Categoría: Ficciones y prosas

  • Noche de domingo

    Es domingo por la noche. Las ventanas de Madrid empiezan a alumbrarse una tras otra porque mañana por la mañana hay que ir al trabajo. Es obligatorio cruzar la línea esta noche y entrar a tiempo en casa.

    Las ventanas encendidas sobre las siluetas oscuras de los edificios. En el interior de cada luz las calefacciones se ponen en marcha, se calienta la cena, se guarda o se saca la ropa de los armarios. Hay quien baña a los niños pequeños.

    El viento anda en la calle y hace frío. Se enciende otra ventana, otra.

    Las puertas de la ciudad medieval se cerraban al caer la noche. Dentro de las murallas el pueblo dormido y volutas de humo; afuera el campo abierto, la boca del lobo y la soledad extraña. Si por ventura arribaba a deshora un rezagado, debía permanecer fuera de la línea de las murallas, a ver llegar la escarcha. Quien esta noche no se meta a tiempo en casa y encienda una luz se quedará fuera, al otro lado, mirando pasar la noche, contemplando la sombra espesa de los muros de la ciudad en las tinieblas.

  • El tiempo en el norte

    En donde yo nací, para saber el tiempo miramos por encima del cementerio, que está junto al mar. Los antiguos no construyeron la ciudad al borde del mar cruel, porque allí no puede vivir nadie. Hay orillas grises, hierba rala, pájaros solitarios y viento del norte. La ciudad la hicieron en otra parte, a la orilla de la bahía, encarada al sol del sur. Junto al gran mar abandonado pusieron el cementerio, donde hay frío y sombra.

    Así pues, desde la ciudad miramos hacia el noroeste, por encima de donde sabemos que se encuentra el cementerio, y de allí nos vienen las noticias del tiempo que tendremos. Las nubes negras llenas de agua y de frío, o el cielo claro, depende.

    Me acuerdo ahora de estas cosas por algo que no tiene nada que ver. Me explico. Un día me di cuenta de que había una teoría local sobre el tiempo distinta de la teoría general meteorológica, la que uno ve en la televisión. Una teoría para lo grande y otra distinta para lo pequeño. Se suponía que las dos no podían ser verdaderas a la vez, pero yo no podía concebirlo. Esa incomodidad derivó muchos años después de una forma inesperada: salí de mi ciudad provincial y me enteré de que la misma zozobra la comparten las cabezas del gran mundo. Resulta que nadie sabe si ninguna teoría dice la verdad. Mi pequeña grieta mental se ensanchó hasta el tamaño del universo, esa es la solución.

    Ya digo que no tiene nada que ver. Lo que me pasa es que yo me acuerdo del cementerio de mi ciudad como el hombre que ha salido de noche a cenar con unos amigos y piensa, y sabe, que se le olvidado algo muy importante en una habitación de su casa, dentro de un cajón, en un armario.

  • El conflicto

    La naturaleza animal del hombre le lleva a vivir en conflicto con la otra parte de su naturaleza, que es la de animal doméstico.

  • En otro lugar. La caja misteriosa

    Encierran un gato en una caja especial. Tan bien cerrada que es como una noche perfecta. No deja pasar la luz ni el ruido, ni el calor, el recuerdo; ni siquiera el tiempo o la lógica ven una rendija para entrar en ella.

    Las reglas dicen que no se puede abrir la caja. Por eso no se sabe qué hay dentro, qué fue del gato. Es un misterio.

    Tantos años lleva ahí la caja. Si uno mira por la ventana del museo, afuera ve el parque interminable y los jardines, pájaros vivos, un estanque de agua verde. Las nubes pasan por el cielo.

     

    [En otro lugar]

  • En otro lugar

    A veces sucede que dos hombres enemistados llevan los vaivenes de su odio más allá de lo razonable y estorban la paz del país. Un día acaban con la paciencia del rey; los soldados los arrastran al crucero del templo mayor, los arrojan al suelo y los amarran espalda con espalda. Los sacerdotes, a los que han sacado de la cama en mitad de la noche, cantan con voz temerosa mientras dura el rito que mancuerna las vidas de los dos enemigos. Luego los desatan y los mandan separarse a los extremos del continente si no quieren que su carne sea echada a los perros.

    De ahí en adelante sus destinos son invertidos e iguales. Cada golpe de fortuna le depara al otro la misma medida de desgracia; cada mal lleva ese exacto bien a la contraparte. Si uno pierde un anillo de oro, al otro le llegará una joya por azar; si uno se desposa, el otro encontrará su casa vacía. El verano es invierno, lo dulce es amargo, los garbanzos son hambre, las pulgas besos; las noches de dolor de muelas son jardines nocturnos y música. Todo el tiempo sienten al gemelo como bajo su misma piel.

    Puesto que no pueden dañar derechamente al otro, cada cual se desespera por aumentar su propio bien, de modo que sus vidas antes inútiles ahora acrecientan el bienestar de la nación. A medida que pasan los años, sin embargo, la mayoría de estos hombres termina por conducirse en torno a un discreto punto medio, y al final de los tiempos, fatigados y sentidos, hay que ver que hasta los más obstinados acaban desarrollando por su gemelo algo como esa aflicción del alma que llamamos caridad, o compasión.

  • Afonismos

    Siempre es un ángel aquel al que le sucede una cosa por primera vez.

    *

    Volver es siempre extraño.

    *

    La vida: de desear lo que será hasta perder lo que ha sido.

    *

    Si el amor es un misterio, ¿qué decir de su repetición?

    *

    A veces soy una de esas personas que pasan al otro lado de la cristalera del café; otras veces soy el que las mira.

  • Algún día

    Algún día perderé lo que ha sido; pero ahora es el tiempo en que empiezo a perder lo que no ha sido.

  • El brujo meditativo

    El problema no es —piensa el brujo— si la magia existe, o no. El problema es que la tecnología funciona mejor que la magia, he ahí la cuestión.

  • El camino

    De la ciudad se sale por la puerta del este, a una zona de terrenos baldíos. Pasada una loma que oculta la vista de la muralla, la carretera empieza a discurrir entre campos de cereal y barbechos, y sigue así durante bastante espacio hasta dar con las estribaciones de la sierra, que no es muy alta. Esta se cruza por un paso angosto; más allá, el clima se vuelve seco y frío, y las ciudades son pocas, aunque pobladas. Después empiezan las grandes masas de bosques, leguas de bosques sin señal de habitación humana hasta su frontera natural, que es el río Labulay, a cuyas márgenes se han establecido pequeños poblados de pescadores.

    En esta zona, el río se puede pasar a través de un solo puente, ante el que han erigido una alta puerta de mampostería donde se paga el pontaje. En la otra ribera comienza una inacabable llanura de pastos ralos que llega a donde alcanza la vista; pero más allá, y todavía después del horizonte y aún más allá hay lugares remotos, como se difumina la mañana en la distancia, y se suceden enseñas extrañas, animales infamiliares, voces extranjeras y costumbres desconocidas; se atraviesan empalizadas, se vadean corrientes, se salvan quebradas, se pagan diezmos y portazgos; se siguen los caminos, los rostros, los pozos, las vestimentas, los dioses locales y las caravanas.

    Por último está el mar, la costa solitaria con un embarcadero donde algunos barcos cruzan el Estrecho sobre el mar azul y desembarcan en la otra orilla, escarpada y pedregosa y sin rastro de hierba, tras la que se alza, en el centro de un campo llano, una puerta que da entrada al Paraíso, y que se abre a un ancho país donde la gente, poca, vive en medio de prados espesos, bosquecillos deleitosos, colinas suaves y lagos que espejean. La vida es feliz, los atarcederes numerosos y templados dejan paso a las estrellas nocturnas, y en el aire tibio se oye siempre una música. Nada más se puede pedir. Pasadas unas colinas herbosas repletas de pájaros, unos cuantos arbustos de madera rojiza crecen tan apretados que forman una especie de seto natural, y más allá de este seto hay una puerta.

  • Marcas

    A la entrada de la bahía, en mi ciudad, ha habido siempre una gran roca balizada con un vano en el centro, como el ojo de un puente, que la hacía parecer un arco emergido en medio de las aguas. La Horadada. Era rara y salía en las leyendas. Uno de los temporales terribles de la semana pasada la desmoronó por la mitad, y ahora es una sola roca coronada por el fanal de la baliza. Lo que ha sido durante miles de años, un día laborable ya no es. A la ciudad, ese animal tan lento, le cuesta comprenderlo.

    El paso de unas épocas a otras no vendrá nunca indicado por una raya en el tiempo. Yo me lo imagino más bien semejante al terminador, esa línea astronómica que separa la noche del día. Es nítida desde muy lejos, circunda el globo de la Tierra; a ras de suelo, en cambio, lo que sucede es una media luz o una penumbra, y una imperceptible transición al otro lado. Del paso de las épocas la persona simple, la que anda los caminos, a lo sumo verá marcas, testigos, señales.

    Curioseando, he llegado a un buscador de torrents, Yotoshi, y le he preguntado por una canción. La página, antes de seguir adelante, me ha pedido con formalidad una prueba de mi condición de humano: «Por favor, verifique que usted sea un ser humano escribiendo los caracteres mostrados en la caja abajo».

    Soy un ser humano. Es verdad; hubiera podido no serlo. Cambiemos las antiguas listas: hombre, animal, planta o máquina, ¿qué eres?

     

    [Una captura de la página de Yotoshi:]

    [Sección Spanien de una página estupenda con postales antiguas (y otra iconografía) de faros, donde sale La Horadada como era hace mucho: http://home.arcor.de/klaus.huelse/HTML/ESPK/ES.HTM]