El paciente se está atando los botones de la camisa. Levanta la vista hacia el médico y pregunta:
—¿Y ahora?
—Ahora haga vida normal.
El paciente se detiene y responde:
—No sé
El paciente se está atando los botones de la camisa. Levanta la vista hacia el médico y pregunta:
—¿Y ahora?
—Ahora haga vida normal.
El paciente se detiene y responde:
—No sé
Lo asombroso es cómo la vida, que en lo esencial resulta perfectamente previsible y que sucede tal como nos habían dicho, no deja de maravillarnos cuando llega.
La lógica debería ser uno de los derechos humanos.
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En los grandes juegos, el momento de comprensión —que a veces no llega— consiste en descubrir cuál es el juego.
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Si no hay ninguna razón práctica para no creer en lo absurdo, entonces no hay ninguna razón que impida creer en lo absurdo.
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Los españoles se dividen entre Prisa y la Cope, que es, digamos, como si los partidarios del cáncer de colon se opusiesen a los del cáncer de páncreas.
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Mensaje:
Sabed que hay un cielo para las personas que no conducen automóviles.
La mayoría de la gente dice que escribir es bueno, que la literatura es buena. Yo, en cambio, siento que algunos textos son mejores que no escribir.
Hablo por teléfono con una amiga que está en Granada, de visita. Se ha acercado a ver la casa junto al Darro donde vivió algunos años. Le pregunto qué tal se lo está pasando, qué tiempo hace, cómo ha encontrado la ciudad. Me dice: «Huele a higos, como al final de todos los veranos».
Hubo un tiempo en que yo quería ser escritor. No es que ya no quiera; es que no se me alcanza por qué me entraron ganas de ser yo una cosa, escritor o lo que fuese.
Henry Miller, en una de sus cartas a Lawrence Durrel, le escribía: «Por consiguiente mi intención era, yo lo he dicho, simplemente escribir. O ser escritor, más exactamente. Bien, lo he sido. Ahora lo único que quiero es ser».
Borges le hizo decir a Shakespeare, al encontrarse frente a Dios: «Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo».
En agosto, incluso el corazón más triste y pobre puede dejar que la tarde de verano se derroche en el cielo. Va manando la luz despacio, sin mengua, hasta que se hace oscuro. Por las ventanas abiertas entran las voces del barrio, mitigadas.
Un hombre joven con una camisa gris de verano y pantalones cortos sube a un vagón del metro en una parada intermedia de la línea. Al cabo de un par de estaciones acaba por comprender que el resto de los pasajeros, digamos que veintitantos, estaban en algo que él ha interrumpido. Se encuentran dispersos por el vagón de un modo casual; no comparten ni la edad, ni el vestido, ni la fisonomía, ni la raza, pero no cabe duda de los liga algún tipo de colusión. Las miradas que apenas se esfuerzan en disimular, una chica que de pronto tararea una tonada, cierto humor socarrón que flota en el ambiente: es imposible equivocarse. ¿Y ahora? La siguiente parada parece que no llega nunca. En adelante, esperamos averiguar qué le pasa al que ha irrumpido en medio de esta gente. Lo hemos visto entrar en la situación y habremos de ver cómo sale; a eso es a lo que nos tiene acostumbrados la narrativa actual. Un desperdicio. La historia que vale la pena ver es lo que hacían esas personas juntas en un vagón de metro antes de que él entrara.
El tiempo se filtra en el recuerdo como gotas de agua, y a partir de los fenómenos en bruto, como quedaron grabados por los sentidos, la memoria labra figuras en la oscuridad, unas veces magníficas y otras temerosas, pero siempre con una ganancia: la virtud de la forma. Y porque las personas estamos hechas para el amor por las formas mucho más que para el conocimiento de la verdad, cuando uno vuelve a los antiguos sitios y a los rostros —como acabo de hacer yo en este viaje—, no es de extrañar que sean ellos los que parezan disformes, ajenos y raramente impropios, en vez del recuerdo.
Vuelta. Darle forma a la verdad para poder vivir en ella; lo único que se me ocurre para no escoger entre la verdad y la vida.
Ya he dicho unas cuantas veces que me gusta Félix de Azúa: una de las páginas más visitada de este blog es donde hablaba yo de su Diccionario de las artes, por cierto. El año pasado estuve un tiempo fuera, así que tardé meses en enterarme de que Azúa había puesto un blog. Después, muchas mañanas he pensado en traerlo aquí, pero por una u otra cosa, el caso es que al final —mis legendarios reflejos— el otro día lo ha cerrado, no sé si hasta agosto, como dice, o para siempre.
Hay muchas cosas que me gustan de Azúa: su inteligencia, su ingenio, la variedad de curiosidad, su cultura sorprendente —por lo que a mí respecta, de un tamaño descorazonador—, y así; sin embargo, quizá lo que más le aprecio es esa cosa tan rara entre los españoles, el sentido del humor. Y su libertad de pensamiento.
El blog de Azúa me alegraba las mañanas. Unos días mejor, otros peor, otros perfecto. A mí me han impresionado mucho, por poner un ejemplo, sus retratos de escritores: «El invicto», o un «Un poco de esperanza». Pero si debo quedarme con uno que cifre lo que yo sacaba en limpio cada mañana —muy tempranito, a eso de las diez—, escojo este, escrito a medias entre Azúa y Steiner: «Sobre la inconveniencia de pensar». Vale la pena leerlo y guardarlo.
Su último post se titula «No es un adiós», pero para mí tiene todo el aire de serlo. Espero equivocarme.