• Pedagogía

    Últimamente tengo bastantes dudas acerca del subtítulo de esta página, lo de blog literario. Mientras me aclaro, sería un alivio poner, por ejemplo, «blog intermitentemente literario». Aparte de que la idea de cualquier cosa indesmayablemente literaria resulta angustiosa, esto lo digo porque quería contar que esta tarde, saliendo de la boca del metro, me he agachado a un lado de las escaleras a atarme el cordón de la zapatilla. Ahora me ha dado por oír a Brahms, no sé por qué. Mejor dicho: sí sé por qué (porque soy innata, espontáneamente brahmsiano); lo que ignoro es por qué hace años que apenas lo oía, y, en general, por qué no abundo en las cosas que me gustan y en cambio se me van los días en probar otras desagradables o tediosas.

    El caso es yo estaba muy tranquilamente concentrado en mi tempestad sinfónica y en mis cordones; levanté la vista del suelo y justo delante de mí había una viejecita agarrada a la barandilla, de pie, hablándome. Le pedí disculpas y me quité de delante, pero la señora seguía diciéndome algo que yo no podía oír con el escándalo que metía Brahms en ese momento. Apuntaba a mi pie con el dedo.

    Me quité los auriculares y resultó que la señora me estaba dando explicaciones acerca de mi nudo. Además de la música, yo volvía rendido de sueño; supongo que por eso andaba lento en entender. La señora se agachó con mucho trabajo y se puso a trazarme, despacio, una clase de lazada, más elegante e ingeniosa que la mía, cuyos pasos me fue describiendo con cuidado. Ahora estábamos en medio de las escaleras, así que la gente que bajaba tenía que sortearnos arrimada a las paredes. Era muy viejecita y frágil, allá abajo, a mis pies; yo, desde lo alto, ponía toda mi atención, pero sólo hizo una vez el nudo. Cuando terminamos le di las gracias por la lección. Ella se sonrió y dijo eso de que no hay día que no se aprenda una cosa que no se esperaba. Y luego añadió: «Pero lo que no dicen es que se olvida al terminar el día» y se rió maliciosamente.

    Tenía razón; se me ha olvidado cómo hacer el nudo. Aunque, insisto, sólo se lo vi hacer una vez. Yo no soy de la clase de personas que desatarían un nudo que les ha hecho una viejecita en las escaleras del metro; no obstante, es fácil ver que se trata de una situación que con el paso del tiempo desemboca en un callejón sin salida. De modo que al final de la tarde me he sentado con la otra playera en el regazo y he estado probando y probando hasta quedarme satisfecho. No queda tan bonito comparándolo con el suyo, pero es un buen nudo, fuerte y bien pensado.

    Hay que saber que tengo cuarenta y dos años. Podría ocurrir que Juan Avellana fuese un niño, de, digamos, ocho o diez años con una escritura excepcionalmente adulta para su edad, pero no es el caso. Lo digo para situar cabalmente esta historia.

  • Pulgas

    Una vez leí una frase que de vez en cuando me vuelve a la memoria, sobre todo en las malas rachas. La dijo Issa, un poeta japonés del XVII; yo me la encontré en una antología de jaikus. El editor de la antología, Antonio Cabezas García, lo cuenta inmejorablemente, así que copio lo que escribe:

    Issa

    Poeta sin maestros ni discípulos, llevó una vida de pobreza e infortunios. A sus cincuenta años, después de recibir su parte de herencia tras un larguísimo proceso, se casó, para ver morir en los diez años siguientes a su esposa y a sus cuatro hijos. Se casó de nuevo a los sesenta y dos, pero este segundo matrimonio terminó en divorcio a los pocos meses. Algo después se casó por tercera vez, y de nuevo le asaltó la desgracia: su casa se incendió y tuvo que pasar los últimos cinco meses de su vida en un almacén con piso de tierra. Comentó: «Las pulgas se han salvado del incendio, y han venido a refugiarse aquí conmigo».

    Un poco más adelante dice el editor: «Issa posee un amor hacia las cosas pequeñas digno de San Francisco de Asís. Sólo que no predicó a los pajarillos sino que éstos le predicaron a él»; pero la información no te coge por sorpresa. Bastaba con aquella sola frase para darse cuenta de que un hombre con semejante humor heroico debía de ser una especie de santo. Por cierto: buscando esta anécdota en el libro, vi que en la página de respeto yo había copiado a lápiz uno de los poemas, y eso no lo recordaba. Es de Sógui, del siglo XV, y dice así:

    Lirios, pensad
    que se halla de viaje
    el que os mira.

    Yo cabeceo, asintiendo. Es asombroso. No me extraña que lo copiase ahí, tan fresco como el día que lo leí por primera vez.

     

    [Jaikus inmortales, Hiperión. Selección, traducción y prólogo de Antonio Cabezas García.]

  • Madera

    Un día del mes y medio que el blog ha estado vacío (en abril y mayo), Gin me dijo con mucha razón que volviese a escribir, que esto estaba lleno de polvo y telarañas. Yo le contesté que tenía la cabeza en otra parte, como así era. Más tarde pensé que le había dado a Gin un motivo, pero no una explicación.

    Sucede de este modo: cuando tengo la atención fijada en otra cosa, la vida sigue pasando, claro; alguien entra y sale, alguien dice una cifra, ocurren hechos, llueve. La acción sigue, por decirlo así, pero desaparece la trama. Lo que pasa son hechos mondos sin ligazón. Una mañana de aquellas entendí que no, que la trama permanece; soy yo, que no tengo cabeza para verla. Iba charlando con un par de personas por el edificio donde trabajo cuando me llegó el olor vivífico de la madera nueva. Sin dejar de hablar, de pronto me vino como un relámpago un recuerdo dormido durante, qué sé yo, veinte años, la historia de un carpintero y sus hijos. Completa, entera con todas sus circunstancias, metida en un resquicio de lo que estaba pasando, como esos papelitos que los judíos introducen en las rendijas del Muro de las Lamentaciones.

    El caso es que el padre de mi amigo Luis era carpintero. Sus hijos aprendieron con él el oficio. Eran muchos, casi todos varones. Gente callada, ahorrativos y tercos. Luis tenía un carácter tan leñoso que los amigos decíamos que su padre lo había fabricado una noche en el taller, como a Pinocho (nadie para la malignidad como un amigo). Pasados los años serían maestros, empleados, abogados; pero por aquella época, al final de nuestra adolescencia, los hijos de este hombre eran provisionalmente carpinteros.

    El hombre enfermó y murió en el curso de unos meses. Luis y sus hermanos llevaron el asunto como solían, tan hacia adentro que casi nadie se enteró hasta el día del entierro. Yo me enteré menos que nadie, porque por entonces andaba viviendo fuera. Con el tiempo, de vuelta en mi ciudad, Luis vino a ayudarme a cambiar la cerradura de la puerta de casa. No sé quién sacó el tema. Él, con su cara de palo, me refirió informativamente la muerte de su padre y pasamos a otra cosa. En un momento dado, sin levantar la vista de lo que estaba haciendo, empezó a contarme que los hermanos habían tallado una lápida de roble. Me explicó que tenía volutas, hojas y arcos, que les había llevado mucho tiempo y cuidado escoger la pieza de madera. Dijo que era muy bonita, lo repitió. Cuando acabó nos quedamos un rato callados, y al final yo dije: «Bueno, era carpintero, ¿no? Era lo justo». Entonces él se volvió y me miró, como a un amigo. «Sí, era lo justo», me contestó. Su mirada la recuerdo bien; el resto los detalles de la escena los he buscado en un cuaderno de los que llevaba yo entonces. La apunté y ahí se quedó; y ni se me ocurrió contarla, porque supongo que es una de esas historias que yo no puedo contar. Luego se me olvidó durante todos estos años, hasta la otra mañana.

    Así es como se me ha ocurrido una idea sobre esta costumbre de escribir las cosas, en un blog o en donde sea. Al que pase por el cementerio de la ciudad donde nací, entre las filas idénticas de nichos regulares como un embaldosado le llamará la atención una lápida de madera; la explicación de esa singularidad en la apariencia del mundo se puede conocer aquí, en este post. Yo creo que vale la pena contarlo, porque hurgando en ese resquicio entre las piedras se despliega un conocimiento sobre el mundo que de otro modo no podría saberse.

  • Compasión

    Hace tiempo, al comienzo de un libro de cuentos de Raymond Carver me encontré este epígrafe: «Nunca podemos saber qué hay que querer, porque, al vivir solamente una vida, ni podemos compararla con nuestras vidas anteriores ni perfeccionarla en nuestras vidas por venir». Estaba sacado de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera; durante doce o trece años esa (famosa) línea fue todo lo que sabía de la novela. Ayer he acabado de leerme el resto. Resultó que era una obra extraordinariamente citable. Como no voy a traer aquí todo lo que se me ha ocurrido entresacar, me he decidido por un pensamiento en el que yo mismo he reincidido muchas veces y al que Kundera ha dado una forma feliz. Al hilo de una impecable reflexión filológica, va un minúsculo ensayo sobre el amor por los otros:

    Todas las lenguas derivadas del latín forman la palabra compasión combinando el prefijo que significa ‘con’ (com-) y la raíz que significa ‘sufrimiento’ (latín tardío passio). En otras lenguas —checo, polaco, alemán y sueco, por ejemplo— esta palabra se traduce mediante un nombre formado por un prefijo equivalente y la palabra que significa ‘sentimiento’ (checo, sou-cit; polaco, wspól-czucie; alemán, Mit-gefühl; sueco, med-känsla). En las lenguas derivadas del latín, compasión significa: no podemos mirar impasibles cómo los otros sufren; o, compadecemos a aquellos que sufren. Otra palabra con aproximadamente el mismo significado, piedad (francés pitié; italiano pietà; etc.), connota una cierta indulgencia hacia el que sufre. Sentir piedad por una mujer significa que somos mejores que ella, que nos agachamos a su nivel, que nos rebajamos a nosotros mismos. Por eso la palabra compasión inspira generalmente sospecha; designa lo que se considera un sentimiento inferior, de segunda clase, que tiene poco que ver con el amor. Querer a alguien por compasión significa no querer de verdad. En las lenguas que forman la palabra compasión no de la raíz ‘sufrimiento’ sino de la raíz ‘sentimiento’, la palabra se usa aproximadamente de la misma manera, pero es difícil sostener que designa un sentimiento malo o inferior. La fuerza secreta de su etimología inunda la palabra con otra luz y le da un significado más amplio: tener compasión (co-sentimiento) significa no solamente ser capaz de vivir con la desgracia del otro sino también sentir con él cualquier emoción: alegría, ansiedad, felicidad, dolor. Esta clase de compasión (en el sentido de soucit, wspólczucie, Mitgefühl, medkänsla) representa así la máxima capacidad de la imaginación afectiva, el arte de la telepatía emocional. En la jerarquía de los sentimientos, entonces, es el supremo.

    Por lo demás, me ha parecido un libro inteligente, triste y, por cierto, dotado de un punzante humor lóbrego muy raro de ver (aunque te tiene que gustar el queso fuerte, por decirlo así).

  • Lo perdido

    Harás tu vida y yo la mía
    y cada cosa volverá a encontrar un sitio:
    las manos a las manos, la boca al oído, el tiempo al tiempo.
    Pero lo que no era ni del uno ni del otro,
    la moneda que hundimos en el agua,
    el jardín nocturno,
    los nombres secretos de cariño,
    las mañanas de pan tierno y arroz a la cubana,
    como un fantasma vagarán por el mundo
    sin encontrar reposo.

  • Abracadabra

    La pulsión por escribir, esto es, por decir lo propio, está en la naturaleza del ser humano, como el amor o la música, de ahí que atraiga a tantos. Ahora bien, en muchos este impulso se cumple de una manera morbosa. Se entiende como una vía mágica hacia otra vida: escribir eso, dar con las palabras justas, transmutará una vida imperfecta en el oro de una vida superior.
    Y no les falta razón, ya que se ven ejemplos a diario en los periódicos. Tal persona ha escrito un solo libro —un libro que además no es nada del otro mundo— y se ha vuelto rica y requerida. Por otro lado, el medio es desesperantemente simple: una serie de frases, una larga hilera de palabras, que, puestas en el orden correcto, funcionan. Todos conocemos las palabras: acierta cuáles son y en qué orden, y está hecho. Ni siquiera es necesaria una novela fatigosa. Tres versos divinos bastan para que tu nombre perdure en la memoria de la especie.
    El tren subterráneo lleva un rato parado entre dos estaciones. Yo no me he traído ni un papelito para leer, ni tampoco mi lápiz de escribir. A solas en el vagón, sin nada que mirar, me aburro. En este mismo momento vacío podría abrir la puerta de piedra: tomar mi teléfono, teclear con los pulgares un mensaje corto y guardarlo. Escribir, por ejemplo, como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles.
    Si la cueva de Alí Babá se encontrase notoriamente en el centro de Madrid, qué multitudes se juntarían ante la puerta; se sucederían los que prueban frases, y frases y frases; un murmullo de codicia y esperanza se elevaría sobre esa parte de la ciudad, audible desde lejos.

  • Cómo comportarse en presencia de las cosas

    Antes de introducirte en presencia del rey, te hacen unas cuantas advertencias protocolarias; entre otras, que no le hables si él no se ha dirigido a ti en primer lugar. De esa costumbre la luminosa recomendación de Schopenhauer, capaz de regir todo pensamiento y todo arte: que trates las cosas como si fuesen reyes y esperes a que ellas se dirijan a ti primero.
    [Schopenhauer lo dejó dicho en una de mis numerosas lagunas culturales; Luis Landero lo menciona en un par de lugares de El guitarrista (Tusquets) y yo todavía no he sido capaz de encontrar la cita original. Libro que, por cierto, está lleno de frases estupendas del propio Landero: «Hablaba y actuaba con la dulzura y el aplomo de quien ha llegado a la madurez sin guardarle rencor a la juventud y a sus promesas incumplidas»; «ahí descubrí yo lo que puede llegar a valer un hombre si él mismo pone el precio». Y así. Mejor leérselo entero.]

  • El enigma del prisionero

    Un prisionero está sentado en el camastro de una celda sin ventanas. Hay dos puertas idénticas. Una de ellas —no sabe cuál— lleva a una muerte inmediata. La otra conduce a un pasillo de longitud indeterminada en cuyo último recodo también espera la muerte. Si el prisionero se queda quieto, igualmente muere.
    Esa es la pregunta.

  • El hombre lobo piensa en ese tema

    En el recuerdo, aquí tumbado, puedo ver la figura de tu vida y ahí las huellas de mis dedos. Las reconozco, y sin embargo no consigo razonar mi culpa. Cómo pedirle a un hombre responsabilidad por las consecuencias de su biografía en un mundo estocástico que revienta cualquier cálculo en la secuencia de efectos y causas.
    Ahora bien, según dicen, no debería razonar así, ya que a un buen comportamiento no se le pide un cálculo fino de sus consecuencias. Precisamente, uno se conduce con un criterio moral porque ya no puede distinguir a un par de metros los efectos de sus actos. Tal es la razón de la ética. Por eso debe bastar con haber sido honesto en principio.
    ¿Y lo fui? Qué sé yo. Por confuso que resulte el mundo, mi interior es una larga noche. Yo qué sé si actué o no actué de forma moral. Aún podría decir que lo hice lo mejor que pude; pero no, no estoy seguro de haber actuado cada vez con buena voluntad.
    Preguntarme sobre mi buena voluntad me lleva otra vez al mundo. ¿Qué es lo que hice? Como el licántropo, uno se despierta al mediodía y mira alrededor con temor y suspenso. Si las ropas están rotas, si hay rastros de barro en las bocamangas o en las uñas, si dice el vecindario que se echa a alguien de menos.
    En la forma de tu vida están mis huellas, y yo soy el que cree que no tengo otro remedio que sufrirlas. Que un hombre no vale la pena si no se atreve a mirar el peso de sus obras en las vidas de otros.
    Respiro con felicidad y con alivio. Al fin y al cabo, tu vida es buena.
    [«Eso es todo lo que puedo hacer —dice el licántropo—, y que Dios me perdone. Es curioso: creían en un Dios necesario para castigarnos y se equivocaban; Dios era necesario para absolvernos»).

  • La revelación

    Se dice que todo cuento relata un cambio en la vida o bien un momento de comprensión. Lo que difícilmente puede contarse en un cuento es que ese momento de comprensión, en la vida real de un lector de libros, muchas veces sucede precisamente en un libro. No se me ocurre describirlo de otra manera que con esta imagen: al cruzar un párrafo o un verso, salta un fogonazo deslumbrante.

    Quizá mi mayor deslumbre me lo encontré en este párrafo de Borges:

    La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.

    El otro día volví a esta cita casi por casualidad. Se me ha ocurrido compartirla, es decir, mostrarla, y nada más, porque no hay nada que yo pudiera añadirle. Salvo dos notaciones marginales:

    Primero, su curioso isomorfismo: ella misma tiene las propiedades de lo que declara, la inminencia de una revelación que no se produce.

    Y en segundo lugar, su modestia —no sé si deliberada o inconsciente—, ya que alcanza mucho más que el hecho estético. Podría convenir a la literatura entera, a la filosofía, a la tarea de pensar; podría ser cifra de la condición humana.

     

    [Al final de «La Muralla y los Libros», en Otras Inquisiciones.]