Categoría: Citas

  • Noticias

    Hace mucho, mucho tiempo, antes de Internet, yo solía recortar los periódicos. Como a casi todos, me atraían las noticias absurdas o siniestras («Hallado el cadáver de un buzo sin cabeza en aguas de Murcia»; «El hombre que intentó matar a su mujer disfrazado de Hitler, condenado a 17 años»; «Boris Zolotov, en una de sus sesiones de orgasmo telepático en grupo»). Pero sobre todo me gustaba quedarme cierta clase de noticias que tenían dentro un sabor extraño. Era la época en que yo escribía relatos breves, y estas noticias estaban escogidas con el mismo criterio que el tema de un cuento corto. A veces era una sola imagen (un obrero muerto en el parqué de la Bolsa, Amparitxu abrazada al busto de su marido); otras veces un punto de vista que organizaba toda una historia en una disposición punzante.

    Estos días he tenido que hurgar en la caja donde conservo alguno de aquellos recortes. Ciertas noticias continúan teniendo algo dentro. Van dos, un poco al azar:

    En Polonia, en 1994, unos policías se encuentran en la estación de trenes de Varsovia al embajador del Zaire, rodeado de vagabundos. Blancos, me imagino. Unos ladrones le han pegado y robado. El hombre lleva una semana viviendo en la estación porque ya no le queda nada por vender. Un día, su gobierno se desentendió de él. Dejó de mandarle dinero, aunque no le ha retirado sus cartas credenciales. La diplomacia polaca le ofrece un pequeño apartamento; va a comer gratis a las recepciones del cuerpo diplomático. El embajador del Zaire lleva dos años cuesta abajo.

    Dos policías municipales se encuentran a una mujer a punto de dar a luz sentada en el bordillo de la acera, tomando café en un vaso de plástico. Estamos en La Coruña; ella tiene 32 años. Los ha llamado una vecina que se ha pasado toda la tarde oyendo sus gritos de dolor. Parece que la embarazada no está muy bien de la cabeza. Había bajado al bar a tomarse un café pero el encargado le hizo salir a beberlo a la calle, porque, como siempre, olía muy mal.

    Los policías intentan llevársela al hospital pero la mujer no quiere; dice que no está embarazada. Ellos y su vecina insisten en convencerla; en medio de la discusión la mujer acaba dando a luz en la calle. Grita que ella no está embarazada.

    La llevan al hospital. Allí, por un momento, se vuelve lúcida. Ve un rostro conocido. Le dice a uno de los médicos: «Yo a ti te conozco». Habían sido novios.

    Los policías intentan llevársela al hospital pero la mujer no quiere; dice que no está embarazada. Ellos y su vecina insisten en convencerla; en medio de la discusión la mujer acaba dando a luz en la calle. Grita que ella no está embarazada.
    La llevan al hospital. Allí, por un momento, se vuelve lúcida. Ve un rostro conocido. Le dice a uno de los médicos: «Yo a ti te conozco». Habían sido novios.
    La noticia no cuenta qué había en la cabeza del médico aquella noche, mientras cerraba los ojos antes de dormirse en su cama. Tampoco lo que había dentro de la cabeza de su antigua novia.

  • Dioses

    «… recordando una aguda observación del erudito alemán Wilamowitz, según la cual theos, la palabra griega que tenemos presente cuando hablamos del dios de Platón, tiene primordialmente un valor predicativo. Es decir, que los griegos no afirmaban primero, como hacen los cristianos o los judíos, la existencia de Dios, y procedían después a enumerar sus atributos, diciendo «Dios es bueno», «Dios es amor», y así sucesivamente. Más bien se sentían impresionados o atemorizados por las cosas de la vida y de la naturaleza notables por su capacidad para producir placer o miedo, y decían: “Esto es un dios”, o “aquello es un dios”. Los cristianos dicen: “Dios es amor”; y los griegos: “El amor es theos”, o sea, “es un dios”. Como lo ha explicado otro escritor:

    Al decir que el amor, o la victoria, es dios, o para ser más exacto, un dios, querían decir primero y ante todo que son cosas más que humanas, no sujetas a la muerte, eternas… Todo poder, toda fuerza que vemos actuar en el mundo, que no nace con nosotros y que perdurará después de que nosotros hayamos muerto podía ser llamada un dios, y la mayor parte lo fueron».

    [W. K. C. Guthrie, Los filósofos griegos (Fondo de Cultura Económica). Traducción de Florentino M. Torner.]

  • Auschwitz

    Hoy me he pasado el día leyendo y viendo imágenes del aniversario de la liberación de Auschwitz. Luego, por la noche, no he podido escribir; cualquier idea me parecía nada. Tampoco podía escribir sobre ello, naturalmente. Hoy me correspondía escuchar a aquellas personas que sí tenían algo que decirnos, o atender a quienes lo han dejado dicho. Escuchar en silencio. Escuchar con toda voluntad, con atención absoluta, con triste amor, con toda el alma.

     

    [http://www.google.es/search?hl=es&q=Auschwitz
    http://images.google.es/images?q=Auschwitz]

  • Tamara, de Calvino

    Este librito, Las ciudades invisibles, no me canso de recomendarlo. A veces pienso que en vez de un libro es una ciudad con nombre de mujer en una de cuyas calles hay una puerta por la que he entrado a esta habitación en la que escribo, sin salir nunca del libro.

    Las ciudades y los signos. 1

    El hombre camina días entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una veta de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo e intercambiable; árboles y piedras son solamente lo que son.

    Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza la verdulería. Estatuas y escudos representan leones delfines torres estrellas: signo de que algo —quién sabe qué— tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales advierten sobre aquello que en un lugar está prohibido —entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente— y lo que es lícito —dar de beber a las cebras, jugar a las bochas, quemar los cadáveres de los padres—. Desde la puerta de los templos se ven las estatuas de los dioses representados cada uno con sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad bastan para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Hasta las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.

    Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre ya está entregado a reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante…

    [Italo Calvino, Las ciudades invisibles (Minotauro). Traducción de Aurora Bernárdez.]

    [Las ciudades y el deseo. 1]

  • Encuentro

    Me encontré una cosa que no estaba buscando y durante un momento intenté recordar quién había dicho algo sobre esos casos, hasta que enseguida caí en la cuenta de que lo había escrito yo en esta página, hace un año, justo el día 7: «Cuando uno encuentra algo bueno no es equivocado decir que era eso lo que estaba buscando».

    Pues eso. Buscaba otra cosa y me encontré esta, dentro de un gran libro:

    El loro

    Un viejo armador danés recordaba los días de su juventud y cómo una vez, cuando tenía dieciséis años, se pasó una noche en un burdel de Singapur. Había ido con los marineros del barco de su padre y se sentó a charlar con una anciana china. Cuando ella oyó decir que era nativo de un país muy lejano trajo un viejo loro, que era suyo. Contó que hacía mucho, mucho tiempo, se lo había regalado un noble inglés que había sido su amante en su juventud. El muchacho pensó que el loro podía tener hasta cien años. Podía decir frases en todos los idiomas del mundo, aprendidas en la atmósfera cosmopolita de la casa. Pero el amante de la mujer china le había enseñado una frase antes de regalárselo, que ella no entendía, ni ningún visitante le había podido decir qué significaba. Así que llevaba muchos años preguntándolo. Pero como el muchacho era de tan lejos quizá fuera en su idioma y pudiera traducirle la frase.

    El muchacho quedó profunda, extrañamente conmovido por la sugerencia. Cuando miró al loro y pensó que podía oír danés de aquel terrible pico estuvo a punto de marcharse corriendo de la casa. Sólo se quedó por ayudar a la anciana china. Pero cuando ella hizo que el loro dijera su frase, resultó ser en griego clásico. El pájaro dijo sus palabras muy lentamente y el muchacho sabía el griego suficiente como para reconocerlas; eran unos versos de Safo:

    La luna y las Pléyades se han puesto.
    Y medianoche es pasada.
    Y las horas huyen, huyen.
    Y yo estoy echada, sola.

    La anciana, cuando él le tradujo los versos, chascó los labios e hizo girar sus ojos rasgados. Le pidió que se los dijera otra vez y movió la cabeza.

    [Isak Dinesen, Lejos de África («De la agenda de un emigrante»). Traducción de Bárbara Mc Shane y Javier Alfaya/Aquilino Duque.]

  • El abismo y la belleza

    La frase me impresionó por encima de todo cuando vi en el cine A Beautiful Mind (Una mente maravillosa, en la versión española); me la vuelvo a encontrar ahora justo al abrir el libro, en su segundo párrafo.

    Este libro es la biografìa de John Forbes Nash, genio matemático y premio Nóbel, y también la de una mente espléndida devastada por la locura. Le preguntan a Nash cómo es posible que alguien como él, un matemático, un hombre entregado a la razón y a la demostración lógica, pueda creer que seres sobrenaturales le envían mensajes para la salvación del mundo.

    Él calla durante un rato; se queda mirando con fijeza a su interlocutor, «con una mirada tan fría y desapasionada como la de un pájaro o una serpiente», dice el libro, y por último responde: «Porque esas ideas sobre seres sobrenaturales me vinieron del mismo modo que mis ideas matemáticas. Así que me las tomé en serio».

    Vuelvo a encontrarme esa frase y me impresiona como la primera vez.

  • Una historia antigua

    Supongo que todo el mundo se sabe la historia. Cuenta lo que le pasó una mañana de San Juan el conde Arnaldos cuando iba de caza, con su halcón en la mano. Iba a caballo por el borde del mar —no cuesta nada imaginarlo en la playa— y de pronto ve acercarse a tierra un barco maravilloso, con las velas de seda y las jarcias de lino. Pero lo más maravilloso es el canto órfico del marinero que lo lleva, que la naturaleza atiende: una canción que sosiega las olas, posa a los pájaros calmados sobre la arboladura y atrae a los peces desde el fondo del agua. El conde Arnaldos, seguramente hechizado él también por la virtud del canto, rompe a hablar. Supongo que todo el mundo sabe lo que le dice al marinero. Le dice a voces: «Te lo pido por Dios, marinero, dime qué dice esa canción». Le pide que le ponga en el secreto del canto.

    Imaginamos que el marinero se volvería hacia el conde, desde su barco, ya muy cerca de la playa; aunque desconocemos con qué expresión en el rostro, es decir, con qué intención o con qué expectativa, porque no sabemos nada del marinero. Solo que le fue a dar esta respuesta: «Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va».

    Nada más, desde hace al menos quinientos años. Aquí se acaba esta historia, en su versión canónica. Ignoramos qué hizo el conde, qué comportaba subirse a ese barco, qué precio había que pagar por el conocimiento, si es que costaba algo. Qué haríamos cualquiera de nosotros si oyéramos una canción de maravilla, una mañana, y nos propusieran una decisión incondicional sin saber qué espera al otro lado de la puerta.

    Sí me parece claro qué haría yo en caso de ser el marinero: exactamente lo mismo.

    [El romance completo, según la versión del Cancionero de romances sin año:

    Romance del conde Arnaldos

    ¡Quién hubiese tal ventura     sobre las aguas del mar
    como hubo el conde Arnaldos     la mañana de San Juan!
    Con un falcón en la mano     la caza iba a cazar,
    vio venir una galera     que a tierra quiere llegar.
    Las velas traía de seda,     la ejercia de un cendal,
    marinero que la manda     diciendo viene un cantar
    que la mar facía en calma,     los vientos hace amainar,
    los peces que andan ‘nel hondo     arriba los hace andar,
    las aves que andan volando     ‘nel mástil las faz posar.
    Allí fabló el conde Arnaldos,     bien oiréis lo que dirá:
    —Por Dios te ruego, marinero,     dígasme ora ese cantar.
    Respondióle el marinero,     tal respuesta le fue a dar:
    —Yo no digo esta canción     sino a quien conmigo va.

     

    Esta y otras versiones conservadas:
    http://faculty.washington.edu/petersen/321/arnaldos.htm]

  • Un poema de Agustín García Calvo

    Tú, cuya mano me ha bañado
    de un fuego transparente las espaldas,
    cuyos ojos en claros naufragios hundieron
    algunos principios elementales de mi alma,
    tú eres mi patria.

    Tú, que no tienes apellido,
    que no sé si eres pájaro o si alcándara,
    que de todos tus brazos las letras de plomo
    cayéndose han ido, como si fueran nueces vanas,
    tú eres mis padres
    y mi patria.

       Tú, que ni tú te acuerdas dónde
    tendiste a orear las nubes blancas,
    que de tantos amores que tienes confundes
    el nombre de todos los días de cada semana,
    tú eres mi Dios
    y mis padres
    y mi patria.

    Tú, que tan dulcemente besas
    que el cielo bocabajo se volcaba,
    y que no se sabía de quién ya la lengua,
    de quién la saliva, de puro sabrosa y templada,
    tú eres mis leyes
    y mi Dios
    y mis padres
    y mi patria.

    Tú, que apacientas calaveras
    por las praderas de la verde África
    y a los rojos leones les echas de pasto
    las rosas de leche de luna de Nuruquimagua,
    tú eres mi ejército
    y mis leyes
    y mi Dios
    y mis padres
    y mi patria.

    Eres mi ejército y mis leyes
    y mi Dios y mis padres y mi patria,
    y el ejército y Dios y las leyes y todas
    las patrias y padres se creen que tú no eres nada:
    que no eres nada.

    Agustín García Calvo, Canciones y Soliloquios (1976)
    Yo lo he sacado de Centuria, una curiosa antología de poesía en español del siglo XX, de Visor, el año pasado.

  • Las letras de Fafnir

    Me comporto como el avaro o el cuervo con las citas, los conceptos, las canciones: los veo brillantes, los recojo, los guardo por ahí y luego los olvido. Igual que el dragón nórdico, duermo codicioso sobre un lecho de conocimientos revueltos que nunca uso.

    Acabo de encontrarme esta anotación perdida por lo menos desde el invierno pasado; es de Thomas Hardy y habla de la muerte de un hombre: «Y le quitarán todas sus llaves brillantes, y abrirán sus cajones, y verán las cosas pequeñas que no quería que viera nadie; y todos sus deseos y costumbres serán como humo…». Comprendo por qué me entretuve a recogerla.

    Esto, por lo visto, lo escribiió una poeta japonesa, Yosano Akiko; yo lo copié en febrero:

    De los innumerables escalones
    que conducen a mi corazón
    él subió tan solo
    quizás dos o tres.

    Esto otro tiene fecha de diciembre del año pasado. Es del periódico. De Manuel Cruz:

    Quien identifica la libertad con mantener, intactas, todas las opciones, está condenado a no dar el más mínimo paso, a no formular promesa alguna, a no comprometerse bajo ningún concepto, precisamente porque interpreta todos esos gestos como un recorte de dicha libertad. Pero ser libre tiene algo de paradójico: consiste en dejar de serlo a voluntad precisamente para poder seguir siéndolo. Sin que haya opción en este punto: vivir sin elegir es vivir en vano. No es más libre, sino menos, aquel que, en vez de esforzarse por intervenir, está siempre a verlas venir.

    Subrayé en letras granates, de cuerpo catorce: vivir sin elegir es vivir en vano. Tremendo.

    «Yo preferiría ser Falstaff o Sancho, y no una versión de Hamlet o de don Quijote, porque el hacerme viejo y enfermo me enseña que es más importante ser que saber». De un artículo de Harold Bloom; esta me ha dado bastante que pensar, porque estoy de acuerdo con lo que dice Bloom, pero soy incapaz de ponerlo en práctica. En todo caso, la cita fue a parar al montón, con el resto del tesoro.

     

    [Thomas Hardy, El alcalde de Casterbridge, citado por Juan Antonio Rivera Rivera en Lo que Sócrates diría a Woody Allen (Espasa Ensayo);
    Yosano Akiko, citada por F. Calvo Serraller en El País/Babelia, el 28 de febrero de 2004;
    Manuel Cruz, «Política, prepolítica y filosofía», en El País, 29 de diciembre de 2003;
    Harold Bloom, «¿Qué busca don Quijote?», también en Babelia, el 18-19 de abril de 2003.]

  • En Europa

    Mi amiga y yo hace mucho que no nos vemos, porque ella vive en una pequeña ciudad de Centroeuropa y yo vivo en Madrid. Sin embargo, nos mantenemos al tanto de nuestras vidas a través del correo; así sé que uno de estos días está por dar a luz a su primer hijo, si no acaba de hacerlo o lo está haciendo ahora. He tenido que esforzar de veras la memoria para recuperar de entre los viejos libros estas palabras que ya le copié otra vez. Esto sucedió en un tiempo lejano, cuando ella acababa de cumplir los veintiuno y una tarde me enseñó a hacer con una amapola la figura de una bailarina:

    Antes de florecer, el cáliz verde de la amapola es duro como la cáscara de una almendra. Un día esta cáscara se abre. Tres trozos verdes caen al suelo. No es un hacha lo que la abre, simplemente una bola retorcida de pétalos finos como membranas y arrugados como trapos. A medida que se van desarrugando, el color de los trapos cambia del rosa neonatal al escarlata más chillón que se puede encontrar en los campos. Es como si la fuerza que abre el cáliz fuera la necesidad de este rojo de hacerse visible y de ser visto.

    Lo escribió John Berger al comienzo del cuento que en español da título al libro, Una vez en Europa.

    Las palabras y los actos encierran varios sentidos verdaderos, aunque a veces nos lleva tiempo verlos completos.

    Ahora las palabras de Berger resplandecen con una luz inusitada, como nuestras vidas.

    Esta es tu casa. Bienvenido.