Categoría: Central

  • Arte

    Lo fotografió todo, cada cosa. Por último, volvió la cámara lentamente hacia sí mismo y disparó.

  • No sé

    Me doy cuenta de que muchos de los posts que he escrito en esta página están tejidos alrededor de alguna clase de pregunta, visible o implícita, que es lo que ocupa el lugar del centro. Veo también que no se trata de una disposición retórica, sino que, de verdad, escribo así porque es lo que me queda, después de haber ido perdiendo mis afirmaciones.

    Escribo narrando mis preguntas. Si se me permite volver a usar esta metáfora, diría que he desarmado el mecanismo de la máquina y cada vez que escribo es como si señalase con un gesto de la mano las piezas colocadas encima de un trapo blanco, para considerar la peculiaridad de una forma, o como si propusiese encajar unas cuantas que componen un grupo. Después de tanto tiempo aquí sentado en el mundo, no tengo ni puta idea de nada, por decirlo con menos literatura.

    Entretanto escucho a Bach como si respirara o buceara. Eso nunca me había pasado antes. Me gusta Bach, claro, pero no soy —o no era— de esa clase de gente, y de ahí que tampoco pueda decir por qué lo hago. A veces el sonido es tan bello que parece que te sacudiese con suavidad tomándote de un brazo, o que topase insistentemente su cabeza contra tu hombro, yendo y viniendo, como un gato.

    Así que escribo, entretanto, con preguntas. Porque si algo creo estar empezando a aprender —y esto sí se parece a una aserción, ahora que lo pienso— es que la escritura va en primer lugar, y después el texto. Uno pone las letras, primero, y entonces el texto aparece razonablemente sobre la página. Uno no aguarda al qué, porque el qué no llega hasta que se escribe. Es como si, para acertar con el rostro exacto que tendrá tu hijo, esperases a que un día llamara a tu puerta.

    A algunas personas como yo, muy pensativas, alcanzar estas pequeñas conclusiones nos cuesta un triunfo. Pero me repito; así empezó todo, hace un año, al principio de los tiempos:
    https://avellana.neunoi.com/2003/06/principio.html

    O, si se prefiere, haciendo arqueología:
    http://web.archive.org/web/20030714173608/https://avellana.neunoi.com

  • «Había en ese patio

    un hombre muy viejo: me saludó, pero yo me apercibí demasiado tarde. La música recomenzó y yo me decía: «Con tal que vuelva a mirarme!». Era un peregrino, no era de aquí. Me pareció que me tenía simpatía. Se acabó la música. Yo estaba como en éxtasis. El hombre se dio vuelta, me dirigió una mirada y salió. En su mirada había algo especial para mí. Todavía no sé qué quiso decirme. Algo importante, esencial. Nos miró a a mí y a mi destino, con una especie de consentimiento y de regocijo, pero con un dejo de compasión, casi de piedad, y se fue, y todavía me pregunto lo que todo eso quiere decir».

    Henri Michaux, Un bárbaro en Asia (Orbis). Traducción de Jorge Luis Borges.

  • Deconstructing Harry

    Harry, el personaje de Woody Allen, discute de religión con su hermana, una devota judía. Ella explota:

    —¡Tú no tienes valores! Toda tu vida es nihilismo, cinismo, sarcasmo y orgasmo. Harry, que está mirando por la ventana de espaldas a la cámara, gira la cabeza y responde:

    —¿Sabes? En Francia, con ese eslogan podría presentarme a las elecciones y ganar.

     

    [Deconstructing Harry, 1997. Guión y dirección de Woody Allen.]

  • «Autobiografía

    Como el naufrago metódico que contase las olas
    que faltan para morir,
    y las contase, y las volviese a contar, para evitar
    errores, hasta la última,
    hasta aquella que tiene la estatura de un niño
    y le besa y le cubre la frente,
    así he vivido yo con una vaga prudencia de
    caballo de cartón en el baño,
    sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
    sino en las cosas que yo más quería.

     

    Luis Rosales, Rimas.

     

    [Más sobre el poema: http://www.poesia-inter.net/lr510010.htm.
    Y más poemas de Rosales: http://www.poesia-inter.net/indexlr.htm. Una estupenda página, dicho sea de paso.]

  • El destino en Milagán

    El río Aynn desemboca en el mar a través de las tierras llanas de Yakipur, lo que hace que la corriente, ancha y lenta, se divida en multitud de brazos que acaban formando el delta del Aynn. En este laberinto de agua se encuentra la ciudad de Milagán, que tiene el último embarcadero del río, aunque en él solo atracan lanchas, barcas y chalanas grandes de fondo plano.

    Milagán es una antigua ciudad de casas de madera. Del mismo muelle sale una calle que la cruza por la mitad hasta el barrio que llaman de los Curtidores, una nervadura de callejas cada vez más estrechas ocupadas sobre todo por algunos talleres, pequeños comercios y prostitutas. En uno de esos callejones atiende la señora Mandelbrot, la adivina, echadora de cartas y quiromántica, al final de una escalera tortuosa a la que se llega después de doblar el último recodo de una serie de pasillos que se apilan y bifurcan en medio de crujidos de vigas y solados polvorientos.

    La señora Mandelbrot recibe al viajero de frente, sentada a solas en el centro de una habitación; le toma la mano con delicadeza y se inclina sobre ella para seguir con la vista sobre la maraña de las líneas de la palma el itinerario que lo ha traído hasta aquí, y entonces le relata un destino fantasioso solo por darle gusto, porque lo que ella ha visto en lo hondo del cerebro del viajero es una explosión de flores lógicas que se ramifican y se abren por delante de él según la forma de un fractal eterno.

  • Enero

    Solo en su alcorque
    —sueño de flores—
    calla el ciruelo.

  • Conocimiento

    El guarda jurado de mi empresa soñó anoche con que una mujer de verde se inclinaba sobre su cuerpo tumbado en la hierba y le besaba entre los ojos. Luego, esta tarde, mientras hacía la ronda por el patio de atrás, ha descubierto un nido con tres huevecillos diminutos de color pardusco, en la horquilla de una de las ramas bajas de un castaño. Está dudando sobre si contármelo o no. En la oficina yo soy casi siempre el último en salir. Suelo sentarme a la mesa del guardia para firmar la hoja de la ficha, y a veces me entretengo unos momentos charlando con él. Es un buen lector, y así mata todo ese tiempo del que dispone. Le ha asaltado de repente la necesidad de compartir sus experiencias de hoy, aunque él intuye que se trata de algo muy íntimo. Mientras relleno los datos de mi ficha evito todo el rato mirarle a los ojos, porque no sé qué le diría si se animara a hablarme. Sé lo que significan esas dos imágenes con las que hoy se ha cruzado, y también sé adónde lo llevan; pero me resulta imposible imaginar qué puede seguirse si intervengo yo y le informo. Según le diga yo, él hará una cosa u otra, y a partir de ahí el futuro se ramifica infinitesimalmente hasta desvanecerse.

    Si me incluyo en el paisaje, de pronto ya no veo. Casi siempre es así. Si no me incluyo, de qué sirve decir nada.

    Salgo a la calle y me quedo parado bajo la cornisa del edificio. Está lloviendo y ya es de noche. A veces, este don se me hace tan pesado. Incluso aquí, en este lugar perdido adonde he venido a parar y en donde nadie se mira. Quizá ha llegado la hora de recoger otra vez mis cosas y volver a marcharme. Lo que no sé es adónde.

  • Noviembre

    El sábado
    se ha quedado desnudo el ciruelo.
    En una noche.

  • La cuestión

    ¿Se diferencian los ateos unos de otros según el dios en que descrean?