hojas de verde vivo. Unos días cada año trae una menudísima felicidad, tan fugaz que hiere.

    Desde mediados de mes el cerezo da señales de descaecimiento. El verano mismo, este que lo agobia, pierde la luz a chorros por una herida. Es tan corto el esplendor que uno acaba echando cuentas: aquí peso la belleza, aquí pongo la pena. Y sin embargo, ese cálculo no pertenece al mundo del cerezo, el sol o la primavera; es, digamos, propio del que vive en un concepto.

    Una mente da forma a la idea de la vida de un hombre con fragmentos que saca del recuerdo y sucesos que sabe que están por venir; levanta en el aire ese artefacto y lo mira. Se pone a comparar unas partes con otras: lo que fue con lo que será; la primavera de los quince años con un día de noviembre de cuando sea viejo; la semilla con la flor con el fruto con el árbol. Pero el presente no es una idea, no es una imagen. El presente es lo que es; al presente no se le puede comparar con nada. Hacer un balance de penas y flores es mezclar cantidades heterogéneas.

    Ahora bien, yo no sé en dónde le corresponde vivir a un hombre. Si en el mundo del cerezo, el sol, la primavera, o en otro.

  • Un verano en el norte

    A la hora del atardecer, veo a un hombre inmensamente solo en una playa sin fin, de pie en la orilla. Allá en la distancia, alguna pareja, gente con niños. Él, solo; tan solo que lo fotografío. ¿Y tú, Juan, no estás igual? ¡Ah, no! —me digo—: yo estoy haciendo la fotografía.

    *

    Pienso en una literatura que sólo tiene dos temas: o el amor, o el ser. De pronto se me ocurre que los dos son el mismo. Se me ocurre naturalmente, como la ruda sospecha de una fiera: lo venteo, no alcanzo a verlo. ¡Si fuese más lúcido, si hubiese leído más! Pero tengo que conformarme con rondar entre la niebla.

    *

    Los periódicos españoles que cuentan la ruina del país son ellos mismos ruina: fútiles, enfáticos, repletos de gramática bárbara y frases chapuceras, chillando cada uno en favor de su amo. Si informasen de que España florece, igualmente comprenderíamos que yace en la ruina.

    *

    Mi madre se interrumpe en mitad de una frase porque se da cuenta de que está a punto de repetir algo que su propia madre le repetía a ella. Se queda callada, abstraída; supongo que viendo a mi abuela en el recuerdo. «Todos somos iguales —dice al fin—. Es como un libro que ya te has leído».

    *

    En el edificio de enfrente, a la sombra, el viento agita una toalla de playa roja y blanca que han colgado a secar. Lleva dibujado un perrito blanco con pintas negras que mira de lado. Debajo pone: «SO CUTE». El edificio de ladrillo, el viento frío, la habitación en penumbra al volver de la playa, las toallas baratas y las sábanas frescas: esas cosas serán parte del paraíso de algún hombre que ahora es un niño.

  • Tarde a principios de verano

    En alguna parte
    ha de haber una mujer que contemple
    la caída del sol allá en lo alto,
    como asomada a un balcón sobre el mundo;
    el pelo luminoso recogido en la nuca, con descuido,
    bajo la enorme luz de junio
    que alumbra despacio sus pensamientos.

     

  • Tarde a finales de primavera

    La tarde ha ido pasando y yo me he aquietado hasta pararme. Sentado en las sombras, toda la casa abierta a la brisa de primavera, a las voces de los niños de la calle, los coches, los gritos de los pájaros. Las ramas movedizas son siluetas de tinta contra el cielo pálido de poniente.

    Mi corazón se ha encalmado como una vela sin viento. Cae la sombra sobre él también. Ya solo piensa en sí mismo. Es hora de encender una luz antes que sea de noche.

  • Felicidade

    Hablando de canciones, dice esta:

    Tristeza não tem fim.
    Felicidade sim.

    Tan bien. Sencillamente.
    (La tristeza no tiene fin. / La felicidad sí).

    *

    Hacía años que no la oía. Y nunca antes había prestado atención a la letra. Me la he topado buscando otra, una tierna canción que llama casi igual, Felicidade (Foi Embora), y que solía cantar Caetano Veloso, aunque no es suya: la compuso un tal Lupicínio Rodrigues, de quien he sabido que nació por los tiempos de la Gran Guerra en Porto Alegre (en el Brasil), de donde apenas salió en toda su vida. Dice su escueta biografía que fue bedel de la universidad, bohemio y patrón de bares que montaba más que nada para juntarse con los amigos. Hizo cientos de canciones, muchas hoy perdidas, «músicas de mucho sentimiento que expresan melancolía por un amor perdido». Compuso asimismo el himno del Grêmio, glorioso equipo de fútbol portoalegrense. Constantemente lo abandonaban las mujeres.

    Lupicíno, amigo, dondequiera que esté, sepa que para mí hubiera sido un gran honor haberle pagado a usted una copa.

    *

    [La reseña biográfica de Lupicínio Rodrigues en la Wikipedia en portugués, una estupenda narración minúscula:
    http://pt.wikipedia.org/wiki/Lupicínio_Rodrigues]

    [Felicidade en una versión inédita que me gusta:
    http://www.youtube.com/watch?v=4uKqJK2T9uk]

    [Felicidade (Foi Embora) por Caetano Veloso:
    http://www.youtube.com/watch?v=kyiqGumfGDw]

  • Trozos

    Imaginad un grafitero que empezase a escribir una frase sobre un muro y la siguiese sobre una columna de hormigón un poco más allá, y luego sobre una valla, sobre el camino, la hierba, el río, cruzando una ciudad y a lo largo del tiempo. Una escritura con tinta negra y letras muy grandes.

    *

    Busco aquel poema de Kavafis, «Ítaca», y —en varios idiomas— veo que para traducir el tercer verso unos prefieren un viaje lleno de aventuras y conocimientos y otros lleno de aventuras y experiencias. ¡Como si no mediase un mundo entre lo uno y lo otro!

    *

    Qué absurda la vida si solamente se viviese una vez, esto es, si solo hubiésemos vivido los que vivimos ahora mismo sobre la tierra y, tras ir muriendo en orden hasta que quedase por fin en pie un último viejo solitario, al apagarse ése, rendido al polvo, todo hubiera acabado para siempre: las historias, las casas, los instrumentos, las cuevas, las etimologías, los caminos; todas esas cosas, hechas para ser usadas una sola vez.

    En lugar de ello, hay niños. No es que resuelvan el sentido del mundo, pero, como en un cuadro, ellos traen la perspectiva, alargan la línea de la posibilidad, iguales que el camino que se pierde a lo lejos entre una hilera de árboles, hacia más allá y fuera del cuadro, no se sabe adónde.

    *

    Tan a menudo el dolor acompaña al conocimiento que no es raro tomar por conocimiento el dolor mismo.

    *

    De la mediocridad no me separan mis obras, sino mi descontento. Esa poca cosa.

    *

    Hace no mucho —un par de años— yo tenía una novia. La mayoría de las noches dormíamos en su cama. Hacia la primavera, un gorrión cogió la costumbre de venirse muy de mañana a un macetero de su terraza, que había verdecido, y nos despertaba piando. Nos hacía bien, porque a los dos nos costaba levantarnos para el trabajo.

    Entonces escribí unas palabras sobre el gorrión y el amor y se las enseñé a mi novia y le gustaron.

    Otra vez es primavera, pero ya no estamos juntos. Ella me escribe que un gorrión pía en su terraza y le recuerda a mí. He sentido una breve felicidad; he sentido que algunas cosas que he hecho están bien.

    La mano del mundo continúa escribiendo lo que empecé a escribir entonces.

    *

    Junto a unas vías de tren, donde la ciudad se une con el campo, un paseante se encuentra un trozo de aquel largo grafiti; lo que entra, digamos, en una tapia de ladrillo que alumbra el sol poniente. El hombre se detiene y lee.

     

    [El gorrión]

  • Felicidad

    Salgo a mirar mis plantas bajo el cielo de mediodía. Las miro con la inocencia típica de un hombre de ciudad. Están rompiendo a crecer por sus costuras. Los filos tiernos de las hojas, las flores minúsculas, el verde quebradizo de los tallos nuevos, que empujan como un surtidor. Son tan hermosas que conmueven. Sin porqué, como una música: son una forma en medio del aire.

    A uno le tienta pensar que esta pequeña felicidad ordena el mundo; pero un mundo en el que algunas felicidades vienen a aliviar otras tristezas —un mundo de suma cero— parece más que nada una resignación.

    Está, en cambio, la belleza. La belleza, que ha aparecido en el contacto de mi sensibilidad con la cosa, es pura ganancia. Ella, de la que soy un paso, es un bien que antes no estaba.

    Yo soy una condición de la belleza. Quizá sea ese el orden del mundo. No me parece mal.

  • Tremenda y sencilla

    Primero empezaron a gustarme los tangos; los boleros vinieron después; y al final, de todo, hasta coplas. Aunque tuvo que pasar un tiempo, porque yo deploraba aquellas canciones. Mi padre y mi madre las canturreaban por casa con pasión y perseverancia. De niño, formaban parte del conocimiento común de la gente de la época, como los dichos o los refranes. Pero yo había hecho un paquete con todo ello, que me parecía atraso y franquismo y ruidos de patio interior.

    Despreciaba asimismo lo simple. Todo era mucho lío, era complejo, el abismo insondable. Me asomaba con asombro a lo inaudito y lo extraño. Durante bastante tiempo, que yo recuerde, predominó un género de antropólogos que creía haber visto la naturaleza humana no en los hábitos diarios de millones de personas, sino en las costumbres de unos cientos dispersas por los hielos lejanos o los bosques. Así yo, que veía la verdad de la vida sólo en lo que hallaba de insólito.

    Pero fueron viniendo a mí los hechos y un día me encontré, pongamos, siendo un traidor. Quiero decir un traidor sin arrepentimiento, que es el traidor verdadero. En otra ocasión me enamoré de una muchacha que me hacía mal. Más adelante, pasé una noche piel con piel con una mujer que quería y al amanecer me fui muy lejos. Añoré las luces de un puerto. Me vi en la cocina de casa bajo la luz del fluorescente sonándome los mocos a solas y llorando. Eché de menos a mi vieja, atendí las penas de un amigo una noche de copas, volví después de mucho tiempo a casa, festejé con los vivos y dejé marchar a los muertos.

    Así fue como me reconocí en un verso de un tango y luego, más adelante, canturreé boleros. Decían cosas desmesuradas y simples que eran verdad, y había que reconocerlo. Porque resultó que todo en la vida acabó siendo así: tremendamente sencillo. Y una voz que celebra o que se queja. Y eso es todo.

  • Enero

    Una mujer aparece en el andén, pero nuestro vagón ya está cerrando las puertas y ella se queda allí, al otro lado del cristal. Según la veo alejarse, despacio, me da la sensación de que el tren la ha perdido a ella, no ella a nosotros.

    *

    Mahler, en una carta a Max Marschalk, decía que si él hubiese podido dar cuenta de una experiencia interior mediante palabras, no la habría escrito en música. Yo pienso en mí y me digo: si mediante palabras pudiese dar cuenta de una experiencia interior, no escribiría.

    *

    Había un compositor que amaba los cantos de los pájaros. Cuando iba por el campo tomaba nota y después los metía en sus obras. Se llamaba Olivier Messiaen, y yo lo he sabido sin salir de casa. El mundo está lleno de prodigios.

    *

    A veces parece como si la vida diese a un patio interior.

    *

    El mes pasado me quedé junto al mar, mirando. Esperando a que algo se dijese sobre el valor esencial del mundo. Qué sitio es este, donde suceden espantos y maravillas; si es bueno, o malo o qué. Y no una frase que alguien diga, voluntariosa, sentimental, enfática; no, me refiero a un veredicto que se saque del mundo, como si lo afirmase él de sí, por así decirlo, igual que afirma su peso o su medida.

    Ahí está el mundo, real hasta la saturación, quieto como una piedra en la tarde. No se oye nada, no se dice nada.

    *

    Quizá el trabajo del arte es darle habitación al silencio.

     

  • Fin de año

    Al final de la playa hay un espigón que construyeron hace años, antes de que yo naciera. El espigón acaba en unos escalones que se pierden bajo el agua. Ahí me he sentado, al atardecer. La mar está un poco picada, las olas oscuras; sopla un viento acre. La luz es acero y malva. Por estas fechas cae pronto la noche.

    Contemplo el mar, las nubes y el cielo con la atención puesta en otra cosa; por debajo, mis pensamientos van y vienen, se arremolinan y se rompen. Intentan tomar una decisión sobre el mundo.

    Falta muy poco para que termine el año. El negro mar de invierno infunde miedo. A esta hora, esta ciudad, más allá de la playa a mis espaldas, está llena de personas con sus circunstancias y sus tareas. Asciende el vapor de las cacerolas, arriban trenes que vuelven a casa, las madres desenredan el pelo de sus hijas, los amantes se citan para después de la fiesta, los cristales de las ventanas se empañan. Alguien solo pasea a su perro por un descampado. Explotan petardos. Me contaba una amiga que cada vez que visita a su madre y ve su cara de reconocimiento, respira con alivio. También puedo hablar de una mujer que está en el hospital, un hombre joven sin esposa, y otra gente rota y dolida.

    Los pensamientos van de una cosa a otra. Es como si mi punto de vista se fuese elevando poco a poco por encima de la bahía entera, los nubarrones, el cuenco de luces que forma la ciudad, las cabezas atareadas de las personas allá abajo. Me doy cuenta de que, inconscientemente, trato de hacerle un veredicto al mundo. A lo lejos, sobre el cielo crepuscular, una estrella azulina brilla igual que la lucecita de Navidad que cuelga sobre la carretera.