Categoría: Citas

  • Canción del deshojamiento de las palabras

    Las palabras tienen
    sombra de verano,
    fuera de la sombra
    se van deshojando;

     

    Luis Rosales, Canciones.

    De Antología poética, Ediciones Rialf, p. 170.

  • Días de primavera en la isla

    En primavera, las carreteras de la isla se cubren de flores blancas, amarillas, granate purpúreo, entre la avena silvestre, la hierba y las espigas. Los árboles se espesan. El agua fría es tan clara —aguamarina— que el buceador siente la transparencia como una altura, el fondo allá muy lejos.

    *

    En un momento de especial felicidad, al sol de mayo, creí notar que me movía hacia adelante junto con el mundo, como el que camina dentro de un barco.

    *

    Callan los ruidos y el silencio es Schubert.

    *

    Antes de ir a la isla, una mañana luminosa, me dormí en el sofá. Soñé que llevaba unos días en una casa desconocida. De pronto caí en la cuenta de que en esos días aún no había visto ni a mi abuela ni a mi padre. No sabía dónde estaban. Pensé que quizá mi padre podría no haber venido a dormir a casa varias noches, pero ¿y mi abuela?

    Me desperté —era casi mediodía— y por supuesto que supe dónde estaban.

    O no. En verdad, no puedo escribir que sepa dónde están. Diré mejor que uno se habitúa con naturalidad a no saberlo.

    *

    Esta cita, de un libro que no he leído:

    Hay algo llamado la vida verdadera que no puedo describir y que quizá varíe según uno lo vea desde diferentes ángulos y en diferentes momentos. En un momento dado es un viaje; en otro, cierta mujer; en otro, una casa en alguna parte con unas vistas que venerarás hasta que mueras. Es una vida apartada del dinero y al margen de la ambición; una vida vivida de una manera u otra para la belleza. No dura indefinidamente; pero no por ello los que sobreviven son más pobres.

    *

    En la isla hay un lugar terroso y ocre que parece de otro mundo. Allí cogí como símbolo una piedra minúscula del camino, negra y pulida. Ahora está en mi mesa, irradiando días en la isla y primavera, semejante a un isótopo que decaerá según viva: y un día será solo una piedra. Pero todavía no, aún, mientras escribo.

     

     

    [La cita original es esta:
    https://twitter.com/mtscano/status/944964009048109057
    Es de James Salter, de ‘Once and Future Queen’, en Don't Save Anything, p. 251:
    https://www.amazon.es/Dont-Save-Anything-Uncollected-
    Articles/dp/1640091114/ref=asap_bc?ie=UTF8
    ]

  • Pensamientos

    Las veo desde donde escribo. Blanca la flor y blanca la nube. Contra el cielo azul de marzo, lavado con la nieve de ayer mismo y puesto al sol.

    *

    Me ha llevado muchos años comprender que es correcto querer a alguien que está equivocado.

    *

    Un milagro es el reflejo en este mundo de algo que solo puede ocurrir en otro. A la manera del teseracto.

    *

    Los resultados de la literatura, en efecto, son modestos; pero a su favor se puede decir que la literatura es la más grande obra de creación que pueda completar una persona sola.

    *

    Lo que construye una representación del mundo —el lenguaje— no son las palabras, sino la gramática. Todo el mundo lo olvida.

    *

    No es menos falsa una mentira porque se diga en el idioma de la verdad. Un error es un error; el material con que esté fabricado no lo hace más cierto.

    *

    El modo correcto del escepticismo es sustituir ilusiones por conocimientos. Disipar una ilusion no es conocer. Sustituir una ilusión por una desilusión —necesario como es— solo deja satisfecha a una personalidad estúpida.

    *

    Un pensamiento debe merecerse su lugar en un ensayo. Pero no en la vida. Yo pienso como un hombre, no como un ensayista. Un pensamiento es una experiencia: un pensamiento me deja intrigado, absorto, despierto; es algo que me ha pasado hoy. Por eso es importante, aunque si lo llevo al comercio de las ideas no valga nada.

     

    Esta noción podría ampliarse. Cantar como un hombre, bailar como un hombre, contemplar como un hombre los atardeceres, escribir, visitar templos, pintar, navegar, mirar el cielo, hacer poemas, prender un fuego, despedirse: como un hombre, y no como un cantante, un campeón, un pintor, un premio Nóbel, un rey, un escritor, una estatua en un parque.

     

    Como si fuese poco ser un hombre y estar vivo. Como si se pudiese nacer bien, engendrar bien, ver bien la última luz. Como si por suspirar tan bien te dedicasen una página en el Babelia.

    *

    Un día de invierno me encontré estos versos por internet. Aún sirven, al principio de esta primavera:

    Me asomé a la ventana y en lugar de jardín, hallé la noche enteramente constelada de nieve.

    (José Emilio Pacheco, «Noche y nieve», en Islas a la deriva).

     

  • Invierno

    Este muro está tibio; le ha dado el sol durante todo el día. Una isla de tibieza en un mundo de invierno.

    Las piedras entibiadas por el sol. El pan del sábado por la mañana. La sien de una persona, cuando la tocas con los labios. El hueco del gato sobre la manta. La madera de un embarcadero cuando la pisas descalzo.

    *

    Alunado: (adj.) Dicho de un animal: supuestamente enfermo por haber estado expuesto a la luz de la luna (DLE).

    *

    Una estrella: la roja Antares.

    *

    Es sábado, una vivísima mañana gris de invierno. Mi dormitorio se llena de luz lechosa, resplandeciente, de un blanco puro sin sombras. El agradecimiento brota semejante al agua, sin ninguna razón, sin dirigirse a nadie, como un canturreo. Agradezco lo que tengo.

    *

    Por medio de esta mujer se pueden soñar los sueños de otros. Una noche sueña un paisaje de lomas verdes salpicadas de bosquecillos; o su sueño es un barrio enrevesado con casas de muchas puertas; su sueño es una plaza bulliciosa de muros rojos; su sueño es una biblioteca de estancias altas y cristaleras aéreas; su sueño es un trasatlántico de rumbo despacioso, y así noche y noche. Cuando la soñadora se duerme, cualquiera que duerma puede ir a su sueño y cruzar a través de él hasta el sueño de otro. Ella los conecta.

    La soñadora no lo sabe. Se despierta confusa, cansada pero satisfecha, con una borrosa sensación de larga vida y variadas maravillas.

    *

    El primer mes del año es muy importante. El mundo está cerrado en su cáscara seca. Fuera corre un viento amargo; hace frío. Pero un día se apartan las nubes —con un hueco basta— y se abre el azul. Un sol limpio y sin color cae sobre la nieve y sobre las gotas, las adulza, se derriten suavemente, se infiltran en la tierra con blandura hasta que la cáscara reseca se empapa y se conmueve y en el mundo nace el comienzo de una duda, una lejana luz, la posibilidad de una vida nueva o una esperanza; rizomas verdes que al principio son diminutos pero que debajo en la oscura tierra crecen y crecen y se fortalecen sin pausa hasta que un día los veamos emerger como una sorpresa, pues lo que va a ocurrir en mayo empieza ahora. Y las personas atentas y con una sensibilidad especial notan cierto día de enero ese levísimo cambio de gravedad, el giro en el corazón del mundo. El primer mes del año es tan importante por eso.

  • Noviembre

    En la cama, a oscuras, me vino al pensamiento una idea que había anotado aquella tarde. Luego me adormecí. Según bajaba al sueño, desdibujadamente, comprendí que mi idea era otro hecho más del día, igual que la señora que dejaba pasar los trenes en el andén del metro, el gato gris en la ventana de un entresuelo, la primera luz que asomó por el este. Como si el día hubiese sido un poema hecho de hechos y mi texto uno de sus versos.

    *

    Lago del Verano, lago del Otoño, lago de la Bondad, del Dolor, de la Excelencia; lago de la Felicidad, del Gozo, del Invierno; lago de la Blandura, de la Lujuria, de la Muerte, del Olvido, del Odio, de la Perseverancia, de la Soledad, de los Sueños; lago de la Esperanza, del Tiempo, del Miedo, de la Primavera. Estos son los lagos de la Luna.

    *

    Se puede pensar el mundo, por supuesto, pero ese pensar es otra pieza del mundo. Al mismo nivel de los objetos del mundo. No está por encima del mundo.

    *

    Hechos del mes de noviembre: el arcoíris sobre la isla de Mouro, en la bocana de la bahía gris de Santander. Una mujer embellecida por la esperanza. Las siete hierbas del otoño en Japón: el trébol en arbusto, el susuki, el arruruz, el clavel salvaje, la patrinia, el cáñamo y la campanilla china. Aldebarán.

    Mi madre en su sofá, al alcance del teléfono, tapada con una manta, viendo llover.

    Esta admisión: que la realidad no me necesita.

    *

    Un pensamiento, una mentira, una cita, un sueño, un recuerdo, una enumeración, una estrella.

    *

    Cada estación tiene sus pensamientos. En septiembre yo suelo soñar con las islas, por ejemplo. Noviembre es para el futuro, como diciembre será del recuerdo.

    *

    Un hombre en Cornualles disfruta del superpoder de la bilocación, esto es, encontrarse en dos sitios a la vez; solo que el segundo sitio es siempre un mismo punto 100 millas al noreste de Estaca de Bares, en medio del Cantábrico. Esta inconveniencia le hace descender hasta el nivel ciento treinta y cinco en la clasificación de superpoderes del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos.

    (Los niveles inferiores de esa clasificación abundan en curiosidades: hay quien adivina a ciegas los premios de sorteos de lotería que ya se han celebrado, o quien tiene el superpoder de ponerles nombres adecuados a los niños, enamorar a los gatos, entender poemas en lenguas extrañas, cantar, reconocer rostros entre la niebla, conservar la paciencia).

    *

    «… los altos y soberbios volúmenes que formaban en un ángulo de la sala una penumbra de oro no eran (como su vanidad soñó) un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo». Borges, en «Una rosa amarilla», en El Hacedor. Treinta años he llevado esta cita en algún bolsillo de la memoria, y empiezo a entenderla ahora.

    *

  • Largo y ajeno

    «Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra». Como es notorio, lo dijo Borges en el epílogo de El Hacedor. Estos meses pasados, nada mejor me ha ocurrido que algunas palabras que he acertado a leer; sin embargo, culpablemente, en este blog no han dejado rastro. Voy a ver si le pongo un poco de remedio con un post muy, muy largo, y entero de otros.

    Marco Aurelio (las cursivas son mías)

    Algunas cosas se apresuran a llegar a ser, otras se apresuran a haber sido; de lo que llega a ser, parte ya se ha disipado. Flujos y mudanzas renuevan perpetuamente el mundo, lo mismo que el continuo deslizamiento del tiempo hace siempre nueva la inmensa eternidad. Así pues, en esta corriente de cosas que se escapan, ¿cuál tener en alto precio? Como si alguien empezara a enamorarse de alguno de los gorrioncillos que pasan volando, cuando ya ha desaparecido de la vista.

    Y yo lo sé, señor, lo sé, pero cómo darle la razón, qué quiere que le diga. Póngame otro ejemplo peor; uno sin pájaros fugaces, sin la fascinación por la belleza pasajera del mundo.

    No me puedo creer que Dios no sea un arquitecto

    Lo que me ha pasado a mí con el gorrión de Marco Aurelio me recuerda otra cosa que no he leído sino oído. Durante un reportaje en la tele sobre una reunión de skaters, un norteamericano con pinta de tronado le dice a la cámara: «Todavía no me puedo creer que los arquitectos y esa gente no sean skaters. ¡Hay tantos sitios que patinar!».
    Ése es el espíritu del que ha nacido para disfrutar del mundo, pese a quien pese.

    L. Wittgenstein, maravillosamente, citado en su biografía

    «El filósofo no es un ciudadano de ninguna comunidad de ideas».

    «Si un león pudiese hablar, no le comprenderíamos».

    Y más Wittgenstein, en las Observaciones a La Rama Dorada de Frazier

    «En la curación mágica de una enfermedad, se le hacen indicaciones para que abandone al paciente.
    Tras la descripción de una curación mágica se podría decir: “si la enfermedad no estiende esto, no sé cómo se lo debería decir”».

    Preferiría el adulterio

    Hablando de filosofía. Como tantas veces, no puedo colocar la cita en su sitio. Lo siento. La cuenta en algún lugar de sus libros W. K. C. Guthrie, el historiador de la filosofía.

    Llega un profesor nuevo a un college en Cambridge y se organiza una pequeña recepción para darle la bienvenida. Se sirve una copa de vino, y cuando le ofrecen al recién llegado, éste, haciendo aspavientos mojigatos, lo rechaza horrorizado: «¡Antes preferiría el adulterio!». Una autoridad del college le responde: «Amigo mío, todos lo preferiríamos».

    Tácito y las pateras, o la perspectiva que nos dan los clásicos

    A finales del primer siglo de nuestra era, este romano escribía: «… aparte del peligro de un mar temible y desconocido, ¿quién va a dejar Asia, África o Italia para marchar a Germania, con un terreno difícil, un clima duro, triste de habitar y contemplar si no es su patria?».

    Más Unamuno

    El doce de noviembre pasado traje una cita de Unamuno, pero sólo aquella frase que tenía relación con mi propósito. Lo cual es una lástima, porque hubiera sido mejor copiar el párrafo entero, si no el libro:

    «En una palabra: que con razón, sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella».

    El ornitorrinco

    Por cierto, en el prólogo de El sentimiento trágico de la vida hay otra cita que a mí me ha dado siempre muchísima risa. Cuenta Fernando Savater: «Por este libro vaga lanzando clamores el yo de Unamuno, desatado, como un ornitorrinco, según  la malignamente certera expresión de Ortega».

    ***

    [Las Meditaciones de Marco Aurelio: Libro VI, 15. El texto latino:
    http://www.slu.edu/colleges/AS/languages/classical/
    latin/tchmat/pedagogy/latinitas/ma/ma6.htm

    La versión española la he hecho yo para que se conformase más con mi gusto, pero me he ayudado de esta traducción al inglés:
    http://www.bartleby.com/2/3/6.html
    y de la de Ramón Bach Pellicer en Gredos].

    [Ludwig Wittgenstein, la biografía de Ray Monk, en Anagrama. La traducción es de Damián Alou.]

    [Las Observaciones a La Rama Dorada de Frazer, en Tecnos. La traducción es de Javier Sádaba.]

    [La anécdota de Guthrie igual está en la Historia de la filosofía griega, en Gredos, pero entera cuesta un dineral, y aunque la tengas, a ver cómo encuentras la cita. Si a pesar de todo alguien lo consigue, agradecería que me mandase una versión menos fantasiosa que la mía.]

    [Germania, de Tácito, en Gredos. La traducción es de J. M. Requejo.]

    [El sentimiento trágico de la vida, de Unamuno, en Alianza. La cita, al final del capítulo 6.]

  • Formas

    Hace tres años y medio comencé este cuaderno —casi— con una cita sacada de Mira por dónde, la autobiografía de Fernando Savater, que me estaba leyendo por aquellos días. Hace poco he vuelto a ver el libro y he notado que entonces dejé una señal amarilla en la página 388. Enseguida he sabido por qué: porque el tema de la inteligibilidad y la forma, el tema del hombre compelido a identificar formas —resulta fácil encontrarlo por todo el blog— es una de mis manías preferidas.
    Savater ha terminado ya la narración de su vida y se deja un epílogo para pensar sobre el resultado. Dice:

    «He padecido constantemente mi vida (lo que implica sufrimiento y deleite), pero rara vez he creído poder decir que la protagonizaba. Es decir, que elegía racionalmente su rumbo. No me resigno a esa evidencia. A lo largo de los capítulos (o fragmentos más o menos articulados) precedentes, el principal criterio para seleccionar lo que se decía y se callaba ha sido intentar contar cuanto podía sustentar una cierta forma en la narración. Para mí, la forma es ante todo coherencia inteligible, no nitidez estética. (…) Busco una forma racional en el centón de episodios vitales que relato y en los miles que recuerdo, como Hamlet se empeña en identificar camellos en el capricho de las nubes que se aglomeran y pasan».

    Ése era el motivo. Pero, aparte, lo que me gusta de este capítulo —el hilo conductor del libro, que no hemos visto hasta ahora— es el contemplación de un hombre en el verdadero trance de pensar sobre lo que más le importa, escribiendo para saber. No un hombre que escribe para construir la figura de su vida y colocársela al lector, sino la pasión de un hombre que escribe —que piensa— para indagarla.
    El que abre un libro así se arriesga a leerlo otra vez entero. Savater sigue hablando de su vida, de la forma de su vida, y a partir de aquí ya no tengo otro motivo que el placer de la lectura, que es como quien oye narrar junto a un fuego:

    «Sólo una clave podría aventurar para descifrar el misterio, pero que es tan fundamentalmente enigmática como él: la presencia gloriosa, abrumadora a veces, de la alegría. Es el tono básico, el color esencial que barniza mi vida desde donde alcanzo con la memoria. Apenas vislumbro lo que la origina y poquísimo sé de cómo retenerla. Según creo, no proviene de la ceguera ante los obvios males de este mundo, sino de la íntima convicción de que constituye un alto e imprevisto don el estar personalmente in situ para deplorarlos y combatirlos. Santayana lo formuló en el primer tomo de sus memorias de un modo inmejorable: «Si el destino no fuera radicalmente amable, no habríamos existido para quejarnos de que sea en parte tan cruel». Me alegro de estar y de haber estado, seguiré estando… ¿mientras la alegría dure? Aquí ya vacilo. Aún disfruto con los libros y los amores, con las carreras de caballos y las refriegas políticas, pero la dicha que persiste se me va haciendo más estrecha y lejana, como el sol vislumbrado desde un pozo cada vez más hondo… Tous mes jours sont des adieux. Busco empecinadamente lo que tuve y nada me contenta de lo que se me ofrece, sobre todo si exige cierta ceremonia social. Me sobresaltó hasta la incomodidad saber que un grupo de amigos pretendían incorporarme a la Real Academia (lo cual hubiera sido tan injusto para esa institución como para mí) y los premios literarios, cuya recompensa económica en modo alguno desdeño, me atraerían más si el cheque llegase por correo, sin ningún tipo de besamanos. Con los años aumenta el orgullo y por tanto disminuye la vanidad: uno se da cuenta de la dosis de humillación benévola que implica recibir honores públicos, no digamos ya buscarlos. En cualquer homenaje siempre me siento como un rehén. Los auténticos beneficios que todavía anhelo sólo me los podrían conceder en privado algunas personas jóvenes que de hecho me rehúyen, no venerables colegas en docta asamblea.
    En resumen: noto como si aumentase la insipidez y tuviese cada vez mayor dificultad en saborear lo que siempre me ha parecido sabroso. Para nuevas delicias, tengo poco paladar. Y eso me asusta, me asusta de veras. Empiezo a darme cuenta de que acabaré triste, como cualquier imbécil. Pero os juro que hubo una alegría dentro de mí, incesante, una alegría que lo encendía todo con chisporroteo de bengalas festivas precariamente instaladas en las oquedades de la gran calavera… Unas cuantas todavía alumbran mi entorno. No sé hasta cuándo. Preferiría apagarme yo antes de que se extinguieran del todo.

    Un largo párrafo más allá se termina el libro, muy hermosamente, y de la manera más savateriana. Aunque sería muy feo que yo fuese a chafar el final de esta historia.

  • Una pausa

    Tiro a la basura papeles y libros. Son cosas que me han acompañado durante mucho tiempo.

    Me siento a tomar un café y me los quedo mirando, esparcidos por el suelo. Se me viene a la cabeza aquel verso de Tolkien: «¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo».

    [«And whither then? I cannot say». http://www.cs.rice.edu/~ssiyer/minstrels/poems/4.html:

     

    The Road goes ever on and on
    Down from the door where it began.
    Now far ahead the Road has gone,
    And I must follow, if I can,
    Pursuing it with eager feet,
    Until it joins some larger way
    Where many paths and errands meet.
    And whither then? I cannot say.

    El camino sigue y sigue
    desde la puerta.
    El camino ha ido muy lejos,
    y si es posible he de seguirlo
    recorriéndolo con pie decidido
    hasta llegar a un camino más ancho
    donde se encuentran senderos y cursos.
    ¿Y de ahí adónde iré? No podría decirlo.

     

    La traducción al español es de Luis Domènech. Como dice el autor de la página de donde lo he copiado, «while Tolkien needs no introduction, I feel that his poetry deserves a wider audience than Middle Earth fan(atic)s» («aunque Tolkien no necesita presentación, siento que su poesía se merece una audiencia más amplia que la de los fan<ático>s de la Tierra Media»). Absolutamente de acuerdo.]

  • Azúa

    Ya he dicho unas cuantas veces que me gusta Félix de Azúa: una de las páginas más visitada de este blog es donde hablaba yo de su Diccionario de las artes, por cierto. El año pasado estuve un tiempo fuera, así que tardé meses en enterarme de que Azúa había puesto un blog. Después, muchas mañanas he pensado en traerlo aquí, pero por una u otra cosa, el caso es que al final —mis legendarios reflejos— el otro día lo ha cerrado, no sé si hasta agosto, como dice, o para siempre.

    Hay muchas cosas que me gustan de Azúa: su inteligencia, su ingenio, la variedad de curiosidad, su cultura sorprendente —por lo que a mí respecta, de un tamaño descorazonador—, y así; sin embargo, quizá lo que más le aprecio es esa cosa tan rara entre los españoles, el sentido del humor. Y su libertad de pensamiento.

    El blog de Azúa me alegraba las mañanas. Unos días mejor, otros peor, otros perfecto. A mí me han impresionado mucho, por poner un ejemplo, sus retratos de escritores: «El invicto», o un «Un poco de esperanza». Pero si debo quedarme con uno que cifre lo que yo sacaba en limpio cada mañana —muy tempranito, a eso de las diez—, escojo este, escrito a medias entre Azúa y Steiner: «Sobre la inconveniencia de pensar». Vale la pena leerlo y guardarlo.

    Su último post se titula «No es un adiós», pero para mí tiene todo el aire de serlo. Espero equivocarme.

  • Comprensión y redención

    Este es un poema que quiero mucho. Ya no es moderno, cierto, de modo que hay que leerlo como escrito en la primavera de 1916, que es su fecha. Sin embargo, lo esencial de su virtud poética —la mirada— sigue intacta. Y si no fuese en prosa, traería uno de los mejores versos que he leído en castellano: parece que va soñando con llevarla bien. Es de Juan Ramón Jiménez.

    New York, 4 de abril

    la negra y la rosa

    (A Pedro Henríquez Ureña)

    La negra va dormida, con una rosa blanca en la mano —La rosa y el sueño apartan, una superposición májica, todo el triste atavío de la muchacha: las medias rosas caladas, la blusa verde y transparente, el sombrero de paja de oro con amapolas moradas. —Indefensa con el sueño, se sonríe, la rosa blanca en la mano negra.

    ¡Cómo la lleva! Parece que va soñando con llevarla bien. Inconciente, la cuida —con la seguridad de una sonámbula— y es su delicadeza como si esta mañana la hubiera dado ella a luz, como si ella se sintiera, en sueños, madre del alma de una rosa blanca. —A veces, se le rinde sobre el pecho, o sobre un hombro, la pobre cabeza de humo rizado, que irisa el sol cual si fuese de oro, pero la mano en que tiene la rosa mantiene su honor, abanderada de la primavera—.

    Una realidad invisible anda por todo el subterráneo, cuyo estrepitoso negror rechinante, sucio y cálido, apenas se siente. Todos han dejado sus periódicos, sus gomas y sus gritos; están absortos como en una pesadilla de cansancio y de tristeza, en esta rosa blanca que la negra esalta y que es como la conciencia del subterráneo. Y la rosa emana, en el silencio atento, una delicada esencia y eleva como una bella presencia inmaterial que se va adueñando de todo, hasta que el hierro, el carbón, los periódicos, todo, huele un punto a rosa blanca, a primavera mejor, a eternidad…

    (De Diario de un poeta recién casado)