Tres anticipaciones de cómo serán pronto las cosas: la comida, la televisión, la prensa.
O no. Pero en todo caso, no muy distintas.
Tres anticipaciones de cómo serán pronto las cosas: la comida, la televisión, la prensa.
O no. Pero en todo caso, no muy distintas.
Cada verano es la certeza de la felicidad.
El agua verdeazul, el oro de los días, la luz del mar, la espuma blanca que tremola como las banderas, las noches claras: la felicidad puede estar, o no; puedes tenerla o haberla perdido; pero existe ahí; se ve que es una cosa del mundo. Tantos veranos, desde que tengo recuerdo, en esta misma costa.
¿No hay momentos de amor a cuyo lado la muerte parece una pura desvergüenza?
Emil Cioran
(vía Cioran vs Cioran)
Idea: una raza de vacas tristes que da leche desnatada.
Fotos de Corey Arnold en But Does It Float
Te dan un rotulador negro y te mandan que te pongas a dibujar líneas en una pizarra blanca: ahora hacia arriba, ahora un poco a la derecha, ahora un círculo… Tú obedeces las instrucciones, pero no les ves sentido a los garabatos que pinta tu mano. Cuando protestas, alguien te explica, riendo, que lo que estás dibujando no es la figura, sino el fondo. Entonces te das cuenta, en efecto, de que las partes que han quedado en blanco representan algo: un rostro antiguo y hermoso de aire preocupado, pongamos.
Ahora imagina que a lo largo de la vida vas escribiendo todo lo que aprendes en un cuaderno. Y que lo que importa no es lo que vas sabiendo, sino lo otro.
Entro en casa desde la terraza y busco por ahí un alambre grueso. Me pongo a torcerlo con unos alicates para que coja la forma que quiero. Un olor terrestre de menta sube hacia mí desde mis propias manos.
Recuerdo a mi padre o a mi abuelo haciendo esto mismo que yo hago ahora, trastear absortos con algo entre las manos, la boca apretada, respirando despacio por la nariz.
Tengo una maceta de menta en la terraza que con estos días nuevos se ha puesto muy alta; de ahí el olor de las manos.
Benditas estas tardes interminables de luz de primavera.
Todos los años, al principio del verano, una reata puntual cargada con trebejos y sabios sube por laderas y cuestas hasta Pintigiane, aldeúcha de montaña. Por entonces, y durante una semana de la luna, los muchachos de Pintigiane sueñan con batallas remotas, con velas extranjeras en el horizonte, con dientes de difuntos, con discursos de reyes, con heridas como estrellas de sangre, con una flor amarilla que relumbra en las sombras de un bosque. Durante una semana, los muchachos de Pintigiane sueñan la historia del reino.
Un sabio vela la noche entera a la cabecera del camastro de un adolescente y toma nota de sus balbuceos. Quizá puedan alumbrar el sentido de un edicto inexplicable, refutar una leyenda o refinar una etimología. Alguna vez el soñador se calma, abandonado por la fiebre, suave la respiración. Los pensamientos del mago se acompasan al pecho del joven como un rumor de olas. Perdido en la niebla de sus vastos saberes, el sabio se aduerme, y en su sueño empiezan a entreverse siluetas y a oírse voces. Un peligro, porque si este viejo cansado se confunde, ¿quién sabrá decir un día qué parte de los libros es historia verdadera y cuál sea sueño?