• Fondo y figura II

    Te dan un rotulador negro y te mandan que te pongas a dibujar líneas en una pizarra blanca: ahora hacia arriba, ahora un poco a la derecha, ahora un círculo… Tú obedeces las instrucciones, pero no les ves sentido a los garabatos que pinta tu mano. Cuando protestas, alguien te explica, riendo, que lo que estás dibujando no es la figura, sino el fondo. Entonces te das cuenta, en efecto, de que las partes que han quedado en blanco representan algo: un rostro antiguo y hermoso de aire preocupado, pongamos.

    Ahora imagina que a lo largo de la vida vas escribiendo todo lo que aprendes en un cuaderno. Y que lo que importa no es lo que vas sabiendo, sino lo otro.

     

    [Fondo y figura]

  • Menta

    Entro en casa desde la terraza y busco por ahí un alambre grueso. Me pongo a torcerlo con unos alicates para que coja la forma que quiero. Un olor terrestre de menta sube hacia mí desde mis propias manos.

    Recuerdo a mi padre o a mi abuelo haciendo esto mismo que yo hago ahora, trastear absortos con algo entre las manos, la boca apretada, respirando despacio por la nariz.

    Tengo una maceta de menta en la terraza que con estos días nuevos se ha puesto muy alta; de ahí el olor de las manos.

    Benditas estas tardes interminables de luz de primavera.

  • Los soñadores

    Todos los años, al principio del verano, una reata puntual cargada con trebejos y sabios sube por laderas y cuestas hasta Pintigiane, aldeúcha de montaña. Por entonces, y durante una semana de la luna, los muchachos de Pintigiane sueñan con batallas remotas, con velas extranjeras en el horizonte, con dientes de difuntos, con discursos de reyes, con heridas como estrellas de sangre, con una flor amarilla que relumbra en las sombras de un bosque. Durante una semana, los muchachos de Pintigiane sueñan la historia del reino.

    Un sabio vela la noche entera a la cabecera del camastro de un adolescente y toma nota de sus balbuceos. Quizá puedan alumbrar el sentido de un edicto inexplicable, refutar una leyenda o refinar una etimología. Alguna vez el soñador se calma, abandonado por la fiebre, suave la respiración. Los pensamientos del mago se acompasan al pecho del joven como un rumor de olas. Perdido en la niebla de sus vastos saberes, el sabio se aduerme, y en su sueño empiezan a entreverse siluetas y a oírse voces. Un peligro, porque si este viejo cansado se confunde, ¿quién sabrá decir un día qué parte de los libros es historia verdadera y cuál sea sueño?

  • Escrituras

    Hace un par de días, el Viernes Santo, me bajé hasta a la playa a dar una vuelta, pensando en mis cosas y en un post que quería escribir no sabía con qué. Yo estaba muy perdido, y cuando me extravío mi escritura tiende a volverse sobre sí misma o sobre mí. La tarde no podía ser más melancólica, bajo la lluvia oscura, insistente y mansa, todo del mismo color verde-bajo-la-lluvia, el mar, las paredes y las piedras.

    En verano, a los chavales les gusta tirarse al agua desde el final del espigón; por la parte derecha, que está despejada de rocas. Justo ahí, en ese borde, veo que alguien ha escrito con pulcras letras redondas en el suelo: «R.D.L.V. Nunca te olvidaremos». Las iniciales del nombre en morado y el resto en rosa, sobre el hormigón verdinegro que ahora espejea.

    Alli a solas en la lluvia, una tarde plomiza de Viernes Santo, es fácil dejar que en la imaginación se pinte un drama. No sé. En cualquier caso, me devolvió de pronto al mundo grande de los hechos, el mundo repleto de personas, acciones, colisiones e historias distintos y grandes a cuyo lado las tracerías de un pensamiento reflejo se deshacen como humo en el aire.

    Me pareció entonces que aprendía una cosa: que en la vida son los hechos los que dan orden y sentido el pensamiento, y no al revés, como uno hubiera pensado.

  • Progresos

    Día a día progreso en mi autenticidad y mi ruina.

    Yo aspiraba —quizá con un poco de teatro— a una simplicidad desnuda, perseverantemente despojada. Y resulta que, con el tiempo, me encuentro despojado de veras.

    Pero el que no tiene nada tampoco tiene adjetivos, ni adverbios. Nada de austera desnudez o sencillamente pobre. El que lo pierde todo en el orden moral pierde asimismo la elección; por el camino han quedado también la voluntad o la meta. El pobre de corazón es una cosa, una piedra lisa. La pobreza limpia no tiene mérito.

    *

    Ya no me quiero, es cierto, pero cuánto me quise.

    *

    Debo pensar más en la diferencia entre un hecho y una obra.

    *

    Un día me pasé la mañana mirando afuera. Había una clarísima luz mate que era como el espíritu del invierno. Todo estaba quieto, quieto hasta lo más adentro. Veía un resplandor tamizado; el dibujo lineal de los árboles, el gris pulido del cielo gredoso. Mi asombro por el mundo como es quizá sea la forma en que me es dado participar de un fervor ulterior: el de que el mundo sea.

  • Si esta noche en la Tierra

    Si esta noche en la Tierra cien personas soñasen a la vez con una misma casa de cristales de colores cuyas ventanas se ven brillar en la oscuridad sobre un monte, nadie lo sabría nunca.

    Podría ocurrir incluso que cada una de esas personas llegase solitaria por su lado y entrase en una de las habitaciones inumerables, que están extrañamente dispuestas, como si allí se hubiese empezado a montar un diorama. Un hombre menudo, calvo, recibe al visitante y le refiere algunos hechos sin ilación, mayormente anodinos. En la habitación puede haber muebles de madera, libros y cartapacios, grandes animales disecados, objetos desparejos en baldas, paisajes sin gente en cuadros pintados o en pantallas de televisión, camas deshechas, aparejos de pesca o de labranza, alfombras que imitan la hierba, el suelo de una caverna o una alfombra. Y aunque el sueño tiene un aire general de extravagante rareza e intriga, el soñador deja la casa sin sacar mucho en limpio.

    Aún más, podría ocurrir que ese hombre lampiño y frágil le hubiese contado a cada uno de los visitantes un hilo de cierta historia secreta que, puesto en el lugar que le corresponde, unido a los otros, vivificado por la concatenación de los actos, compusiese un relato asombroso que desvela parte de la verdad del mundo. Y si eso sucediese esta noche, nadie en la Tierra, al despertar la mañana, lo sabría nunca.

  • Tiempo y cuentas

    Por Navidad he vuelto al paisaje donde me crié. Entre la orilla del mar y la línea de los montes a lo lejos. El faro silencioso, el viento duradero, la piedra negra y la roca verdecida. Regresar así a casa al comienzo del año es como caer en la casilla de salida.

    *

    En este paisaje es sencillo notar el solsticio hiemal. Fácilmente el ánimo se va al principio o al final de las cosas y unos metros por encima y se pone a echar cuentas de ellas. Y sin embargo, no pienso, propiamente, nada. Al final de este tiempo no hay idea que me importe. Sólo quedan sentimientos. La huella de las vidas que conozco.

    *

    Entre la playa y el campo de fútbol me encuentro una carpa blanca con banderolas. También el circo ha escogido pasar aquí la Navidad. Por el suelo del aparcamiento vacío veo unas bolas de excremento. Serán de algún animal prodigioso de los que el circo enseña.

    Igual es mejor así, me digo. Mejor estas bolas de mierda que señalan a un imaginable animal en ausencia que el propio animal tras las rejas de su remolque, previsiblemente menesteroso, incluso triste.

    *

    Leo un haiku de Santôka: «También ha envejecido el ruido de la lluvia».

    *

    Las ideas son terriblemente importantes. Un hombre puede pasarse años cavilando con las piernas cruzadas, pero un día abre los ojos y, como si un viento hubiese limpiado el aire azul, las ideas se han ido.

    La idea es un ensueño. Cuando sopla el viento de los años las ideas se desvanecen; sobre la llanura sólo hacen bulto las personas.

     

    Feliz año.

     

    [El haiku de Taneda Santôka en Instantes, Hiperión. Traducción de José María Bermejo.]

  • La ciudad inmutable

    En la ciudad pequeña donde crecí la gente no se maneja por la ciudad tal como es, sino como debería ser. «He visto a tu hermana por la cuesta donde estaba el Diario», dicen, o «he aparcado detrás de lo que era el Instituto»; o hablan de direcciones postales largo tiempo perdidas: la acera del Correo, la calle del Martillo. Ven la ciudad como quedó cristalizada un día de juventud, preservada del tiempo y de la lluvia: la ciudad verdadera de la cual esta otra de ahí es un accidente, una contingencia que se monta y se derruye al buen tuntún, como una construcción de niños.

    Cierran la estación de la Continental y primero se usa de garaje; luego ponen un cine, un supermercado; después, durante años, es un solar cubierto de cascotes donde crecen los abrojos; por último levantan una torre de oficinas blanqueadas, en la ciudad de tierra. Pero en la ciudad sin tiempo la estación persiste como una trama de líneas puras, con las cocheras donde resuenan los motores y el eco de las llamadas a los viajeros y las despedidas. Y así los astilleros de Bajamar, los arenales, la esquina del bar Casablanca, los antiguos parques.

    Cada generación habita su propia ciudad ideal. Con los años, más partes de la ciudad se transforman en una luz cristalina, al paso que los viejos van muriendo, de modo que la ciudad es más elevada y pura y vive en ella menos gente. Cuando alcanza la transparencia absoluta, hace tiempo que por sus calles limpias ya no camina nadie.

  • La estación oscura

    Bajo por la acera del Botánico pisando hojas de otoño, y en el pensamiento un tema alemán. Sopla un viento repentinamente agrio, como una aventura que se ha torcido.

    Ya es noche casi, tan temprano. El domingo empezó el horario de invierno; esa misma madrugada la temperatura bajó diez grados.

    El tiempo de la oscuridad se alza ya ahí, como un horizonte de tormenta. Nada se ve al otro lado. Por delante solo noche, frío, las playas pálidas y los árboles desnudos durante meses por venir.

    Pasaremos hasta la otra parte, agachados, a través de un túnel de esperanza.

  • Un estruendo

    Un estruendo: la verdad
    misma ha comparecido
    avanzando entre los
    hombres,
    hacia el centro
    del torbellino de metáforas.

     

    Paul Celan, Cambio de aliento

     

    [Ein Dröhnen: es ist / die Wahrheit selbst / unter die Menschen / getreten, / mitten ins / Metapherngestöber].

    [La traducción, de aquí: http://www.bibliele.com/CILHT/pcelan.html]