Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en iainclaridge.net. Una primavera antigua.
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La primavera
Una de estas noches de viento y lluvia del final del invierno, en el norte, mi madre me contó por teléfono que había soñado con la primavera.
Tres o cuatro años atrás los médicos le dijeron que tenía que hacer ejercicio, de modo que ella cogió el hábito de darse unas caminatas larguísimas. Pero el verano pasado cayó mala; empezó con su tratamiento y ya casi no volvió a moverse del sofá. Pasaron el otoño y el invierno, y hace justo un mes —yo escribía el post de febrero—, aquella noche mi madre estaba hundida en su sofá, desdichada y enferma, convencida de que no iba a llegar al final de la quimioterapia. Y sin embargo, me dice que la víspera ha soñado curiosamente con la primavera. Volvía a andar por uno de los caminos que solía, un prado casi vertical que hay cerca de su casa y que lleva a una vaguada; bajaba por ese prado que tiene escaleras, «¿sabes?», «sí, sí sé», y por todas partes estaba verde y florecido.
Ahora mi madre está sana y ha llegado la primavera, aunque aún hace frío. Al colgar el teléfono, pensé que aquella isla insólita que ella había visto en la lobreguez de la enfermedad y el invierno era mucho más extraña y mirífica que la fantasía que yo estaba escribiendo. Más primavera que la primavera, pienso aún, cuando desde aquí mismo veo los brotes en las ramas empujando alegres y los pájaros que cruzan el aire.
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El tiempo
Al principio había diecisiete cosas en el mundo y Dios se sentaba en medio a mirarlas.
Y en centro del Paraíso había un jardín con una extraña luz. Un día, uno de los Primeros Niños saltó la cerca de piedra y entró; se metió en la fuente a jugar con el agua que borbollaba y así se empapó de tiempo.
Según salía del jardín, el niño crecía hermosamente, el pelo espeso, esbeltos los brazos y las piernas. Al sentarse en el suelo posó la mano sobre una mata. El tronco de la mata se agigantó; se enramaron los tallos, brotaron las hojas apretadas, la copa inmensa se levantó a los cielos y rindió frutos.
Cuando los otros niños descubrieron al primero, vinieron a curiosearlo y lo toquetearon, fascinados, y enseguida empezaron a crecer también. Al dispersarse por el mundo, fueron contagiando todo lo que tocaban, los bichos, las herramientas, el agua, la hierba sobre la que dormían. Y el contagio pasó de una cosa a otra, de la lluvia a la tierra a los animales a las corrientes a las playas, hasta que todo en el mundo fue devenir (menos una isla pequeña).
Pero el tiempo no se quedó ahí, en darles a las cosas formas nuevas y llevarlas a su completitud y a su sazón. El tiempo, una vez desatado, no se puede volver a guardar. Siguió adelante y desgastó las formas, las multiplicó, las hizo decaer y morir. Y en el mismo lugar en que una cosa caía, otra surgía, a veces de esa misma materia pulverizada o mezclada con otras. Arena de lo que fueron acantilados, bosques norteños donde hubo hojas podridas, ríos secos, huesos calizos que habían sido un pájaro aéreo que había sido un óvalo blanco. Y así hasta que Dios vuelva y decida qué hacer.
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Señas
En una caja de cartón gris:
- — Una hoja de álamo blanco, la haz verde oscuro y el envés de color marfil.
- — Un mechero Zippo que chirría.
- — Una de esas piedras que llaman piedras de rayo, lisa y redonda, con unas vetas geométricas que parecen el dibujo de un sol o de una margarita.
- — Un programa de concierto: Brahms y Dvorak.
- — Una botellita de cristal —menor que un meñique— tapada con su corcho, vacía.
- — Una sortija de oro de hombre muy gastada, con una piedra azul marino.
- — Un as de espadas.
- — Un billete de mil pesetas.
- — Etcétera.
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Un día, muerto mi abuelo, mi abuela me dio la sortija que él llevaba siempre. Quería que me la quedase yo. Supongo que debía de ser el objeto más valioso que había dejado.
Él no era propiamente mi abuelo, sino un señor que vivía con mi abuela como si estuviesen casados; un hombre de carácter apacible y distante que sin embargo contribuyó a criarme, debo decir.
Después se murió mi abuela y después ha pasado mucho tiempo.
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Me imagino una novela célebre, amplia y alta como un coloso literario. Filas de letras componen los capítulos y estos se traban unos a otros largamente, como una muralla abastionada que se pierde en las colinas.
Por fin fallece su autor, ya anciano, y en la novela se desprenden varias letras de la esquina del último párrafo de la página 14. Luego se aflojan unos artículos aquí y allá, algunos adverbios. Como en esos relatos fantásticos en los que al morir un brujo poderoso sus creaciones semovientes, privadas de la voluntad que las animaba, caen al suelo vacías como trapos, en la novela empiezan a venirse abajo hileras de frases, capítulos enteros, hasta que toda ella se desmorona en polvo y cascotes; escombros en el suelo sin forma ni sentido.
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Fin de año
Otra vez he venido al final del espigón, sobre el mar. Hace sol y la mar está un poco picada; el viento salitroso me rocía de agua.
A últimos de año, quieto, de vuelta en la ciudad en que nací, la pregunta se forma sola: ¿qué es todo esto? ¿Qué es el mundo? Y me digo: eso de ahí es el mundo. Y yo. El mundo es eso que veo y yo también. De pronto esa noción me asombra, como si hubiese aprendido algo, no sé qué. El mundo somos eso y yo.
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Uno de mis primeros recuerdos de niño es en esa playa de allá, a mi derecha. Yo estaba metido en el agua y una chica joven me preguntó que cuántos años tenía. Y yo: «Hum… Eh… Pues tantos». Y a la chica le entra una risa muy alegre y me dice: «¿Pero te lo tienes que pensar?». Y yo, compungido: «Es que los he cumplido ayer».
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Preguntar por la naturaleza del mundo es como preguntar por su valor.
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Aprender es ampliar el espacio de lo posible. Eso suena bien; el conocimiento añade maravillas al museo del mundo. Pero el adulto sabe que del mismo modo sucede lo peor, lo cual también amplía la vista: uno aprende que es posible el espanto, y el día nuevo trae zozobra y miedo.
Me imagino a un viajero al anochecer en la proa de un barco, los ojos llorosos por el viento del mar, la cara de frente al horizonte oscuro. Sin saber qué verá, si los monstruos del abismo o unas islas de oro.Y sin embargo, navegamos, con terror y alegría. Nuestra vida tiene esa belleza.
Feliz año.
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Antes del invierno
Madurar consiste en sustituir teorías por procedimientos.
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Como cada año, una mañana de noviembre ha desnudado el cerezo. Yo lo riego, pero no parece vivo.
Le quedan las yemas, petrificadas. Justo en el centro de cada una parecería que se ve un puntito más claro, minúsculo, como el pinchazo de un alfiler.
Ese es el tamaño de la esperanza. Y sin embargo, cada año he acabado aprendiendo que con eso bastaba.
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Cuando empecé, escribir era un acto transitivo. Se trataba de escribir una obra; una obra memorable, por cierto. Un día del que no tengo noticia, en medio de los años, se volvió un acto intransitivo. Se trata de escribir.
Contra lo que planeé, no escribo para que quede constancia de que he vivido, sino para la constancia de lo que estoy viviendo.
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Imagina que paseas una noche de invierno por una playa, junto a una mujer. De pronto ella te pone la mano en el brazo y os detenéis. Te hace un gesto para que escuches. El ruido de las olas en la oscuridad lo llena todo. Te dice: «¿Lo oyes?».
Esto se repite muchas veces. Y una noche tú respondes: «Sí».
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París III
A estas alturas, yo no necesito líderes con ideología. Es bastante que tengan principios.
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París II
Fotografía de Etienne Laurent en la portada de El País de hoy. El pie de foto dice:
«Tres personas colocan una bandera francesa ante uno de los restaurantes atacados por el ISIS el viernes en París». -
París
Nuestra alegría de vivir es nuestra victoria.
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El espejo del rey
Cuando el rey se asomaba al espejo de la sala circular de la torre, no veía exactamente su rostro. Era un rostro parecido; alguien con quien se podría confundir al rey en el palco del teatro o si pasase montado a caballo; pero en todo caso el rostro de otro hombre. Si el rey agitaba la mano, podría ocurrir que el reflejo tardase unos segundos en repetirlo, por ejemplo; o que en vez de eso mirase hacia su derecha, como si hubiese oído un ruido. Siempre vestía a su manera. No era raro que apareciese portando objetos, como si fuesen atributos: un escudo de bronce, un pájaro irisado posado en el hombro, una llave entre los dedos.
Un día una chispa alegre le animaba los ojos; otro día parecía haber dormido mal. Traía arruguillas de pesadumbre sobre la boca, una mirada distraída como por una inocente esperanza, en fin, señales de una vida propia que sucedía en otra parte, fuera de la vista.
También por él fueron pasando los años; también en el espejo nevó y lucieron soles.
Un domingo hacia mediados de octubre que el rey se solazaba en el lago —había sido un otoño muy bueno—, se levantó un viento desabrido y gélido que cogió a las barcas de costado y las zarandeó. El rey mandó volver, pero antes de alcanzar la orilla ya estaba lloviendo. No paró durante todo el camino de vuelta.
El rey hizo que encendiesen fuego en la sala de la torre y que le trajeran mantas. La boca le sabía a arena. Entonces, cuando se hubo quedado solo, fue cuando vio por primera vez que en el espejo no había nadie. En la estancia simétrica la chimenea francesa seguía apagada. Por sus ajimeces se veía un paisaje entenebrecido de lomas redondas y cipreses, un trozo de mar gris, una soledad abstracta y eterna. El rey sintió una ternura enorme. Por todo; por sí mismo y por el destino de todas las cosas.


