De la ciudad se sale por la puerta del este, a una zona de terrenos baldíos. Pasada una loma que oculta la vista de la muralla, la carretera empieza a discurrir entre campos de cereal y barbechos, y sigue así durante bastante espacio hasta dar con las estribaciones de la sierra, que no es muy alta. Esta se cruza por un paso angosto; más allá, el clima se vuelve seco y frío, y las ciudades son pocas, aunque pobladas. Después empiezan las grandes masas de bosques, leguas de bosques sin señal de habitación humana hasta su frontera natural, que es el río Labulay, a cuyas márgenes se han establecido pequeños poblados de pescadores.
En esta zona, el río se puede pasar a través de un solo puente, ante el que han erigido una alta puerta de mampostería donde se paga el pontaje. En la otra ribera comienza una inacabable llanura de pastos ralos que llega a donde alcanza la vista; pero más allá, y todavía después del horizonte y aún más allá hay lugares remotos, como se difumina la mañana en la distancia, y se suceden enseñas extrañas, animales infamiliares, voces extranjeras y costumbres desconocidas; se atraviesan empalizadas, se vadean corrientes, se salvan quebradas, se pagan diezmos y portazgos; se siguen los caminos, los rostros, los pozos, las vestimentas, los dioses locales y las caravanas.
Por último está el mar, la costa solitaria con un embarcadero donde algunos barcos cruzan el Estrecho sobre el mar azul y desembarcan en la otra orilla, escarpada y pedregosa y sin rastro de hierba, tras la que se alza, en el centro de un campo llano, una puerta que da entrada al Paraíso, y que se abre a un ancho país donde la gente, poca, vive en medio de prados espesos, bosquecillos deleitosos, colinas suaves y lagos que espejean. La vida es feliz, los atarcederes numerosos y templados dejan paso a las estrellas nocturnas, y en el aire tibio se oye siempre una música. Nada más se puede pedir. Pasadas unas colinas herbosas repletas de pájaros, unos cuantos arbustos de madera rojiza crecen tan apretados que forman una especie de seto natural, y más allá de este seto hay una puerta.