• Un viaje menor II

    Miro el agua del río a esta hora de la tarde y siento intensamente que quiero volver a este lugar. A uno le sobrevienen a veces deseos como una plegaria. Pero no se articulan; son una exhalación de la voluntad, un hágase.

    A punto estoy de echar una moneda al río para ganarme la vuelta (la superstición proviene, según parece, de la antigua costumbre de propiciar a los dioses fluviales). Antes lo hacía, cuando era muy joven y encantado por los símbolos. Así que tengo tantos sitios a los que volver, aunque haya olvidado casi todos los deseos de entonces.

    Acodado en este puente de madera, mecido por la tarde, me imagino un cuento en el que un hombre, antes de morir, es transportado por todos los ríos que deseó hasta que se saldan todas las deudas (el hombre, por ejemplo, se encuentra en sitios indistintos, inesperados o vagamente incompatibles). Doy por supuesto que ese cuento ya lo ha escrito Borges, de modo que me vuelvo a pensar en mis cosas. Volver a este río.

     

    [Un viaje menor]

  • La falta

    Ya no hay agua. Bajo al pozo todos los días y nunca encuentro agua. Por las noches, durmiendo, entiendo la causa. De antes yo era el agua. Así que yo bajaba al pozo y siempre había agua.

  • El río

    Por esta ciudad pasa el gran río, pero sus habitantes, en un delicioso rasgo de carácter, porque aquí el río es pequeño llaman al río por otro nombre, más pequeño.

  • Aprendo lento

    Después de tanto cavilar sobre el estado deseable en la vida, empiezo a creer que no hay estado, sino que la vida depende de la sabia administración de las excepciones.

  • Un viaje menor

    Juan Avellana vuelve esta tarde por el lugar que se llama el recodo de la Luna en su mapa irracional de esta parte del mundo. Se trata de una curva del camino que anda por la ribera del río, justo donde cruza un bosquecillo. Este sitio figura destacado en la cosmología avellanesca desde hace algo más de un mes, un día que Avellana se sentía malo y se vino tan lejos, más allá de las personas y de las casas, tan lejos cruzando los prados y el bosque, cuando cayó la oscuridad. Entonces vio la luna espléndida en el cielo y en el río, mientras la noche reciente aún clareaba por un rescoldo del día, la enorme la luna artúrica por encima de los troncos catedralicios de los árboles de la orilla opuesta y sus hojas y sus ramas en tinta china sobre el agua detenida. Avellana contempló la escena con la perfección asombrosa de los sueños y olvidó todo pesar por ese rato y deseó —esto es a lo que vamos, y lo cuento aquí porque me parece que es de esa clase de cosas que dan la medida de un personaje—, deseó: «Olvido, perdona esta belleza».

    Esta sobretarde la Luna no viene, al borde del río sobre el que caen las sombras, pero Avellana mira acá, anda, mira allá, se pone en el mismo sitio de la primera vez, y recuerda. Todavía.

  • Medianoche

    Es tarde mientras escribo. Hace rato que la casa está en silencio. En la planta de abajo un perro duerme su sueño. Es un perro viejo que se mueve de acá para allá con una especie de beato cansancio. Mientras escribo, él duerme su sueño tranquilo como un barco que le lleva hacia la muerte. Hermano perro.

  • La Farmacopea

    En el país de Hiate, una civilización perdida dejó tras de sí un amplio edificio porticado en medio de una planicie de tierra roja. Sus dos plantas son escombros, pero la maravilla de estas ruinas es una vasta sala subterránea en forma de almendra que llaman la Farmacopea. Allí, una sucesión de casilleros regulares se alarga y se alza desde los suelos al techo, en filas incontables y columnas, hasta cubrir por entero las paredes suavemente cóncavas de la nave. En cada casillero hay una clase de sustancia única dentro de un sobre de papel amarillento: polvos, yerbas, obleas, barros, aceites, pomadas, semillas, resinas, cápsulas, arenas, tinturas, arropes, de un solo color puro o sin color, abigarradas, irisadas, tornadizas o translúcidas, ligeras, espesas, terrosas o pétreas. De la primera a la última, completamente ignotas. Ninguna señal predice la virtud de cada sobre.

    Los viajeros llegan a la explanada ante el pórtico desmoronado del edificio y se paran. En ese mismo lugar vivaquean o acampan durante noches, semanas, meses; el tiempo que necesite cada uno. Encienden hogueras, se dan a probar sabores de sus tierras, se cuentan historias del camino, razonan. En un momento dado, un hombre se levanta, cruza la puerta del templo y baja a la Farmacopea; se dirige a uno de los casilleros y usa en sí mismo la sustancia según el modo y la medida que le avise su corazón o su cálculo o sus sueños. Todo el mundo sabe que algunas veces alguien ha regresado del subterráneo con una luz en los ojos nunca vista.

    Una compañía de hombres bondadosos baja una o dos veces por semana a retirar a los que no pueden moverse y a los muertos.

  • En el parque II

    La pregunta con que acababa mi post anterior no quería ser retórica. De verdad me pregunto si existirá algún dispositivo que sirva para salvar la soledad de la conciencia.

    Existe un abismo de vacío entre el sujeto y los objetos. Una diferencia gramatical que se corresponde con una barrera ontológica, sólo que en la gramática del ser los pronombres no son intercambiables. Nadie puede decir yo más que yo; en el lugar del sujeto se encuentra siempre una conciencia a solas, un fuego. Me imagino que otros viven, lo sé. Eso son dos operaciones mentales. La conciencia arde.

    El amor es capaz de abolir esa distancia, todos lo sabemos; pero yo estoy pensando en un artefacto. ¿Es la escritura ese dispositivo? No lo sé. Hace años me encontré una frase de Jorge Semprún que decía, al hilo de su relato del campo de concentración, que la verdad esencial de la experiencia no era transmisible, excepto —él hacía esta salvedad— por medio de la escritura literaria. La primera parte de la frase me abrió los ojos desde entonces hasta hoy sobre algo que desconocía pero que ya me pesaba. La verdad de la segunda parte de la frase aún no la he decidido. Lo que sí creo —lo que pensé la otra tarde y las siguientes en el parque— es que la escritura sirve para enjuagar esa ausencia. La escritura alcanza a mostrar el hueco que media entre vivir y ver vivir. Al menos, pienso, la literatura proporciona ese consuelo y concede esa posibilidad de comprensión.

     

    [En el parque I]
    [Jorge Semprún, La escritura o la vida (Tusquets).]

  • En el parque

    Tengo una cámara en la mano, pero con una fotografía no puedo contar la verdad de la tarde. Está el espejeo del agua del canal, las sombras inquietas de los árboles, el último sol en la hierba y todas las demás cosas que se ven. Luego las campanas, la grava del sendero, el temblor de las hojas, un pato que grazna como si se riera. Y el olor dulzón de los prados sin lluvia. El soplo del aire, la tibieza de un día del final del verano, la palpitación de mi cuerpo, y mis pensamientos, que van juntos con los otros restos de la tarde. Ese instante de vacío en el mundo cuando un verano se pierde, esa luz de oro. Y está mi carne, mi conciencia.

    Como quien pasa a las manos de otro un animal vivo ¿habrá modo de dar eso a una persona?

  • Belleza lógica

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    ¿Cómo no seguir por esta calle, cuando es el camino el que te sale al paso? ¿Se puede no seguir a donde lleva la lógica, una vez que uno la ha encontrado?