Miro el agua del río a esta hora de la tarde y siento intensamente que quiero volver a este lugar. A uno le sobrevienen a veces deseos como una plegaria. Pero no se articulan; son una exhalación de la voluntad, un hágase.
A punto estoy de echar una moneda al río para ganarme la vuelta (la superstición proviene, según parece, de la antigua costumbre de propiciar a los dioses fluviales). Antes lo hacía, cuando era muy joven y encantado por los símbolos. Así que tengo tantos sitios a los que volver, aunque haya olvidado casi todos los deseos de entonces.
Acodado en este puente de madera, mecido por la tarde, me imagino un cuento en el que un hombre, antes de morir, es transportado por todos los ríos que deseó hasta que se saldan todas las deudas (el hombre, por ejemplo, se encuentra en sitios indistintos, inesperados o vagamente incompatibles). Doy por supuesto que ese cuento ya lo ha escrito Borges, de modo que me vuelvo a pensar en mis cosas. Volver a este río.
