Categoría: Ficciones y prosas

  • Si la cosa está yo estoy aquí

    La literatura que a mí me gustaría escribir, en su forma más pura, es esa que practican los niños cuando señalan con el dedo, durante el tiempo en que aún no hablan. ¿Los habéis mirado? Ellos ven la cosa —la que brilla, la que suena, la que está, la cosa alta, la lisa, la naranja— y la señalan. Uno, hecho a los gestos del adulto, se pregunta qué quieren de la cosa, pero no quieren nada. Es solamente que la cosa es, y es de ese modo, ahí. Una literatura de la ostensión. Una celebración de la cosa, y a la vez del niño. Si la cosa está ahí yo estoy aquí.

    Escribir de ese modo sería como dar con un camino de vuelta. Porque yo soy ya un habitante de una dimensión teleológica. Mi mundo es una trama de porqués. No se puede escribir pan luz agua mujer piedra, y ni siquiera he ahí una mujer agua como la luz y la piedra, casi ni una mujer sentada sobre la piedra inclina la cara sobre la luz del agua, sino que al escribir hay que ahondar su porqué.

    Si no, no vale. Si dices «aulaga» a un compañero silencioso, él se volverá y te preguntará por qué lo dices. Por nada, respondes. Pero se supone que lo dices para algo, no como un niño, no para manifestar la aulaga, su olor silvestre o su recuerdo, no para revelarla y celebrarla. La palabra no es una epifanía. Se dice por una razón. Viene al caso.

    Es más, parece que en eso consiste precisamente la literatura, en llegar al sitio de donde a mí me gustaría partir. La mejor literatura es una soberbia construcción que acaba manifestando de la profunda verdad de lo presente.

    Qué rodeo más largo; tanto trabajo para demostrar las cosas, las simples cosas que están ahí y que ya no comprendemos con que nos sean, sencillamente, mostradas.

  • La creatividad y el desorden

    En la costa de Bezumbre, región de espíritu inquieto, se les ocurrió someter a crítica el tópico del faro luminoso, y en su lugar erigieron un faro de voz. De este modo, el faro, colocado sobre un islote pedregoso en la boca de la rada de Pretel, avisaba por su bien a los navegantes con su estentórea voz girada: «¡Eh, aquí, cuidado, eh! ¡Aquí hay bajíos! ¡Aquí escarpadas rocas! ¡Eh, eh!». Como el clima de la zona abunda en nieblas espesas, la idea prosperó, y el faro aún perdura.

    Región siempre inquieta, al fin y al cabo, un buen día el faro de Bezumbre sometió a crítica esa inercia monótona de malgastar tan buena voz en gritar voces, y comenzó a cantar. Boleros, habaneras, coplas, tangos arrastrados, fados aprendidos de los marineros. Cualquier navegante que costee por allí oirá su hermosa voz de tenor entre la niebla dándole vueltas a pasiones de hombre.

  • El don

    Yo sé que lo reconoceré en cuanto lo vea. Tengo esa capacidad. Es el don que se me ha dado, como una estrella en la frente.

  • La hierbadiosa o mería

    Los marineros y la gente del puerto de esta ciudad aseguran que quien sabe encaminar sus preguntas acaba encontrando algún vendedor de hierbadiosa, o mería, con la que se hace una infusión muy deseable. No resulta especialmente aromática, y a la vista tiene un aspecto aguanoso y del todo común. Quien la toma nota pronto un calor repentino e intenso en los pies, el rostro y las manos, y a continuación una sacudida brutal de placer en su sexo que dura más o menos tiempo según la virtud de la yerba, pero que en todo caso supera al del coito. Dicen además que la sensación es algo distinta, aunque no se aclara de qué modo. El hombre o la mujer que la toma queda descoyuntado por el placer, y de nada recibe más gusto entonces que de permanecer largo rato en el mismo sitio, reposando.

    A partir de los relatos, no es fácil formarse una idea acerca de su precio. Quienes reconocen haberla probado, mientras lo cuentan, recuerdan para sí y sonríen, como aquel que está iniciado en un secreto.

  • La vida es un zoo.

    Te va mostrando, uno tras otro, personajes asombrosos. La cosa consiste en permanecer siempre del lado bueno de las rejas.