Categoría: Ficciones y prosas

  • Orden en casa

    Ya digo, estoy ordenando mi casa. Doy con una caja de cartón donde guardaba algunos recuerdos; la abro y veo que son desperdicios, detritos.

    O no. Si pongo la mirada distintamente sobre cada uno, empiezan a hablar y comprendo que son valiosos. Pero es fácil revertir el punto de vista: y así, con imparcialidad, mis recuerdos son iguales que esos trastos que guardan los ancianos que ha muerto. Dentro de muchos años alguien los contemplará sin conocimiento y pensará «para qué guardaría el hombre estas mierdas».

    Lo que les da sentido a mis cosas es el orden transitorio de mi existencia. Ellas no valen nada de modo absoluto porque no lo valgo yo. Nuestro valor es de uso, como la palabra o la moneda; como los marcos alemanes de la República de Weimar o las metáforas del pueblo hitita.

    Sabido esto, pienso en tirar la caja y quedarme limpio de compasión e ideas vanas. Es un razonamiento correcto; pero yo vuelvo a guardar la caja en su sitio. Saber que no valgo nada es una cosa; vivir de acuerdo con ese conocimiento es otra. Puedo alternar la mirada sobre mis recuerdos, adentro y afuera, pero no tiene sentido vivirse desde afuera. Igual que a quienes quiero, a mí me quiero sin precio, nunca por lo que valgo.

     

    [Decía Unamuno: «Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida; se me destituirá de ella» (Del sentimiento trágico de la vida, en Alianza).]

    [Dice el DRAE: «Detrito: 1. m. Resultado de la descomposición de una masa sólida en partículas». Me parece que esta vez he escogido bien la palabra.]

  • En la consulta

    El paciente se está atando los botones de la camisa. Levanta la vista hacia el médico y pregunta:

    —¿Y ahora?

    —Ahora haga vida normal.

    El paciente se detiene y responde:

    —No sé

  • Asombro de la vida

    Lo asombroso es cómo la vida, que en lo esencial resulta perfectamente previsible y que sucede tal como nos habían dicho, no deja de maravillarnos cuando llega.

  • Afonismos II

    La lógica debería ser uno de los derechos humanos.

    *

    En los grandes juegos, el momento de comprensión —que a veces no llega— consiste en descubrir cuál es el juego.

    *

    Si no hay ninguna razón práctica para no creer en lo absurdo, entonces no hay ninguna razón que impida creer en lo absurdo.

    *

    Los españoles se dividen entre Prisa y la Cope, que es, digamos, como si los partidarios del cáncer de colon se opusiesen a los del cáncer de páncreas.

    *

    Mensaje:
    Sabed que hay un cielo para las personas que no conducen automóviles.

     

    [Afonismos I]

  • Escritura

    La mayoría de la gente dice que escribir es bueno, que la literatura es buena. Yo, en cambio, siento que algunos textos son mejores que no escribir.

  • El verano

    Hablo por teléfono con una amiga que está en Granada, de visita. Se ha acercado a ver la casa junto al Darro donde vivió algunos años. Le pregunto qué tal se lo está pasando, qué tiempo hace, cómo ha encontrado la ciudad. Me dice: «Huele a higos, como al final de todos los veranos».

  • Ser

    Hubo un tiempo en que yo quería ser escritor. No es que ya no quiera; es que no se me alcanza por qué me entraron ganas de ser yo una cosa, escritor o lo que fuese.

    Henry Miller, en una de sus cartas a Lawrence Durrel, le escribía: «Por consiguiente mi intención era, yo lo he dicho, simplemente escribir. O ser escritor, más exactamente. Bien, lo he sido. Ahora lo único que quiero es ser».

    Borges le hizo decir a Shakespeare, al encontrarse frente a Dios: «Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo».

  • Agosto

    En agosto, incluso el corazón más triste y pobre puede dejar que la tarde de verano se derroche en el cielo. Va manando la luz despacio, sin mengua, hasta que se hace oscuro. Por las ventanas abiertas entran las voces del barrio, mitigadas.

  • Consejos para viajar en metro II

    Un hombre joven con una camisa gris de verano y pantalones cortos sube a un vagón del metro en una parada intermedia de la línea. Al cabo de un par de estaciones acaba por comprender que el resto de los pasajeros, digamos que veintitantos, estaban en algo que él ha interrumpido. Se encuentran dispersos por el vagón de un modo casual; no comparten ni la edad, ni el vestido, ni la fisonomía, ni la raza, pero no cabe duda de los liga algún tipo de colusión. Las miradas que apenas se esfuerzan en disimular, una chica que de pronto tararea una tonada, cierto humor socarrón que flota en el ambiente: es imposible equivocarse. ¿Y ahora? La siguiente parada parece que no llega nunca. En adelante, esperamos averiguar qué le pasa al que ha irrumpido en medio de esta gente. Lo hemos visto entrar en la situación y habremos de ver cómo sale; a eso es a lo que nos tiene acostumbrados la narrativa actual. Un desperdicio. La historia que vale la pena ver es lo que hacían esas personas juntas en un vagón de metro antes de que él entrara.

     

    [Consejos para viajar en metro I]

  • Ida y vuelta

    El tiempo se filtra en el recuerdo como gotas de agua, y a partir de los fenómenos en bruto, como quedaron grabados por los sentidos, la memoria labra figuras en la oscuridad, unas veces magníficas y otras temerosas, pero siempre con una ganancia: la virtud de la forma. Y porque las personas estamos hechas para el amor por las formas mucho más que para el conocimiento de la verdad, cuando uno vuelve a los antiguos sitios y a los rostros —como acabo de hacer yo en este viaje—, no es de extrañar que sean ellos los que parezan disformes, ajenos y raramente impropios, en vez del recuerdo.

    Vuelta. Darle forma a la verdad para poder vivir en ella; lo único que se me ocurre para no escoger entre la verdad y la vida.