Categoría: Ficciones y prosas

  • Olor

    Las mujeres tienen olor en el cuello, detrás y a un lado, justo bajo la nuca. Eso es maravilloso. Y también huelen en las sienes, no sé a qué, pero nada hay mejor que meter la nariz en la sien y respirar ahí. Es un perfume mejor que la música.

    Si se guardara en un frasco de cristal y uno lo abriera, ay, Dios, cuando uno esta a solas en casa, qué hermosura, y qué tristeza.

  • Una ocurrencia

    Como la vejez todavía está lejos, lo mismo que el recuerdo de mi niñez, esto se queda por ahora en hipótesis: los viejos y los niños —principio y final— ven claras las cosas esenciales de la vida, que son cuatro o cinco; en esa sencillez elemental está la verdad, y todo lo demás —lo de enmedio—, es retórica.

  • Unicornio

    Los amores comparten cosas extrañas. Entre ellas, esta mujer y yo tenemos en común un unicornio. Hace años que no nos vemos y de pronto me envía un mensaje al teléfono hablándome del unicornio. Se ha acordado de mí; dice que en su ciudad es una mañana de lluvia.

    Yo, por mi parte, he venido a parar a un barrio del confín y estoy solo, en un bar oscuro con unos hombres brutales, tan cansado. Aunque no es algo que yo vea; a fin de cuentas he metido muchas más horas en bares perdidos que en las bibliotecas o en el teatro.

    Hace sol en Madrid, fuera del bar. Me he comido lo que me han dado. Entonces llega el unicornio irreal, y en la caverna es imposible no verlo como un resplandor fantástico en mitad de la noche. Que es como aparece el unicornio.

  • Las dudas obligatorias

    Un hombre va en tren y va cantando, pero su canto no afecta a la marcha del tren. Dicen los antropólogos que los pueblos primitivos desconocían la relación de causa entre el acto sexual y el embarazo; que esa relación es un descubrimiento cultural. Claro, para reproducirse no hace falta saber: la vida ocurre y nosotros cantamos. Ningún animal sabe. Con el tiempo hemos llegado al espíritu. Consciencia, conocimiento, nous: «lo que no es naturaleza». Y sin embargo, tengo que preguntarme si no es un prejuicio creer que el espíritu resulte capaz de decidir en la marcha del mundo. Si no es otra ilusión entre las ilusiones de las épocas.

    Cuando el tren acelera, el hombre se alegra y alza la voz; cuando el tren se detiene él susurra. Y si el espíritu es un hombre que va en un tren y va cantando.

     

    [Sobre el ciclo decisional neuroetológico de la sanguijuela: http://club.telepolis.com/ohcop/cdn.html]

  • Dioses II

    Me imagino un valle inaccesible en una isla remota, allí donde docenas de especies de plantas y animales no han sido descubiertas por la ciencia. También hay una tribu que ha perdido el contacto con la humanidad hace siglos. El valle está cubierto de nubes perpetuas. Estos hombres desconocen lo que hay al otro lado de las montañas que los cercan y desconocen el cielo.

    Durante la Segunda Guerra Mundial, la aviación norteamericana comienza a sobrevolar el valle. Los bombarderos y los aviones de carga pasan muy alto, por encima de las nubes, camino de una base en la costa. Desde el suelo se oyen pesadamente los motores, de día o de noche.

    Ahora imagino que uno de los habitantes del valle cree que se trata del retumbar de los dioses, más allá del techo del mundo. ¿Cómo podría comunicarse con los dioses? Si él pudiera, ¿qué le contarían? Le hablarían de un mundo fantástico. El hombre sigue con la mirada el recorrido del estruendo del avión, intentando salvar las nubes con el pensamiento. Alrededor de él hay palos, magia, tejidos, piedras, cuerdas, mitos. Nada que le sirva para comunicarse con los aviadores.

    En realidad, puede. Bastaría con que se construyese un aparato de radio y pronto la tripulación de un B-29 recibiría los ruidos extraños. Tarde o temprano tendría respuesta.

    Nosotros sabemos que no puede. Pero si pudiera contruirse una radio, es decir, si pudiera fundir metales, generar electricidad, descubrir las ondas de radio, inventar la teoría de un mundo gobernado por unas leyes fantasmagóricas, entonces, ¿qué podrían contarle los dioses?

     

    [Cargo cult: http://en.wikipedia.org/wiki/Cargo_cult
    La tercera ley de Clarke: http://en.wikipedia.org/wiki/Clarke’s_three_laws]

  • Noche de domingo

    Es domingo por la noche. Las ventanas de Madrid empiezan a alumbrarse una tras otra porque mañana por la mañana hay que ir al trabajo. Es obligatorio cruzar la línea esta noche y entrar a tiempo en casa.

    Las ventanas encendidas sobre las siluetas oscuras de los edificios. En el interior de cada luz las calefacciones se ponen en marcha, se calienta la cena, se guarda o se saca la ropa de los armarios. Hay quien baña a los niños pequeños.

    El viento anda en la calle y hace frío. Se enciende otra ventana, otra.

    Las puertas de la ciudad medieval se cerraban al caer la noche. Dentro de las murallas el pueblo dormido y volutas de humo; afuera el campo abierto, la boca del lobo y la soledad extraña. Si por ventura arribaba a deshora un rezagado, debía permanecer fuera de la línea de las murallas, a ver llegar la escarcha. Quien esta noche no se meta a tiempo en casa y encienda una luz se quedará fuera, al otro lado, mirando pasar la noche, contemplando la sombra espesa de los muros de la ciudad en las tinieblas.

  • El tiempo en el norte

    En donde yo nací, para saber el tiempo miramos por encima del cementerio, que está junto al mar. Los antiguos no construyeron la ciudad al borde del mar cruel, porque allí no puede vivir nadie. Hay orillas grises, hierba rala, pájaros solitarios y viento del norte. La ciudad la hicieron en otra parte, a la orilla de la bahía, encarada al sol del sur. Junto al gran mar abandonado pusieron el cementerio, donde hay frío y sombra.

    Así pues, desde la ciudad miramos hacia el noroeste, por encima de donde sabemos que se encuentra el cementerio, y de allí nos vienen las noticias del tiempo que tendremos. Las nubes negras llenas de agua y de frío, o el cielo claro, depende.

    Me acuerdo ahora de estas cosas por algo que no tiene nada que ver. Me explico. Un día me di cuenta de que había una teoría local sobre el tiempo distinta de la teoría general meteorológica, la que uno ve en la televisión. Una teoría para lo grande y otra distinta para lo pequeño. Se suponía que las dos no podían ser verdaderas a la vez, pero yo no podía concebirlo. Esa incomodidad derivó muchos años después de una forma inesperada: salí de mi ciudad provincial y me enteré de que la misma zozobra la comparten las cabezas del gran mundo. Resulta que nadie sabe si ninguna teoría dice la verdad. Mi pequeña grieta mental se ensanchó hasta el tamaño del universo, esa es la solución.

    Ya digo que no tiene nada que ver. Lo que me pasa es que yo me acuerdo del cementerio de mi ciudad como el hombre que ha salido de noche a cenar con unos amigos y piensa, y sabe, que se le olvidado algo muy importante en una habitación de su casa, dentro de un cajón, en un armario.

  • El conflicto

    La naturaleza animal del hombre le lleva a vivir en conflicto con la otra parte de su naturaleza, que es la de animal doméstico.

  • En otro lugar. La caja misteriosa

    Encierran un gato en una caja especial. Tan bien cerrada que es como una noche perfecta. No deja pasar la luz ni el ruido, ni el calor, el recuerdo; ni siquiera el tiempo o la lógica ven una rendija para entrar en ella.

    Las reglas dicen que no se puede abrir la caja. Por eso no se sabe qué hay dentro, qué fue del gato. Es un misterio.

    Tantos años lleva ahí la caja. Si uno mira por la ventana del museo, afuera ve el parque interminable y los jardines, pájaros vivos, un estanque de agua verde. Las nubes pasan por el cielo.

     

    [En otro lugar]

  • En otro lugar

    A veces sucede que dos hombres enemistados llevan los vaivenes de su odio más allá de lo razonable y estorban la paz del país. Un día acaban con la paciencia del rey; los soldados los arrastran al crucero del templo mayor, los arrojan al suelo y los amarran espalda con espalda. Los sacerdotes, a los que han sacado de la cama en mitad de la noche, cantan con voz temerosa mientras dura el rito que mancuerna las vidas de los dos enemigos. Luego los desatan y los mandan separarse a los extremos del continente si no quieren que su carne sea echada a los perros.

    De ahí en adelante sus destinos son invertidos e iguales. Cada golpe de fortuna le depara al otro la misma medida de desgracia; cada mal lleva ese exacto bien a la contraparte. Si uno pierde un anillo de oro, al otro le llegará una joya por azar; si uno se desposa, el otro encontrará su casa vacía. El verano es invierno, lo dulce es amargo, los garbanzos son hambre, las pulgas besos; las noches de dolor de muelas son jardines nocturnos y música. Todo el tiempo sienten al gemelo como bajo su misma piel.

    Puesto que no pueden dañar derechamente al otro, cada cual se desespera por aumentar su propio bien, de modo que sus vidas antes inútiles ahora acrecientan el bienestar de la nación. A medida que pasan los años, sin embargo, la mayoría de estos hombres termina por conducirse en torno a un discreto punto medio, y al final de los tiempos, fatigados y sentidos, hay que ver que hasta los más obstinados acaban desarrollando por su gemelo algo como esa aflicción del alma que llamamos caridad, o compasión.