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  • Avellana: su cuaderno de viaje II

    La pasión nacional en Hanu es un deporte que se juega en las grandes playas, sobre la arena lisa y húmeda que descubre la marea baja. Es una mezcla de representación y de batalla táctica, y, en esencia, lo que importa —lo que dirime las partidas y el público sigue con fascinación— son los dibujos que trazan sobre la arena los pies y los bastones agudos de los jugadores. Se juega los fines de semana, y a las partidas concurren cientos de curiosos.

    Terminado el juego, a la luz menguante de la tarde, algunos aficionados estudian el desarrollo de la partida caminando sobre la arena desordenada, siguiendo con la vista el surco de una maniobra envolvente que conduce a unas pisadas bruscas rodeadas de terrones, el rastro de un amontonamiento apresurado, unas huellas de pasos que componen hexágonos tácticos. Leen una escritura sobre la arena que narra una historia de tretas, apuestas, derrotas inauditas y victorias ingeniosas.

    La marea alta limpiará enseguida con su mano de agua toda esa memoria de lances y caminos que se entrecruzan, y dejará lisa la playa como una tablilla impoluta de cera dispuesta a ser usada como si fuese la primera vez.

    [El cuaderno de viaje de Avellana]

  • Máxima

    Poco a poco voy haciéndome viejo, pero, por la razón que sea, aún no lo he conseguido del todo. Cuando me salga bien y sea viejo viejo, entonces instruiré a los jóvenes en el pensamiento crítico mediante este lema: «¿Cómo va a ser verdad, si está de moda?».

  • Un golpe en la puerta

    De mi primera época de lector de ciencia ficción recuerdo un célebre cuento ultracorto de Fredric Brown que decía así:

    Después de la última guerra atómica, la Tierra estaba muerta; nada crecía, nada vivía.
    El último hombre estaba solo, sentado en una habitación. Alguien llamó a la puerta.

    Años después, me encontré este otro, de Thomas Bailey Aldrich, Sola y su alma:

    Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.

    Se supone que el de Brown es de 1951; el de Aldrich, de 1912. Resulta obvio que por debajo de estas dos historias hay una tercera que yo desconozco. Sigo sin tener prisa; esperaré a que algún día llame a mi puerta.

    [Aunque entretanto yo tengo mi hipótesis: sospecho que el primer cuento nunca ha existido y que lo han escrito el azar y los años, aunque se pueda hallar el texto inglés en Internet: http://www.gwillick.com/Spacelight/brown.html
    y yo leyera varias veces, en su día, la traducción castellana (de hecho, la he escrito ahora de memoria, porque por Internet —o entre mis libros— no se encuentra). Sin embargo, bajo esa forma es rarísimo. La abundante es otra versión más breve y mucho más sosa, y también, empiezo a creer, más verdadera.

    Por otro lado, mucho me temo que tampoco el segundo cuento exista. Ominosamente, aparece en la famosa Antología de la literatura fantástica de Borges, Casares y Ocampo, con lo que hay que temerse lo peor. O lo mejor, según se aprecien las bromas literarias.]

  • Un consejo

    El verano es la estación del ahora.

  • Rito de junio

    Como un juego, me gusta adoptar h�bitos voluntariosos, repetir un acto o un gesto hasta consagrarlos sin mayor motivo. Este es uno de esos ritos m�os informales, acordarme alguna noche del mes de junio del poema de Gil de Biedma, naturalmente este, qu� remedio:

                NOCHES DEL MES DE JUNIO

    A Luis Cernuda

    Alguna vez recuerdo
    ciertas noches de junio de aquel año,
    casi borrosas, de mi adolescencia
    (era en mil novecientos me parece
    cuarenta y nueve)
                                 porque en ese mes
    sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
    lo mismo que el calor que empezaba,
                                                               nada más
    que la especial sonoridad del aire
    y una disposición vagamente afectiva.
    Eran las noches incurables
                                              y la calentura.
    Las altas horas de estudiante solo
    y el libro intempestivo
    junto al balcón abierto de par en par (la calle
    recién regada desaparecía
    abajo, entre el follaje iluminado)
    sin un alma que llevar a la boca.
    Cuántas veces me acuerdo
    de vosotras, lejanas
    noches del mes de junio, cuántas veces
    me saltaron las lágrimas, las lágrimas
    por ser más que un hombre, cuánto quise
    morir
            o soñé con venderme al diablo,
    que nunca me escuchó.
                                         Pero también
    la vida nos sujeta porque precisamente
    no es como la esperábamos.

    Hace tiempo que no soy un adolescente, pero creo que no se me ha olvidado c�mo era. Y, en todo caso, cada junio sigo sintiendo esa especial sonoridad del aire, la angustia peque�a y otras cosas.
    Bien, ya est� hecho el rito.
    (El poema pertenece a Compa�eros de viaje; yo lo he sacado de una antolog�a de Gil de Biedma en C�tedra, Volver).

  • Eleática

    Siendo todavía un niño, a Aquiles se le revelaron en una sola noche los detalles de una ópera luminosa que pensó en llamar La Gran Tortuga, porque él se representaba este animal acorazado como el emblema del tiempo.

    Primero tuvo que terminar sus estudios; después completó su formación musical durante seis años. Buscó un lugar donde vivir y sentarse a componer su obra. Entonces tuvo que meterse a dar clases de piano, una ocupación enojosa y mal pagada que estorbaba su verdadero trabajo, pero que a cambio le deparó por ventura una mujer de ojos brillantes por la que comprendió que hasta entonces había vivido desnudo. Fue un tiempo inacabado y feliz. Una de aquellas noches, Aquiles empezó a ver disminuida la figura de su tortuga, como un objeto que se aleja.

    Necesitaban una casa donde estar juntos, de modo que los dos decidieron estudiar para un empleo tranquilo. Aquiles supo una mañana de junio que sería padre de un niño, y luego otros, que rompían a llorar de madrugada, crecían, sanaban y sumaban y se sentaban al piano de una casa cada vez más grande y bulliciosa. A la hora del sueño, acostado, Aquiles distinguía a veces la imagen minúscula de la tortuga contra el horizonte, siempre más lejos, cuando le había parecido tan cercana.

    El resto de la historia es bien conocido; más o menos como la cuenta Zenón.

  • El cuaderno de viaje de Avellana

    Entre las cosas de Avellana he encontrado lo que parece un cuaderno de viaje: en la tapa figura una ilustración de un río con manglares, una bruma que se alza al fondo del cuadro y un animal noble y desconocido en medio; los márgenes están decorados con motivos geográficos: largavistas, sextantes, faros y ballenas. Las páginas iniciales las ocupan croquis, rayones y bosquejos; la primera frase que puedo leer dice: «El galote. Se llama así un árbol que da una sola fruta cada verano. Le crece en el centro de la copa, y es carnosa y redonda como un globo». Pero al lado aparece dibujado una especie de hombrecillo con sombrero hongo. No lo entiendo. En las páginas siguientes hay más anotaciones:

    «La libélula acorazada. Es muy miope. Se topa todo el rato contra cualquier cosa, así que cuidado».

    «Las allunas. A las allunas las llaman también golondrinas de almizcle. Pasan volando y pasa con ellas el rastro de un aroma angélico».

    «Ulupe es un pueblo razonable, con buenas manufacturas. Allí tienen unos pájaros negros y azules, del tamaño de una corneja, que, dicen, acuden al olor del hombre santo. Una vez, hace años, un murmullo de la multitud cubrió la plaza, como un gemido, cuando fueron a posarse en la cabeza del ahorcado».

    «Ulupe es un pueblo triste, agobiado por una antigua culpa».

    «En Imbea les encanta ese proverbio: la luz no sabe doblar las esquinas».

    Vienen luego varias páginas con dibujos absurdos, y después continúan las anotaciones.

  • Me pregunto

    si es lícito el deseo de evitarse algo obligatorio para todos los hombres.

  • Una voz en la noche recitando versos por la radio

    Una voz en la noche recitando versos por la radio.
    El rostro hundido en un cuello de muchacha.
    El sabor salado de las letras de un párrafo.
    Una tarde de verano en Alemania.

    De mi infancia, un domingo de sol y campanas,
    y en el cielo una brisa de palomas


    Vosotras, mis cosas,
    ¿vendréis a mí ese día, cuando os llame,
    como un rey que ha caído en la batalla?


    ¿O no,
    y tendré que pasar, entonces, solo?

  • Sucessus textor amat

    Al hilo del post anterior, hablaba con Ike en los comentarios acerca de que quizá sea esta la primera vez que el común de la gente va a dejar detrás de sí recuerdo escrito de su existencia. No una persona señalada —un escriba, un grabador, un pensador, un monje—, sino la gente misma. Si la Historia comienza con la aparición de la escritura, entonces podría decirse que de algún modo es ahora, con Internet, cuando los individuos empezamos a entrar en la Historia (y si eso suena emocionante, aclaro que se trata de un efecto indeseado).

    Todo ello es verdad de modo genérico, ya que, en cambio, ha habido infinidad de casos particulares en los que individuos del común han dejado escritas huellas de su paso por el mundo. Mientras escribía a Ike me vino a la cabeza una inscripción que me hicieron traducir hace mucho tiempo en una clase de latín vulgar. Se trata de un grafiti en una pared de la ciudad de Pompeya, que dice:

    Sucessus textor amat coponiaes ancilla,
    nomine Hiredem, quae quidem illum
    non curat, sed ille rogat, illa comiseretur.

    «El tejedor Suceso ama a Hiredes, la criada de la tabernera, que no le hace caso; pero él le ruega, y ella se apiada».
    Es una historia muy antigua y, por lo que sabemos, termina bien. Lleva dos mil años en aquel muro, pero podrían haberla escrito esta mañana.

    Juan Avellana estuvo aquí»]