Categoría: Ficciones y prosas

  • Acordeones

    Conocí una vez un muchacho bondadoso y algo triste que tocaba el acordeón. Un día le mandé una postal de cumpleaños y le escribí una cita sobre el acordeón sacada de un cuento. Sé que le hizo feliz, porque me lo contó tiempo después una amiga común que se encontraba con él ese día. Ya digo, era una bellísima persona.

    Durante el verano pasado, muchas tardes sonaba un acordeón, aquí en mi calle, cada día hacia la misma hora. Nunca he sabido quién tocaba porque durante el buen tiempo las copas de los árboles me tapan la vista de la acera. Con el sonido del acordeón en el calor de agosto me acordaba del olor de los ajos silvestres, de la mierda de vaca y de los ojos de Raymond y su expresión de niño.

    Ahora, al comienzo del invierno, me acuerdo de los días apacibles y extraños de este verano que ha pasado hace tan poco, me recuerdo aquí sentado recordando a Raymond, ahora que el acordeón se ha ido, y me pesa todo este tiempo mío que se va apilando, recuerdo sobre recuerdo, como una carga difusa que diluye y esfuma los detalles de la emoción en la memoria y deja solo una lechosa, punzante, vagamente humana sensación de haber sentido.

  • Cruce

    Juan volvía del trabajo en el tren de cercanías, de pie junto a la puerta del vagón. En una estación subieron tres hombres, dos blancos y uno negro, con aspecto muy baqueteado, y se quedaron al lado de Juan. El negro iba hablándoles a los otros de boxeo. En mitad de la plataforma, adoptó la postura de guardia, los pies abiertos y un poco agachado, y se puso a fingir los movimientos de un boxeador en una pelea. Los otros dos lo contemplaban sin decir palabra.

    Todos los pasajeros dentro del vagón miraban disimuladamente hacia ellos cuatro.

    Cuando era niño, un chaval mayor cogió a Juan, en el barrio, y se empeñó en enseñarle a boxear. Decía que tenía cualidades. Le enseñaba a poner la guardia, el crochet, el uppercut, el directo, pin, pan, de derecha, de izquierda. Le enseñaba a mover los pies. El boxeo es como una esgrima. Se iban a un callejón sin salida, junto a una tapia cubierta de verdín, y allí practicaban hasta que se iba la luz. Juan quería ser amable, pero se aburría muchísimo. En ese mismo sitio, un domingo por la tarde, yendo solo, a Juan se le ocurrió subirse a la tapia y se cayó desde lo alto. Llovía y se resbaló. Se pasó mucho tiempo tirado en el suelo, una eternidad. Cuando por fin se sintió mejor, se levantó y se fue para casa, y consiguió pasar sin decirle nada a su tía.

    El negro del tren era delgado y fuerte, aunque con una delgadez como avejentada, del estilo de esos futbolistas curtidos que con treinta y pocos dan la impresión de ser hombres mayores. Parecía un inocentón, un niño grande. Entonces hizo un movimiento repentino, de serpiente, que por alguna razón a Juan le repugnó.

    Se apeó en la siguiente estación, sin volverse a mirar, alejándose camino de su casa. Luego, mientras hacía la cena, le vinieron a la memoria aquellas cosas de su niñez, como si los recuerdos emergieran de lo hondo de un pozo, aunque muy claros. Igual que otras veces, volvió a sentir que su vida era una colección de traiciones. Se encogió de hombros, a solas.

  • La gramática y el alma

    Nos cuesta imaginar la realidad sin sintaxis, es decir, sin alguien que mueva algo por algo y alguien, pero hagamos el esfuerzo. Imaginemos los hechos solos, sin agentes ni pacientes. Lo que sucede en el mundo, lo que se da. Coches parados en un semáforo. Un golpe de viento que derriba una valla publicitaria. La salida de los espectadores de un estadio. Olas rompiendo en un muelle. El ocaso. Una inauguración con canapés. Un nacimiento. Supón que desde muy alto, desde las nubes, ves estos grumos de hechos, aislados, cada uno en un sitio, como puntos en una cuadrícula, o como aparecerá desde allí arriba la disposición regular de los olivos ordenados sobre el campo. Ahora, imagina una línea que se tiende de un hecho a otro, de ahí otro, y luego a otro, y más allá, y así una línea zigzagueante que escoge y enhila una serie de ellos.

    Ése soy yo, por ejemplo, o tú: una trayectoria. También podemos imaginarla como un relámpago que atraviesa todos esos puntos del primero al último, que alumbra los campos y la bóveda de los cielos.

  • Me acuerdo

    Me acuerdo de que cuando yo era niño en los azulejos de las casas se pegaban calcomanías con dibujos de frutas. «Calcamonías».

    Me acuerdo de que mis abuelos tenían la costumbre de cambiar las habitaciones de uso: la sala pasaba a ser dormitorio, y luego comedor, y luego otro dormitorio distinto, etcétera. Los muebles siempre eran los mismos, que transitaban.

    Me acuerdo de que el pato de mi hermana se llamaba Filiberto, por un amigo de mi padre, que era culturista.

    Me acuerdo de la enseña de un cristalero que se veía desde la ventana de la casa de mi novia, en Sarrebruck. Ponía «Heinrich Hommerding». Me acuerdo de los pétalos de hortensia secos que ella guardaba en los ceniceros.

    Me acuerdo de mi primer colegio. La mitad de los niños éramos normales y la otra mitad vivían allí mismo, acogidos en una institución. Llevaban pantalones cortos grises y camisas azules, y eran flacos y pelones. Todos éramos unos muertos de hambre, pero desde dentro se veían esas diferencias.

    En 1970, un pintor norteamericano, Joe Brainard, publicó un librito compuesto solamente por párrafos cortos que comenzaban todos de la misma forma: «I remember…». Cada párrafo contenía justo eso, un recuerdo aislado, recuperado al azar de entre la colección de memorias personales y expuesto de forma lacónica. En 1978, Georges Perec escribió su propia reunión de Je me souviens y de ese modo los hizo célebres. Hoy son un ejercicio corriente en los talleres literarios, por ejemplo. Muchos escritores conocidos han incurrido en esta rareza.

    Sin meditarlo, uno escoge el primer recuerdo que le venga, y lo anota. A continuación anota el que le siga, y luego otro, y otro, sin detener casi la mano. Cualquier cosa: una caja de cerillas, el título de un libro, el color de un sombrero, un amor recordado, una galleta. Lo que se realiza de este modo es un espléndido ejercicio de escritura destinada al propio placer y al autoconocimiento. La espontaneidad y la ausencia de retórica son fundamentales.

    Como un grifo cerrado largo tiempo, los primeros recuerdos salen a trompicones y a menudo conviene dejarlos correr; después, por misterio, el ejercicio se refuerza solo y aparecen objetos que uno había perdido.

    Por supuesto, no hace falta ser aficionado a la escritura para practicarlo. Yo lo recomiendo con entusiasmo.

    Me acuerdo de una chica que conocí en un tren nocturno. Me contó que estudiaba diseño y tenía la casa pintada de amarillo, y que era epiléptica. Estas cosas en los primeros noventa estaban muy bien.

    Me acuerdo de cuando fuimos a despedir a mi padre, que se marchó en tren a trabajar. Me encontré un peine blanco y negro en el suelo de la estación. Un año después nos marchamos nosotros también, pero yo todo eso aún no lo sabía.

    Me acuerdo de que mi abuelo se bebió el aguarrás porque tenía la costumbre de guardarlo en una botella de agua de Corconte.

    Me acuerdo de mi prima, diciéndome «mira qué cara de velocidad» y riéndose.

    Me acuerdo de que un verano se me pusieron malos los oídos y me dieron una medicina que me volvió la orina naranja, como Fanta. Los niños del barrio hacían corro para a verme mear.

    Me acuerdo del tren parándose en Penthièvre una tarde al final del verano. Me acuerdo de los mejillones con patatas, de las sábanas blancas, frescas. Me acuerdo del viento.

    Me acuerdo de cuando mi madre se compró su 127 blanco. Tenía una banda negra en el costado porque era especial.

    Me acuerdo de una vez que mi hermana y yo llorábamos en su compleaños. Yo le había regalado un jabón en forma de zueco.

     

    [Un artículo estupendo de Juan Bonilla, en su propia página, donde se explica muy bien de qué va la cosa, junto con otros motivos de agrado que se verán al pinchar. Además, creo que vale la pena darse una vuelta por el sitio; a mí Bonilla me gusta:
    http://es.geocities.com/juanbonillaweb/texto.html
    Los Je me souviens de Perec, en francés:
    http://www.chez.com/ateldec/00002000/index.html
    Sobre George Perec, en inglés. Una reseña de Je me souviens y enlaces interesantes sobre él y el Oulipo:
    http://www.complete-review.com/reviews/perecg/jemes.htm
    Sobre Joe Brainard, en inglés:
    http://www.findarticles.com/p/articles/mi_m1248/is_n7_v85/ai_19628879]

  • Recuerdo del purgatorio

    El purgatorio existe. Una pared pintada de verde desvaído y una bombilla que apenas alumbra. Una habitación sin ventanas. Un lavabo, una silla, una papelera, un periódico manoseado.

    El purgatorio es una habitación de una pensión barata, a medianoche, y estar solo.

    El infierno es no salir nunca.

  • Blogobot

    He andado por ahí los últimos diez días, de vacaciones. Algunas de esas cosas que he visto o que he hecho acabarán saliendo aquí. El bloguero es un autómata de un proyecto de digitalización a quien se le ha asignado para volcarla en la red una parcela de realidad analógica.

    Así que en los días que vendrán hablaré de un número indeterminado de olas, de un viejecillo con un pañuelo en la cabeza, una roca marina en forma de camello, una ciudad polvorienta y luminosa, pájaros, bares de barrio. Mi lote de realidad, como el que vuelca un capacho lleno de uvas, en la vendimia.

  • Avellana: su cuaderno de viaje III

    En Antazona vuelan como si no tuviese importancia.
    Uno los ve subir, bajar. Charlan un poco, se dan otro vuelo, hasta la orilla del río, del pináculo de la catedral a una terraza. Lo de menos es el vuelo: al cabo de un rato, uno no envidia sus alas, envidia esa manera de ser.

     

    El fantasma de un mensajero golpea de puerta en puerta con una carta en la mano. No se sabe por qué, su destino depende de que entregue esa carta. Al cabo de unos días, nadie le abre.

     

    El arbayán se llama así por la región de Arbay, en Dendia, que es donde se daba este color azul, al menos al principio. En algunas piedras cristalinas, en una especie de pájaros menudos, en el cielo poco antes de caer la noche, si está despejado.

     

    En otra región crece una medusa enorme. Se hincha hasta ocupar el espacio completo del lago, viciosa, ahíta, embebida de toda su agua.

     

    El camino hasta el pozo del Noc se interna en la montaña a través de una gruta natural que se ha ensanchado a mano para que quepa una persona de frente. Los visitantes hacen fila en silencio y en la oscuridad a lo largo del camino, que desemboca en una estancia circular de techo alto, también en tinieblas. En el centro está el pozo.

    Cuando te llega el turno, te acercas al pozo, te asomas, y abajo —parece que casi podrías tocarlas con la punta del pie si te descuelgas—, ves estrellas.

     

    Esta gente reza en templos hechos de voces. Los erigen sobre la hierba o sobre lajas de piedra lisa. Terminada la ceremonia, perduran un rato en el aire y se deshacen.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje II]

  • Faltas personales

    1/ Bastaría con que el mundo propendiese un pelín más a la abstracción y yo no sería un inadaptado.

    2/ Nunca he querido ser más que nadie. Yo solo quería ser más que yo.

    3/ El mundo es inteligible. Pero lo digo como quien proclama una fe.

    4/ Estoy aquí, en mitad de mi vida, como un hombre aturdido en medio de un gesto porque de pronto ha olvidado su intención.

    5/ Señor, no nos dejes caer / en la soledad.

  • Una historia antigua

    Supongo que todo el mundo se sabe la historia. Cuenta lo que le pasó una mañana de San Juan el conde Arnaldos cuando iba de caza, con su halcón en la mano. Iba a caballo por el borde del mar —no cuesta nada imaginarlo en la playa— y de pronto ve acercarse a tierra un barco maravilloso, con las velas de seda y las jarcias de lino. Pero lo más maravilloso es el canto órfico del marinero que lo lleva, que la naturaleza atiende: una canción que sosiega las olas, posa a los pájaros calmados sobre la arboladura y atrae a los peces desde el fondo del agua. El conde Arnaldos, seguramente hechizado él también por la virtud del canto, rompe a hablar. Supongo que todo el mundo sabe lo que le dice al marinero. Le dice a voces: «Te lo pido por Dios, marinero, dime qué dice esa canción». Le pide que le ponga en el secreto del canto.

    Imaginamos que el marinero se volvería hacia el conde, desde su barco, ya muy cerca de la playa; aunque desconocemos con qué expresión en el rostro, es decir, con qué intención o con qué expectativa, porque no sabemos nada del marinero. Solo que le fue a dar esta respuesta: «Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va».

    Nada más, desde hace al menos quinientos años. Aquí se acaba esta historia, en su versión canónica. Ignoramos qué hizo el conde, qué comportaba subirse a ese barco, qué precio había que pagar por el conocimiento, si es que costaba algo. Qué haríamos cualquiera de nosotros si oyéramos una canción de maravilla, una mañana, y nos propusieran una decisión incondicional sin saber qué espera al otro lado de la puerta.

    Sí me parece claro qué haría yo en caso de ser el marinero: exactamente lo mismo.

    [El romance completo, según la versión del Cancionero de romances sin año:

    Romance del conde Arnaldos

    ¡Quién hubiese tal ventura     sobre las aguas del mar
    como hubo el conde Arnaldos     la mañana de San Juan!
    Con un falcón en la mano     la caza iba a cazar,
    vio venir una galera     que a tierra quiere llegar.
    Las velas traía de seda,     la ejercia de un cendal,
    marinero que la manda     diciendo viene un cantar
    que la mar facía en calma,     los vientos hace amainar,
    los peces que andan ‘nel hondo     arriba los hace andar,
    las aves que andan volando     ‘nel mástil las faz posar.
    Allí fabló el conde Arnaldos,     bien oiréis lo que dirá:
    —Por Dios te ruego, marinero,     dígasme ora ese cantar.
    Respondióle el marinero,     tal respuesta le fue a dar:
    —Yo no digo esta canción     sino a quien conmigo va.

     

    Esta y otras versiones conservadas:
    http://faculty.washington.edu/petersen/321/arnaldos.htm]

  • La escuela de Beslán

    Albert Camus deseaba la justicia; a la vez, era consciente de los crímenes cometidos en su nombre. Así que expresó de este modo la quintaesencia de las elecciones morales: «Yo creo en la justicia, pero defendería a mi madre antes que a la justicia». Desde ahí se empieza.

    No hay ninguna razón abstracta que pueda obligar a un hombre a matar a unos niños en una escuela secuestrada, y una vez que ese hombre lo ha hecho, entonces no hay ninguna disculpa abstracta que lo libere de la carga del más espantoso de los crímenes que se pueden cometer contra la más indefensa de las víctimas. En los días que vendrán oiremos cómo unos y otros contextualizan los hechos, cómo se buscan causas, cómo se intenta explicar, cómo se reparten responsabilidades y culpas. Pero nada de eso podrá aligerar el peso del horror de la culpa que cae sobre cualquiera de esos hombres que se han cubierto de bombas y han secuestrado una escuela llena de niños.

    Porque en el fondo, todas esas explicaciones nada tienen que ver. O sí, pero son escolios, marginalia. El culpable es un hombre. No sirve la obediencia debida. No le sirve al torturador que obedece a sus superiores jerárquicos ni tampoco al que obecede el mandato de su patria, o el de Dios, o el de sus muertos que reclaman venganza. El mal en estado puro no puede llamar en su disculpa a ningún mal anterior.

    Ninguna colectividad diluye el tamaño de la culpa sobre los hombros de un hombre que ha decidido entrar a propósito en una escuela cubierto de bombas. Si no entendemos eso y a partir de ahí organizamos el universo moral, estamos perdidos.

    La moral puede llegar a ser una asignatura compleja, pero en el último de los casos nos queda Camus: «Yo creo en la justicia, pero defendería a mi madre antes que a la justicia». Nada puede obligar a un hombre a atacar a su madre. Ni a matar a unos niños. Desde ahí se empieza.