• Enero

    Una mujer aparece en el andén, pero nuestro vagón ya está cerrando las puertas y ella se queda allí, al otro lado del cristal. Según la veo alejarse, despacio, me da la sensación de que el tren la ha perdido a ella, no ella a nosotros.

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    Mahler, en una carta a Max Marschalk, decía que si él hubiese podido dar cuenta de una experiencia interior mediante palabras, no la habría escrito en música. Yo pienso en mí y me digo: si mediante palabras pudiese dar cuenta de una experiencia interior, no escribiría.

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    Había un compositor que amaba los cantos de los pájaros. Cuando iba por el campo tomaba nota y después los metía en sus obras. Se llamaba Olivier Messiaen, y yo lo he sabido sin salir de casa. El mundo está lleno de prodigios.

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    A veces parece como si la vida diese a un patio interior.

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    El mes pasado me quedé junto al mar, mirando. Esperando a que algo se dijese sobre el valor esencial del mundo. Qué sitio es este, donde suceden espantos y maravillas; si es bueno, o malo o qué. Y no una frase que alguien diga, voluntariosa, sentimental, enfática; no, me refiero a un veredicto que se saque del mundo, como si lo afirmase él de sí, por así decirlo, igual que afirma su peso o su medida.

    Ahí está el mundo, real hasta la saturación, quieto como una piedra en la tarde. No se oye nada, no se dice nada.

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    Quizá el trabajo del arte es darle habitación al silencio.

     

  • Fin de año

    Al final de la playa hay un espigón que construyeron hace años, antes de que yo naciera. El espigón acaba en unos escalones que se pierden bajo el agua. Ahí me he sentado, al atardecer. La mar está un poco picada, las olas oscuras; sopla un viento acre. La luz es acero y malva. Por estas fechas cae pronto la noche.

    Contemplo el mar, las nubes y el cielo con la atención puesta en otra cosa; por debajo, mis pensamientos van y vienen, se arremolinan y se rompen. Intentan tomar una decisión sobre el mundo.

    Falta muy poco para que termine el año. El negro mar de invierno infunde miedo. A esta hora, esta ciudad, más allá de la playa a mis espaldas, está llena de personas con sus circunstancias y sus tareas. Asciende el vapor de las cacerolas, arriban trenes que vuelven a casa, las madres desenredan el pelo de sus hijas, los amantes se citan para después de la fiesta, los cristales de las ventanas se empañan. Alguien solo pasea a su perro por un descampado. Explotan petardos. Me contaba una amiga que cada vez que visita a su madre y ve su cara de reconocimiento, respira con alivio. También puedo hablar de una mujer que está en el hospital, un hombre joven sin esposa, y otra gente rota y dolida.

    Los pensamientos van de una cosa a otra. Es como si mi punto de vista se fuese elevando poco a poco por encima de la bahía entera, los nubarrones, el cuenco de luces que forma la ciudad, las cabezas atareadas de las personas allá abajo. Me doy cuenta de que, inconscientemente, trato de hacerle un veredicto al mundo. A lo lejos, sobre el cielo crepuscular, una estrella azulina brilla igual que la lucecita de Navidad que cuelga sobre la carretera.

  • El tercer universo

    Existe un universo paralelo a este universo nuestro, uno que lo contrapesa y lo completa. En uno de los mundos, el ser ha sido desde el principio, inmutable y eterno. En su gemelo, el ser aparece al fin tras la infinitud del caos primordial. Hay, pues, un universo del inicio y un universo del fin, un universo que fue y uno que acaba siendo; y así se satisface el equilibrio del Todo y la inquieta razón.

    Y sin embargo, una imaginación barroca ha fantaseado esta historia: que en ocasiones la pared del cosmos puede llegar a romperse, y a través del desgarrón los dos universos opuestos se rozan y se mezclan. En esa intersección fantasmagórica surge un mundo extraño donde el ser no es principio ni final sino el fluir sin pausa de un estado a otro. El ser no queda, sino que pasa. Lo que ha sido se precipita acezoso hacia lo que será, como desde el monte se despeña un río. Los metales se forjan y se funden, se abaten las montañas, cambian las figuras de los animales, los anchos mares se retiran y se extienden, donde hubo hielo hay pasto y sal y lago y piedra, cambian los climas, las estrellas maduran y mueren como las hojas, y los hombres crecen, gritan en el aire y desaparecen.

  • Los justos

    Los periodistas aturden las mañanas con mentiras y medias verdades para que medren su empresa y su partido; los políticos, inútiles y trapaceros, solo creen en su propio beneficio; la mayoría de la literatura no vale el papel en que se imprime; los televisores emanan gente malvada y gramática idiota; en la escuela nadie quiere saber; los empresarios son unos capataces obtusos; analfabetos medio guapos hacen un ruido ruin que venden como música o como cine, y así es todo.

    Y sin embargo, algunos profesores aman el saber y algunos alumnos se abren con felicidad al conocimiento. Hay poetas provinciales que en su vida publicarán un libro de versos por no hacerlos malos. Periodistas metódicos y honestos, empresarios contentos de lo que construyen, músicos que dan sus días al estudio y al ensayo, actores de doblaje o de teatros pequeños. Hay quien se ha metido en política porque entendía que era su deber civil.

    Creía el judaísmocomo lo cuenta Borges— que siempre hay treinta y seis personas rectas que justifican el mundo ante Dios y son los pilares del Universo; no se conocen entre sí y son muy pobres. Algo así yo también lo creo.

  • Septiembre. (¿No estabas siempre distraído por una esperanza?)

    En mi parada de metro las baldosas del vestíbulo estaban cubiertas de hojas secas. Como si lo hubiesen decorado para escenificar mi vuelta.

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    Al decir verano, no pienso en el rojo verano español, sino en el verano del norte o el de las islas. La libertad para andar descalzo, unas sábanas que mueve el viento, niños jugando en la calle hasta la medianoche, los brazos que saben a sal, siestas en la yerba, baños crepusculares, ventanas abiertas a la luna por las que sale una conversación, chaparrones calientes, olas, canciones, cervezas, cigarras, madera de barcas.

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    Cuando vivía en el norte, por los inviernos me ponía muy triste. A la altura de febrero a veces llegué a creer que no lograría atravesar tanto tiempo oscuro amontonado. En Madrid, lo que ocurra, lo que quiera que ocurra, será seguramente bajo el cielo claro.

    *

    Estos días de septiembre no son ingratos, pero uno tiene que ver cómo la luz del mundo se consume como una candela, hacia el invierno. El largo invierno: pasará, y un día todo resplandecerá de nuevo; y sin embargo, prefiero vivir bajo este sol breve y cada vez más frío que en la promesa del que está por venir.

    *

    Miro las palabras alemanas de «La primera elegía» de Rilke y me pregunto qué dirán. Sé lo que vienen a ser en español, pero me pregunto qué dirán del todo, qué sabor tendrán en la otra lengua, qué resonar de ecos evocarán en ella. Leo como quien pasa los dedos por las letras de un mármol.

    Sí, las primaveras de veras te necesitaban. Varias
    estrellas te pedían que las rastrearas. Se alzaba
    en el pasado una ola hacia ti, o cuando pasabas
    por una ventana abierta, se te entregaba un violín.
    Todo esto era una misión, ¿pero fuiste capaz de cumplirla?
    ¿No estabas siempre distraído por la esperanza, como
    si todo ello te anunciara a una amada?

    *

    Como me cuesta caer dormido, me pongo a imaginar. Digamos que estoy en una isla del Mediterráneo, que camino por el campo, una tierra abrupta y ocre con arbustos bajos y arbolillos oscuros dividida por muretes de piedra seca. El sol ya se ha puesto y ha salido la luna creciente, pero aún es de día. El calor ha aflojado; el aire es tibio. Veo una lucecita verde, quieta en el aire, a la altura de mi cabeza. Es un insecto raro. Tiene casi el tamaño de mi dedo meñique, como a medio camino entre libélula y luciérnaga, y unas alas grandes de gasa y armazón plateado que se mueven despacio. Yo lo miro desde muy cerca y él me mira a mí, maravillado de lo que ve.

    *

    [La traducción al español de la primera de las Elegías de Duino es de José Joaquín Blanco, aquí:
    http://www.poeticas.com.ar/Biblioteca/Las_elegias_de_Duino/
    elegiasframe.html
    ]

  • La reforma

    Qué útil es una Constitución. Sirve para mandarles un mensaje a los mercados. Para apoyar la pata de una mesa que cojea, para lanzarla contra una mosca, para gastarle una broma a un amigo, para limpiarse el culo.

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    Si es razonable cambiar la Constitución para mandarles un mensaje a los mercados, por qué no ser un poco más audaces y abrirla al patrocinio. Reformamos la Constitución de modo que, pongamos, las galletas Fontaneda patrocinen el artículo tercero: «La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España y las galletas Fontaneda son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». La necesidad justifica cualquier cosa, dicen.

    *

    Sería muy divertido cambiar sigilosamente la Constitución, y un día ir donde un amigo y decirle: «Eh, Fulano, ¿has visto el artículo 69bis? Va Fulano, lo mira y pone: «Fulano Pérez García tiene prohibido el sexo oral los días laborables». Ver la cara que se le quedaría a Fulano, qué risa, qué descojono.

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    Podríamos aprovechar la reforma constitucional y añadirle al preámbulo esta cita de Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros».

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  • Agosto

    Imagina que es tu fervor el que anima el mundo y no al revés. Que el hábito de mirarlo reverdece y espesa un bosque que prefieres; que tu placer afila el olor del dondiego y la elegancia del arco de un puente; que haces romper más vivas las olas en la orilla, que las nubes corran por el cielo y que la lluvia fina se amanse las tardes que estás triste. Por eso, cuando cambias de hábitos, o has de marcharte por cierto motivo, o te enamoras equivocadamente, un día, tiempo después, pasas y ves que se han hundido los tejados de las casas del puerto, que los matojos crecen en los parterres; por el café paran apenas algunos hombres taciturnos, alquilan para oficinas el castillo y la marea deja tapones y bolsas de plástico en la arena de la playa.

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    El sol poniente incendia de luz todos los días las hojas del árbol que se yergue hasta mi terraza. Entonces salgo y le hago una foto, y la tarde siguiente otra, y otra tarde, y otra. Para nada, sólo por verlo.

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    En medio del verano se me ocurre pensar en el invierno, como un niño se pone a pensar en la muerte.

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    Hablo con Elvira por teléfono; le digo que igual me voy un par de días a Santander. Ella me incita. No hay nadie en Madrid; la ciudad está vacía; ¿qué haces ahí? Un rato después aún le doy vueltas a la pregunta: ¿qué hago? Vivo, me contesto, con un poco de extrañeza. Me doy cuenta de que normalmente me gusta vivir. Estar, presenciar las cosas. En algún momento de mi edad, no sé cuándo, vivir se ha vuelto intransitivo.

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    Pensaba en el ser y me quedé dormido.

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    Ya he vivido bastantes años para hacerme esta pregunta: ¿por qué la edad a unos les adulza el carácter y a otros se lo amarga?

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    Me cuesta decir «en casa de mi madre». Me suena raro. «En casa», me sale, como si lo otro fuese un pleonasmo.

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    Antes de salir a la playa, la carretera cruza un buen tramo de pinares. Sobre un cartel indicador alguien ha escrito con espray negro: «TRÄUME LEBEN». «Träume» es sueños en alemán, eso lo recuerdo; «leben» será vivir, o vida. Hum… gracias por el aviso, pero no me convence.

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    Mi madre y yo estamos sentados en la cocina, cada uno a lo suyo, callados. Ella se pone a revolver en la caja de las medicinas, saca un termómetro digital y se lo coloca bajo el brazo. Al cabo de un rato, el termómetro empieza a pitar. Mi madre sigue leyendo un prospecto, sin inmutarse. Yo me la quedo mirando hasta que lo nota y levanta la vista. Le digo, con mucho cuidado: «No sé; me daba la sensación de que…». Ella espera con paciencia a que yo termine la frase. La alarma del termómetro se para. «Parecía como si estuviese sonando la alarma del termómetro». Entonces se lo saca de bajo el brazo y lee la temperatura, tranquilamente. Yo la contemplo en silencio. Me estoy haciendo mayor.

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    Un atardecer prodigioso, de los que forjan creyentes, cubre la llanura de Castilla. Yo lo veo desde el tren que la cruza, de vuelta. Una nube roja y rosa, de pronto, me despierta una emoción punzante, a punto de avivar algún recuerdo antiguo, muy hondo, que no llego a alcanzar y se disipa.

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    Antonio López es un hombre que me llena de admiración. Dice en el periódico: «Soy más libre que cuando era joven. Me ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por mí mismo. El camino ha sido complicado».

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    Si necesito apuntar algo y no tengo dónde, alguna vez tecleo un mensaje en el móvil y en vez de enviarlo lo guardo. Ayer me encontré uno, escrito un martes de agosto, que decía: «Los ojos llenos de azul y maravillas». No sé por qué lo escribí; no lo recuerdo.

  • Esto no es Esparta

    Un día entre 15 y el 22 de mayo de este año, en medio de la multitud de la Puerta del Sol vi un hombre con una pancarta que decía: «This is Sparta». «Esto es Esparta»: se refería a aquella escena de 300, famosa hace cuatro o cinco años, que retrata la determinación espartana de plantarse frente al poder omnímodo del emperador de los persas. Entendí la broma, sí; pero no, aquello no fue —esto no es— Esparta.

    No mucho después de vencer juntos a los persas, los atenienses y los espartanos feroces de la película entraron en guerra, los dos pueblos griegos más opuestos por su forma de vida y de gobierno.

    Al cabo del primer año de la guerra, Atenas celebra los funerales por los que hasta entonces han caído. Le corresponde hablar al ciudadano Pericles, el primero entre los atenienses. Y él, para que se entienda bien por qué han muerto esos hombres, dedica su discurso a describir la ciudad en que viven, ya que eso dará la medida, cree, del valor de su sacrificio.

    Este discurso, tal como lo refiere Tucídides, es una pieza fundamental de nuestra cultura y todavía hoy resuena como si fuese nuevo:

    Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado vivimos como ciudadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta y no le dirigimos miradas de reproche, que no suponen un perjuicio, pero resultan dolorosas. Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren injusticias y a las que, sin estar escritas, acarrean a quien las infringe una vergüenza por todos reconocida.

    (…)

    Amamos la belleza con sencillez y el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la vanagloria, y entre nosotros no es un motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a la vez su atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a diferentes actividades tienen suficiente criterio respecto a los asuntos públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no toma parte en estos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros en persona cuando menos damos nuestro juicio sobre los asuntos, o los estudiamos puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras lo que supone un perjuicio para la acción, sino el no informarse por medio de la palabra antes de proceder a lo necesario mediante la acción.

    (…)

    Tratad, pues, de emular a estos hombres, y estimando que la felicidad se basa en la libertad y la libertad en el coraje, no miréis con inquietud los peligros de la guerra.

    Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, Libro II.

    Las palabras de Pericles expresan lo que los atenienses querían ser; lo que quiséramos ser nosotros. Me da mucho placer copiarlas aquí, esta tarde de julio soleada y fresca junto al mar Cantábrico.

    (Juan José Torres Esbarranch las puso en castellano para la Editorial Gredos).

  • Un reino de futuros y recuerdos

    Mi hermana me manda una foto con el móvil. Se ve una tarta de color blanco en forma de corazón, con flores rosas y hojas verdes y una inscripción que dice: «Felicidades, Claudia». Claudia es mi sobrina, que cumple cinco años. Mi sobrino tiene nueve y medio. Luego está mi cuñado. Le respondo a mi hermana que es una tarta estupenda y ella me contesta: «¿A que sí? Estoy de lo más orgullosa de mí misma».

    Viven cerca de Madrid, en una casa que da a unos campos de trigo interminables. Me parece un lugar tranquilo y hermoso. El otro día fui a visitarlos y pensé en ellos, en su vida, en esas tareas: hacer una tarta, madrugar, trabajar, llevar el coche al taller. Los jueves por la tarde mi hermana recoge a los niños de la escuela, deja a uno corriendo o bailando o entrenándose en algo y mientras tanto se lleva al otro a una biblioteca donde pasan el tiempo y hacen los deberes. Cuando han terminado, los tres se van a merendar a una bocadillería que a los niños les gusta mucho. Eso ocurre los jueves: cada día tiene su hábito, salvo los días de improvisar.

    En la planta baja de la casa hay un baño pequeño por el que entra a chorros el sol amarillo de la tarde. En la repisa sobre el lavabo, palitos que dan olor, jabones en una cesta, cosas así. Ahí me puse a pensar en la vida de mi hermana y mi cuñado. Si serían felices, con lo que les ha costado llegar hasta aquí. Porque no lo sé. En verdad no lo sé; no los conozco desde dentro.

    Alrededor de mí la casa, llena de utensilios y juguetes; los niños, con su pelo levemente rojizo; esas vidas, el ir y venir, sus historias, estos jueves de biblioteca y bocadillo que serán recordados al cabo de muchos años, cuando se hayan perdido tantas cosas que ahora vemos.

    Es su obra, lo que los dos han hecho.

    Las ventanas de la casa de mi hermana dan a poniente, al cielo inmenso de Castilla y a los trigales. Un camino que pasa junto a su puerta se aleja y se aleja entre los campos, deja atrás una encina patriarcal y se pierde tras unas lomas en la distancia. Siempre que puedo me voy hasta ese árbol. Me gusta llegar allí, enmedio. Se oye el vasto viento solo como si fuese el mar, y las ramas y las espigas le responden.

  • Hora de despertar

    «Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto». Antonio Muñoz Molina resume admirablemente el estado de las cosas y cómo hemos llegado a él. En su opinión, que es la mía.