Categoría: Diarios

  • La primavera

    Una vez más he cruzado a la otra orilla del invierno. Aquí. Las flores del cerezo, tardías, las voces de los niños en la plaza, la cercana conversación de los pájaros. Mi pensamiento flota en la tarde, como el que consigue flotar bocarriba en el agua, muy quieto, oyendo su propia respiración, mirando al cielo.

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    He sabido que el carro de Afrodita iba tirado por gorriones. Qué imaginación conmovedora puede concebir eso, impráctica y poética hasta lo sublime.

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    En vez de no haber nada, el mundo existe. Mirad el árbol florecido, esa catedral radiante al sol de la mañana. El mundo existe; pero las cosas existen por ser como son. Ahí está el árbol. Su forma de ser provoca asombro, como un milagro.

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    No se entiende lo que dice el mirlo, pero no importa.

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    Cada imaginación es una oportunidad perdida. Hay vivir con ello, o renunciar a imaginar.

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    A principios del otoño, la mitad más ligera del alma se rarifica aún más, se sublima, se desprende y se eleva en el éter, junto a millones de semialmas sin peso que el viento arracima y empuja en nubes hacia el sur, que es donde la mitad del alma pasa el invierno.

    Los cuerpos, demediados, caen en una melancolía espesa, se acorchan, pierden el oído para los pájaros y la visión de la luz y de las hojas, sienten frío. Todo es apagamiento y tiniebla.

    Al final del invierno, la mitad más ligera del alma se ilumina y toma el camino de vuelta, empujada por el viento contrario. Cuando llega, el cuerpo nota una especie de marea en la sangre, una súbita comprensión del horizonte y el recuerdo de navegar bajo las estrellas. El ojo se abre a la luz y el oído a la canción de los mirlos. Se empieza a entender la verdadera duración de los días, el azul del cielo, el impulso de buscar compañía, la forma de las flores; cosas eternas que han estado ahí todo el tiempo.

    Esta es la explicación científica de los fenómenos que suceden en primavera.

  • Letras, o flores

    Pensé que mi ciruelo se moría bajo el hielo y la nieve, pero él preparaba sus flores en medio de la gran tormenta. Ahora florece. Nada era como yo creía.

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    La naturaleza renace y se repite. Aquí está de nuevo la luz en todas las ramas.

    Yo no voy a volver; yo no me repetiré. Con la primavera alrededor, me siento un mendigo entre príncipes.

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    Una flor de esa planta que llaman alegría ha caído sobre la encimera blanca, en la cocina. Desde donde yo la veo recuerda un ideograma o una letra oriental, con sus rabitos curvos. Fantaseo con mensajes de las flores, pero también en esto me equivoco, en la vanidad de tomar el mundo como un texto. Qué puede decir el mundo mejor que ser mundo. Qué trabajo mejor, qué canción puede cantar una estrella mejor que la canción de la luz de las estrellas.

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    Antes pedía que mis problemas se solucionasen; ahora me basta con que se pospongan. También he aceptado que un día moriré. Por lo visto, el trascurso de la vida te convierte en un negociador.

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    Ahora bien. La flor es un hecho, y una palabra sucede; en eso son iguales. Iguales por la elevación de la palabra a la altura del ser, no porque la flor valga por un texto.

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    El que busca que el mundo le hable no quiere saber del mundo; quiere saber de sí. ¡Si el mundo ya se dice entero! «Tu vida tiene sentido, bajo esa roca hay un cofre de monedas de oro, no vas a morir nunca». Eso quiere que le diga.

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    Nuestros caminos cruzan las librerías, las bibliotecas. Entramos, damos vueltas, nos rozamos con los anaqueles y tocamos los libros y nos llevamos en las patas letras pegadas y en las manos, y luego vamos a otra biblioteca, la polinizamos y de ahí nacen libros nuevos.

    Bueno, eso último me lo he inventado. En realidad, una biblioteca es una flor que fecunda a las abejas.

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    Me pasé por una librería del centro por si encontraba un regalo. Cuando salía, vi el cartel que decía ENCARGOS. Podría haber vuelto y haber pedido una novela entre las ruinas de un puerto antiguo que mira hacia poniente. Una historia triste pero que ayude a vivir. Y la mujer de los encargos se quedaría pensativa un momento, pero el final me dice que bien, en dos semanas, más o menos. Que ya me avisan ellos con un mensaje.

    Al momento me arrepiento de mi imaginación. De mi poquedad. Debería haber pedido un mar interior de aguas tibias donde los personajes se bañan a la hora del crepúsculo. Animales que son personas, como en Norstrilia. O el libro de haikus de un viajero estelar. O un bestiario.

  • Todavía

    Soñé que me despertaba demasiado tarde de la siesta. En el sueño me perdía algo muy importante. Iba a la ventana y quedaban apenas unas extrañas luces violetas en el cielo oscuro. Me entristecí, con la pesada tristeza de los sueños.

    Me desperté a la realidad y eran las cinco y pico de la tarde y la luz amarilla de agosto alegraba la casa. Al rato, mientras trasteaba en la cocina, se me ocurrió que solo había ganado un aplazamiento. Que llegaría y pasaría el ocaso igualmente. «Sí, pero ahora es todavía», pensé.

    Eso que estoy escribiendo, el todavía, no se puede escribir. Solo vivirse.

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    Este hombre se toma una ola como algo personal.

    Y sí, así es. Últimamente me sucede a diario. La luz que se retira, estas hojas que brotaron y ahora decaen, las personas que hacen cosas sencillas a mi alrededor. No sé cómo, lo pequeño me concierne. Todo eso es mío. Lo miro con cariño y cuidado, como si esa duración viva, lo que veo vivir, fuese una vela encendida.

    A ver si lo digo mejor: lo que veo vivir también es mi vida.

    *

    He vuelto a la montaña y en la oscuridad he vuelto a oír el viento entre los árboles. Me sigue sobrecogiendo. Es la mísmísima voz del mundo. Y qué dice. Eso es fácil: se dice.

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    El verde soleado de los pinos cubre el paisaje a mi alrededor, por el valle, sobre los montes. La tarde está quieta. Ese preciso color mediterráneo bajo una luz antigua, como pudo verlo Homero.

    No, antigua no. Perpetua.

    *

    Allá en el mar, en la ciudad en que nací, la terca destrucción acaba trayendo la belleza. Las tempestades invernales y el viento salitroso corroen las labores de las autoridades. El abandono y las mareas abaten las fatuidades de los hombres entre la arena. La herrumbre iguala los metales. Los niños pintan sobre los carteles. Toda vanidad termina hermosamente derruida.

    La ciudad al final se cura.

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    De lejos, casi todo es mejor. Menos el bien. El bien es lo que no mejora con la distancia.

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    Se puede hacer poesía hoy con el mismo barro que usó Homero: agua, carne, aurora, sangre, barcos, resplandor, metal, el mar oscuro. O se puede hacer con materiales nuevos: cristal, estrella, pájaro, grillo, rumor, papel, metralla, la minuciosa lluvia, la ballena. Porque el poema no son sus cosas; es un espacio donde se ponen las cosas.

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    Si un día de abril, a las ocho de la tarde, yo viese el cielo iluminado como ahora, sería feliz; pero estamos a finales de agosto y yo sé adónde va.

    Algunos ratos salgo a tomar el sol por la mañana, sin embargo. El viento agita las sombras de las hojas y remece la luz dorada y verde través de mis párpados cerrados.

    *

    Siempre he pensado que Dios escribía con pájaros, pero puede que tambien escriba con salamanquesas, con lagartijas. En el suelo, en un lienzo de pared. Una mañana vi una en la playa, dejando un rastro en la arena.

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    Durante mucho tiempo, en los años malos, mi fantasía escapista fue volver a mi ciudad y sencillamente tener un barco. Un barco pequeño, para ir a la playa, nadar un rato, dar vueltas por la bahía (mantener un barco pequeño es más barato de lo que parece).

    Ya no será así; ya no va a haber un barco. Pero de aquello me ha quedado el juego de buscarle un nombre, que, en mi pensamiento, complendiaba todo lo que en el mundo hay de mejor.

    Todavía. Ese va a ser el nombre de mi barco, mi lema, mi testarudez, mi plan de vida, mi esperanza.

  • Como si nada hubiera sido

    El cacharreo de las cocinas del barrio preparando la cena. El mar de color verde. Las tablas despintadas del embarcadero. Los motores monótonos de los barcos. Unos niños pescando con redeño. El olor de casa al abrir la puerta. La luz que se queda cuando el día termina.

    En la playa, el viento hace flamear las cuerdas y la ropa. A la sombra, el rumor del mar paciente se oye cada vez más lejos, hasta que una voz querida me saca del ensueño. Me levanto y me voy al agua. En medio de una ola, en medio de la luz, siento hacia este instante del mundo un cuidado tierno semejante al amor. Nada se ha movido nunca desde que nací. Es mi vida entera la que parece un sueño.

  • Lluvias de primavera

    Alguien que ahora es un niño, dentro de mucho, quizá recuerde estos días por su silencio. Aquellos días, cuando se oían los pájaros.

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    Una tarde hacia finales de marzo una lluvia fina me habría encontrado cerca del río, a la vuelta de la compra. Pero nunca sucedió. Llegó la enfermedad; las autoridades cerraron el paseo del río. Durante los meses siguientes vi llover desde la ventana.

    Ahora uno tiene que preguntarse si esas lluvias se han perdido.

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    Se dice —al parecer falsamente— que las estrellas reales de los persas son cuatro: Aldebarán, Régulo, Antares y Fomalhaut, las guardianas de los cielos.

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    Al comienzo de un gran amor los amantes se entregan a la cosmogonía y a la mitopoética. Sentados en la playa frente al mar inmenso, tumbados en la cama dejando pasar las horas, repasan cada instante que los condujo hasta ese lecho desordenado, hasta esa precisa orilla. Si no hubiesen coincidido en tal sitio, si al sonar el teléfono, si no hubiera llovido, yo llevaba la camiseta de rayas, sonaba una canción. Para el amor, el mundo es un milagro. El amor justifica el mundo hasta el último átomo.

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    Es un atardecer de mayo. Se va la tarde, despacio como la marea. Pienso en esta luz que me recuerda otros atardeceres en los que he sido feliz. En la terraza hay flores; nada me duele. Podría quedarme quieto en este minuto para siempre.

    *

    Una imaginación del Cielo: que haya otra vida y allí recordar con amor cada segundo de esta.

  • El silencio

    La primavera está en la calle. Sola.

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    Un día después de escribirlo, el ciruelo floreció. Alumbró de blanco mis días, consumió su luz breve, brotaron las hojas. Las flores cayeron; el suelo de la terraza se cubrió de pétalos. La brisa los conducía de acá para allá, los amontonaba, los revolvía. Cómo se van a detener la primavera o la muerte, si son el ser del mundo.

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    El espíritu ha abandonado a su ciudad. Una bóveda azul de silencio. El cielo es entero para el canto del mirlo.

    *

    Una anotación del diez de marzo: «No sé qué será de mi vida. Pero en mi casa hay un ciruelo florecido y arriba la luna llena».

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    La naturaleza no nos quiere. Todo el amor que le demos, no lo devolverá. El mundo no nos quiere. Queda amarlos porque sí, sin retorno. Como se quiere a un paisaje, a una pieza musical, a un gato pequeño, a un hijo.

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    Se me ocurre que una prueba de amor es la curiosidad. La gente mira lo que ama con una curiosidad que no termina nunca.

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    «No sé qué va ser de mi vida» he escrito más arriba. Bien mirada, es una afirmación extraordinariamente juvenil.

    *

    Algunas raras veces, en una noche oscura, del agua de mar nace un resplandor verde. Al salpicar saltan gotas de luz. Si un cuerpo se zambulle, una estela sobrenatural de fuego pálido corre bajo el agua. La luz es líquida. Muslos, manos, torsos fosforescentes se dibujan en la oscuridad. Yo lo he visto una noche de verano. Lo había olvidado.

    Al cabo de unos días de confinamiento, se me ocurrió ponerme a ordenar asuntos antiguos, como el que airea una biblioteca vieja o —sin quererlo— sopla una hoguera. Aventé mi vida; saltaron las pavesas. Ahora por la casa andan personas de otro tiempo, traslúcidas. En mis sueños intranquilos se cuelan escenas insólitas, recuerdos distantes pero claros.

    Hay una ventana abierta hacia adentro. Se ven bares de madrugada, andenes, paseos junto al mar, lámparas de colores en la ribera de un río, mejillas botticcellianas, la cara de mi padre, las vidrieras luminosas de la Sainte-Chapelle.

    *

    Mi pasado y mi futuro están aquí conmigo, circunscritos a esta distancia. Extrañamente, el encierro me trae ese presente absoluto que he buscado tantas veces. Afuera, quién iba a decirlo, ha vuelto la nieve.

  • Luces

    En las montañas del Hindukush hay cierta clase de piedras grises, vulgares, indistinguibles del cascajo de un terraplén. Alguien se lleva una de ellas a casa y durante treinta, cuarenta o cincuenta años sigue siendo una piedra. Un día improbable, quién sabe cómo ni por qué, se transfigura en una gema aristada, un cristal de estrella deslumbrante en la penumbra de la habitación.

    Muchos aldeanos del Hindukush viven en esta ilusión: guardan guijarros en los cajones de sus casas, en las estanterías, por los baúles; son personas ordenadas y se portan bien, y duermen abrazados a la imaginación de despertar un día con una riqueza maravillosa.

     

    Una vieja canción empieza: «Yo no quiero prender fuego al mundo / solo quiero encender una llama en tu corazón». Son dos versos muy sabios, pero de esa sabiduría inaparente que se revela a la larga, a veces cuando ya no sirve de nada. Por eso me he acordado de la piedra del Hindukush.

    El árbol al borde de la playa, cuyas hojas oscuras tienen el envés de plata, ahora está desnudo. Eso escribo. Como el que señala con la mano. Así que mi escritura es deficiente, ya que toda mostración lo es: falta el resto del mundo, fondo difuminado para el álamo blanco que he elegido mostrar.

    Salvo que uno señale precisamente a lo que se vale por sí para representar el mundo. Pero eso, ¿cómo saberlo? Lo más normal es que llene mi casa de piedras.

    Soy capaz de escribir sin saber porque escribo como el que prende una cerilla en la oscuridad. Yo no puedo poner luz al mundo; solo enciendo una llama para ver por dónde voy. Por fin alcanzo a expresarlo.

     

    Hay otra canción mucho más vieja. La más vieja que se conserva. Se llama El epitafio de Sícilo. La inscribió Sícilo junto a la tumba de Euterpe, su mujer, y dice así:

    Mientras vivas, brilla
    no sufras por nada en absoluto.
    La vida dura poco
    y el tiempo exige su tributo.

    En primavera, las hojas del álamo destellan bajo el viento, al borde de la playa. El invierno lo ha despojado. La bruñida lividez que precede a la noche resplandece con calma sobre el mar de mi infancia, que se ondula mansamente, como un animal tranquilo. He vuelto; estos son los días en que el tiempo acaba y comienza, y es como si flotase en aire una pregunta primordial. Yo no sé formularla. Así pues, nadie contesta.

     

    «Mientras vivas, brilla», dice la canción. Feliz año.

     

    *

     

    [I Don’t Want To Set The World On Fire
    https://www.youtube.com/watch?v=CL-j6Uzt1ww
    El epitafio de Sícilo
    https://es.wikipedia.org/wiki/Epitafio_de_S%C3%ADcilo
    Llegué a él a través de este bello artículo de Daniel Capó:
    https://theobjective.com/elsubjetivo/mientras-vivas-brilla/?_tcode=cm16cjAy]

  • Una isla en otoño

    Las farolas del barrio siguen apagadas. Las casas, blancas y rosas, entran en la noche tenue como se entra tibiamente en el agua. Parecería que también cae el silencio.

    *

    Estuvimos en una isla algunos días de octubre. Así que visto desde aquí, desde este relato, el mes es un objeto extraño, hecho de bandas de realidad y de sueño. La tarde en mi barrio, peces, volcanes, un rescoldo de luz.

    *

    Al sur de lo que existe, detrás de unas colinas bajas, empieza lo que no existe. En primer lugar, lo inexistente posible: aquí lo que fue; allá lo que está por ser; más allá lo que hubiera podido ser. Al norte —seco, pedregoso—, lo imposible: lo concebible y lo vastamente inconcebible. Con sus ríos, sus montañas, sus lindes indefinidas, sus regiones en disputa. Alrededor de la existencia, la inexistencia se extiende en todas las direcciones, hasta los confines del mapa, fantásticamente miniados, como un portulano medieval.

    *

    Me gusta que atardezca con la casa a oscuras. Me quedo sentado mirando las sombras y oyendo a los niños en la calle, mientras el tiempo pasa. Hasta que yo mismo me siento demasiado raro.

    *

    Había peces en la isla. Peces celestes y amarillos, peces negros con el vientre azul eléctrico y una mancha ultravioleta, peces de color piña. Mientras nadaba sobre ellos, en la absoluta perfección del presente, me di cuenta de que me esforzaba en memorizar los colores.

    Como si temiese no tenerlos ahora por haberlos perdido mañana.

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    Abajo, al lado de mi casa, hay una plaza donde juegan los niños. Por eso en este blog suelen aparecer voces de niños en la tarde. El texto no está bien aislado y se filtran.

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    El ventilador del techo, inmóvil desde el final del verano. La jarra llena de agua fría en la nevera. Las alpargatas detrás de la puerta. Las sillas de la terraza, cubiertas de hojas. Esas cosas, quietas hasta el fin de los tiempos.

    Si no viviese yo para moverlas; si no volviera la luz para moverme a mí.

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    Recuerdo un artículo de Álvaro Pombo, de esta primavera. Decía de alguien que hablaba de sí mismo «poniéndose ante sus lectores, no con un yo soy sino con un esto es».

    Y una cita de Handke: «Octubre: la luz de las casas vecinas vuelve a abrirse paso entre los árboles del jardín». Parece difícil escribir más con menos.

    *

    Un mapa de la inexistencia, ¿adónde te guiará a no perderte? ¿Por qué dibujarlo?

    Por amor. Porque no sé dónde está lo que no existe y he querido. 

    *

    Una noche en la isla nos paramos en el arcén, al borde de una rotonda. A. miraba hacia la negrura de afuera. Me señaló algo, pero la luz interior del coche no me dejaba ver. Quitó el contacto y nos quedamos a oscuras. Entonces lo distinguí, como el que uniendo los puntos sobre el papel revela una forma: el cono del volcán inmenso irguiéndose en la oscuridad, justo a nuestro lado. Sus hombros cubrían el cielo nocturno; su cabeza rozaba las estrellas.

    La gran montaña tranquila. La había visto formarse de la oscuridad delante de mí.

     

     

    [Pombo y Handke]

  • Migración anual de la luz

    Un viajero se acerca al final del viaje que ha ocupado la mitad de su vida. He aquí que el penúltimo tramo de su camino cruza el paraíso.

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    Antes de dormirme en casa de mi madre, noto que algo en mí ya descansa. A pesar de tantos años. Algo que abandona el cuidado, como si terminase una guardia.

    Es otoño. La casa de mi madre todavía está en pie.

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    Miro la playa, miro la luz de septiembre a mi alrededor. Y esta pequeña tristeza —esta mitigación, estos tonos amarillos— no sé si está en la luz o está en mí.

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    En el arte chino, los Cuatro Caballeros son las cuatro plantas que representan las estaciones del año y su comienzo. El ciruelo chino, la orquídea, el bambú y el crisantemo: el invierno, la primavera, el verano y el otoño.

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    La luz se va. En bandadas, hacia el horizonte. Tengo el pensamiento tan puesto en el porvenir, que estoy viviendo retrospectivamente, puede decirse.

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    Hay cosas que tienen fin
    y cosas que no tienen fin.

    Y yo aquí.

     

    (Mi situación en el mundo)

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    El recuerdo del verano no es nada al lado del olor del mar en una toalla, cuando deshago la maleta. Si tuviese un hijo, le diría: hijo, qué poco auxilian las ideas.

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    «El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible». Oscar Wilde, en una carta.

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    Habrá otros veranos. Volverá el cielo luminoso. Volverán las voces de los niños en la luz de la tarde.

    Se encontrarán de nuevo los amigos. El embarcadero de tablas se llenará de bañistas. Habrá guirnaldas de bombillas, fuegos artificiales al acabar las fiestas. Volverá la lluvia otro martes de agosto. Habrá humedad de salitre en la penumbra de una habitación.

    Todo final es un punto cualquiera en medio del camino.

  • Las ciruelas

    En una de las macetas de mi terraza apareció un arbolito, sobrevivió a las estaciones y a la destemplanza de los años y la primavera pasada, más alto que yo, floreció. Era un frutal, de flores blancas de nieve.

    Este verano ha dado fruto. Unas ciruelas que he visto apretarse globosas en las ramas; ciruelas pequeñitas, verdirrojas.

    Una tarde de julio de luz desorbitada se me ocurrió que igual era hora de cogerlas. Las fui echando en un balde con agua, para lavarlas. La primera que me comí era tersa, ácida y dulce, y la carne estaba aún tan caliente que me parecía en la boca el sol mismo de julio.

    Una amiga que se iba a vivir al sur me pidió que le guardase por un tiempo una planta que no podía llevarse, una especie de cica de hojas muy verdes que ahí sigue, ya vieja. En esa maceta, años después, nació el ciruelo. Algún día, cuando volvamos a vernos, le contaré a aquella amiga esta historia, que para entonces ya habrá terminado. Porque tengo la sensación de que ahora la estoy contando in media res.

    El agua del balde está tibia como el agua de bañar a un niño. Las ciruelas recién recogidas, estas brasas de sol, la han caldeado. No sé cómo han llegado aquí, por qué han nacido ciruelas en esta calle, en mi casa. No sé el final. No importa. En realidad, no me importa cómo acabe la vida; solo quiero que el juego dure.