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  • Newtoniana

    El diablo de los cuentos, algunos enanos del bosque, las brujas, ciertos genios e incluso hadas solo te dan algo a cambio de algo tuyo, posiblemente muy querido. Cumplen así con la función simbólica de representar una ley de la vida en sociedad, y es que cada acto que emprendes te compromete. Todo acto te liga a sus consecuencias; en la vida en sociedad, ademés, un acto te encadena a su contraparte, de la que eres paciente. Es algo que pertenece a la física de las relacioneá humanas, una suerte de ley de acción y reacción.

    Esto, que no es razonable, y para lo que yo no tengo un porqué, se aprende sin embargo con la experiencia, y es de lo que intentan avisarte los mitos y los cuentos.

  • Vida

    Los años
              dejan
    y quitan
    como las olas

  • Marina III

    Había un personaje de Los lunes al sol que no conseguía quitarse el olor a pescado de la fábrica de conservas. Es un rasgo verídico, porque conocí un pescador que hacía algo parecido. Con la soledad pasa un poco lo mismo: nunca se te va ese olor de encima.

  • «Gratitud

    Gracias aroma
    azul,
    fogata
    encelo.

    Gracias pelo
    caballo
    mandarino.

    Gracias pudor
    turquesa
    embrujo
    vela,
    llamarada
    quietud
    azar
    delirio.

    Gracias a los racimos
    a la tarde,
    a la sed
    al fervor
    a las arrugas,
    al silencio
    a los senos
    a la noche,
    a la danza
    a la lumbre
    a la espesura.

    Muchas gracias al humo
    A los microbios,
    al despertar
    al cuerno
    a la belleza,
    a la esponja
    a la duda
    a la semilla,
    a la sangre
    a los toros
    a la siesta.

    Gracias por la ebriedad,
    por vagancia,
    por el aire
    la piel
    las alamedas,
    por el absurdo de hoy
    y de mañana,
    desazón
    avidez
    calma
    alegría,
    nostalgia
    desamor
    ceniza
    llanto.

    Gracias a lo que nace,
    a lo que muere,
    a las uñas
    las alas
    las hormigas,
    los reflejos
    el viento
    la rompiente,
    el olvido
    los granos
    la locura.

    Muchas gracias gusano.
    Gracias huevo.
    Gracias fango,
    sonido.
    Gracias piedra.
    Muchas gracias por todo.
    Muchas gracias.

    Oliverio Girondo,
    Agradecido.

     

    Oliverio Girondo, en Persuasión de los días.
    [Gracias a http://www.poeticas.com.ar/Directorio/
    Poetas_miembros/Oliverio_Girondo.html
    , donde hay más poemas, y no solo de Girondo.]

  • En el arte

    contemporáneo, a menudo la obra no dialoga con el espectador, sino con la época en que está inscrita. Para enterarse de esa charla el espectador debe aprenderse el idioma que ellos usan y escuchar en silencio, ahí afuera.

  • Fantasmas

    En las noches inquietas, cuando doy vueltas en la oscuridad sin alcanzar el sueño, siempre se me viene a la cabeza aquel verso de Goytisolo: «y el viento en el postigo recita tus mentiras». No me extraña; los fantasmas de mi casa son mis promesas incumplidas.

    [José Agustín Goytisolo: de «Non Non», en Palabras para Julia (Lumen).]

  • «Poema

    Tal vez en el principio
    el tiempo y lo visible,
    inseparables hacedores de la distancia,
    llegaron juntos
    borrachos
    golpeando la puerta
    justo antes de amanecer.
    Con las primeras luces pasó su embriaguez,
    y tras contemplar el día,
    hablaron
    de la lejanía, del pasado, de lo invisible.
    Hablaron de los horizontes
    que rodean todo
    lo que todavía no ha desaparecido.

    John Berger, en Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible (Árdora). Traducción: Pilar Vázquez.

  • Juan Avellana estuvo aquí

    Damos por supuesto que aquí se refiere al retrete, a la tapia, a la ruina célebre. Pero en un sentido más amplio, aquí es el mundo. «Juan Avellana pasó por el mundo». A este respecto, un grafiti viene a equivaler muy resumidamente a una novela. «Los Juanes Avellanas estuvimos aquí» puede leerse en las paredes de las bibliotecas.

  • Refrán

    No hay peor ciego que el que no quiere cambiar.

  • Pescador

    Me llama Blaise en un comentario «marin en terre», pero la verdad es que me queda grande. Para empezar, yo me mareo como un perro.

    Aunque no es la primera vez; en mi barrio, con diecisiete o dieciocho años, solían confundirme con un pescador: alguno de mi edad que debía de parecérseme tanto como para que sus conocidos se dirigiesen a mí en plena calle, o para que insistieran en invitarme en los bares. Acabé acostumbrándome, y respondía con mucha soltura. Me hacía gracia. Una vez engañé a unas muchachitas preciosas, pero por nada a cambio; solo porque me dio pena desilusionarlas.

    No sabía quién era el otro o qué aspecto tenía. Tampoco hice mucho por resolver el misterio, porque me imaginaba que acabaría cruzándomelo por el barrio, que no era tan grande. Pero nunca lo vi. O sí; igual nos miramos un día en medio de la calle y fuimos los únicos en no reconocernos.

    A partir de entonces, los dos habremos trabajado de madrugada hasta el alba y pasado mucho tiempo fuera de casa; los dos habremos tenido en algún momento a una novia muy lejos. Por lo demás, él se habrá llevado la incertidumbre, el frío, el olor del gasóleo, el carácter supersticioso y la costumbre del silencio. Yo los libros y la lengua, las dioptrías, los autocares nocturnos, las historias tejidas de palabras y esta otra red. No sé. Me gustaría encontrármelo un día. Le preguntaría si ha valido la pena.