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  • Recuerdo del purgatorio

    El purgatorio existe. Una pared pintada de verde desvaído y una bombilla que apenas alumbra. Una habitación sin ventanas. Un lavabo, una silla, una papelera, un periódico manoseado.

    El purgatorio es una habitación de una pensión barata, a medianoche, y estar solo.

    El infierno es no salir nunca.

  • Edad

    Palabras, canciones
    placeres de los días
    esposas
    madrugadas
    costas desconocidas
    la hermosa razón:
    cosechas de la edad adulta
    que el tiempo me trae cada mañana.

    El tiempo,
    que se lleva mi vida con dos manos.

  • A veces

    pienso que el destino nos da un poco de ventaja, luego se echa a correr, y nos alcanza enseguida.

  • El abismo y la belleza

    La frase me impresionó por encima de todo cuando vi en el cine A Beautiful Mind (Una mente maravillosa, en la versión española); me la vuelvo a encontrar ahora justo al abrir el libro, en su segundo párrafo.

    Este libro es la biografìa de John Forbes Nash, genio matemático y premio Nóbel, y también la de una mente espléndida devastada por la locura. Le preguntan a Nash cómo es posible que alguien como él, un matemático, un hombre entregado a la razón y a la demostración lógica, pueda creer que seres sobrenaturales le envían mensajes para la salvación del mundo.

    Él calla durante un rato; se queda mirando con fijeza a su interlocutor, «con una mirada tan fría y desapasionada como la de un pájaro o una serpiente», dice el libro, y por último responde: «Porque esas ideas sobre seres sobrenaturales me vinieron del mismo modo que mis ideas matemáticas. Así que me las tomé en serio».

    Vuelvo a encontrarme esa frase y me impresiona como la primera vez.

  • Luces

    Estas últimas vacaciones, a la entrada del otoño, estuve en la playa, al borde del Cantábrico. Vi que el sol tibio se extinguía como una candela.

    Luego bajé hacia el Mediterráneo. Me pareció que allí la luz del verano no se muere, sino que se transforma en otra cosa.

  • Blogobot

    He andado por ahí los últimos diez días, de vacaciones. Algunas de esas cosas que he visto o que he hecho acabarán saliendo aquí. El bloguero es un autómata de un proyecto de digitalización a quien se le ha asignado para volcarla en la red una parcela de realidad analógica.

    Así que en los días que vendrán hablaré de un número indeterminado de olas, de un viejecillo con un pañuelo en la cabeza, una roca marina en forma de camello, una ciudad polvorienta y luminosa, pájaros, bares de barrio. Mi lote de realidad, como el que vuelca un capacho lleno de uvas, en la vendimia.

  • De vuelta en casa

    Vosotros, los que visitáis esta página: la mejor noticia de los días de diario.

  • Avellana: su cuaderno de viaje III

    En Antazona vuelan como si no tuviese importancia.
    Uno los ve subir, bajar. Charlan un poco, se dan otro vuelo, hasta la orilla del río, del pináculo de la catedral a una terraza. Lo de menos es el vuelo: al cabo de un rato, uno no envidia sus alas, envidia esa manera de ser.

     

    El fantasma de un mensajero golpea de puerta en puerta con una carta en la mano. No se sabe por qué, su destino depende de que entregue esa carta. Al cabo de unos días, nadie le abre.

     

    El arbayán se llama así por la región de Arbay, en Dendia, que es donde se daba este color azul, al menos al principio. En algunas piedras cristalinas, en una especie de pájaros menudos, en el cielo poco antes de caer la noche, si está despejado.

     

    En otra región crece una medusa enorme. Se hincha hasta ocupar el espacio completo del lago, viciosa, ahíta, embebida de toda su agua.

     

    El camino hasta el pozo del Noc se interna en la montaña a través de una gruta natural que se ha ensanchado a mano para que quepa una persona de frente. Los visitantes hacen fila en silencio y en la oscuridad a lo largo del camino, que desemboca en una estancia circular de techo alto, también en tinieblas. En el centro está el pozo.

    Cuando te llega el turno, te acercas al pozo, te asomas, y abajo —parece que casi podrías tocarlas con la punta del pie si te descuelgas—, ves estrellas.

     

    Esta gente reza en templos hechos de voces. Los erigen sobre la hierba o sobre lajas de piedra lisa. Terminada la ceremonia, perduran un rato en el aire y se deshacen.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje II]

  • Faltas personales

    1/ Bastaría con que el mundo propendiese un pelín más a la abstracción y yo no sería un inadaptado.

    2/ Nunca he querido ser más que nadie. Yo solo quería ser más que yo.

    3/ El mundo es inteligible. Pero lo digo como quien proclama una fe.

    4/ Estoy aquí, en mitad de mi vida, como un hombre aturdido en medio de un gesto porque de pronto ha olvidado su intención.

    5/ Señor, no nos dejes caer / en la soledad.

  • Una historia antigua

    Supongo que todo el mundo se sabe la historia. Cuenta lo que le pasó una mañana de San Juan el conde Arnaldos cuando iba de caza, con su halcón en la mano. Iba a caballo por el borde del mar —no cuesta nada imaginarlo en la playa— y de pronto ve acercarse a tierra un barco maravilloso, con las velas de seda y las jarcias de lino. Pero lo más maravilloso es el canto órfico del marinero que lo lleva, que la naturaleza atiende: una canción que sosiega las olas, posa a los pájaros calmados sobre la arboladura y atrae a los peces desde el fondo del agua. El conde Arnaldos, seguramente hechizado él también por la virtud del canto, rompe a hablar. Supongo que todo el mundo sabe lo que le dice al marinero. Le dice a voces: «Te lo pido por Dios, marinero, dime qué dice esa canción». Le pide que le ponga en el secreto del canto.

    Imaginamos que el marinero se volvería hacia el conde, desde su barco, ya muy cerca de la playa; aunque desconocemos con qué expresión en el rostro, es decir, con qué intención o con qué expectativa, porque no sabemos nada del marinero. Solo que le fue a dar esta respuesta: «Yo no digo esta canción sino a quien conmigo va».

    Nada más, desde hace al menos quinientos años. Aquí se acaba esta historia, en su versión canónica. Ignoramos qué hizo el conde, qué comportaba subirse a ese barco, qué precio había que pagar por el conocimiento, si es que costaba algo. Qué haríamos cualquiera de nosotros si oyéramos una canción de maravilla, una mañana, y nos propusieran una decisión incondicional sin saber qué espera al otro lado de la puerta.

    Sí me parece claro qué haría yo en caso de ser el marinero: exactamente lo mismo.

    [El romance completo, según la versión del Cancionero de romances sin año:

    Romance del conde Arnaldos

    ¡Quién hubiese tal ventura     sobre las aguas del mar
    como hubo el conde Arnaldos     la mañana de San Juan!
    Con un falcón en la mano     la caza iba a cazar,
    vio venir una galera     que a tierra quiere llegar.
    Las velas traía de seda,     la ejercia de un cendal,
    marinero que la manda     diciendo viene un cantar
    que la mar facía en calma,     los vientos hace amainar,
    los peces que andan ‘nel hondo     arriba los hace andar,
    las aves que andan volando     ‘nel mástil las faz posar.
    Allí fabló el conde Arnaldos,     bien oiréis lo que dirá:
    —Por Dios te ruego, marinero,     dígasme ora ese cantar.
    Respondióle el marinero,     tal respuesta le fue a dar:
    —Yo no digo esta canción     sino a quien conmigo va.

     

    Esta y otras versiones conservadas:
    http://faculty.washington.edu/petersen/321/arnaldos.htm]