• En otro lugar

    A veces sucede que dos hombres enemistados llevan los vaivenes de su odio más allá de lo razonable y estorban la paz del país. Un día acaban con la paciencia del rey; los soldados los arrastran al crucero del templo mayor, los arrojan al suelo y los amarran espalda con espalda. Los sacerdotes, a los que han sacado de la cama en mitad de la noche, cantan con voz temerosa mientras dura el rito que mancuerna las vidas de los dos enemigos. Luego los desatan y los mandan separarse a los extremos del continente si no quieren que su carne sea echada a los perros.

    De ahí en adelante sus destinos son invertidos e iguales. Cada golpe de fortuna le depara al otro la misma medida de desgracia; cada mal lleva ese exacto bien a la contraparte. Si uno pierde un anillo de oro, al otro le llegará una joya por azar; si uno se desposa, el otro encontrará su casa vacía. El verano es invierno, lo dulce es amargo, los garbanzos son hambre, las pulgas besos; las noches de dolor de muelas son jardines nocturnos y música. Todo el tiempo sienten al gemelo como bajo su misma piel.

    Puesto que no pueden dañar derechamente al otro, cada cual se desespera por aumentar su propio bien, de modo que sus vidas antes inútiles ahora acrecientan el bienestar de la nación. A medida que pasan los años, sin embargo, la mayoría de estos hombres termina por conducirse en torno a un discreto punto medio, y al final de los tiempos, fatigados y sentidos, hay que ver que hasta los más obstinados acaban desarrollando por su gemelo algo como esa aflicción del alma que llamamos caridad, o compasión.

  • Afonismos

    Siempre es un ángel aquel al que le sucede una cosa por primera vez.

    *

    Volver es siempre extraño.

    *

    La vida: de desear lo que será hasta perder lo que ha sido.

    *

    Si el amor es un misterio, ¿qué decir de su repetición?

    *

    A veces soy una de esas personas que pasan al otro lado de la cristalera del café; otras veces soy el que las mira.

  • Algún día

    Algún día perderé lo que ha sido; pero ahora es el tiempo en que empiezo a perder lo que no ha sido.

  • El brujo meditativo

    El problema no es —piensa el brujo— si la magia existe, o no. El problema es que la tecnología funciona mejor que la magia, he ahí la cuestión.

  • Avellana: su cuaderno de viaje VI

    Durante sus viajes Avellana trata con las estrellas cotidianas y la luna que sirve para medir el tiempo, los días que se alargan todo un entero día, las hogueras, el olor caliente de los animales y el olor agrio de otros hombres, el humo, el pan, el agua barrosa, las maderas torcidas, las piedras con formas memorables, la leche, las armas, los ásperos sabores desconocidos, y eso es el mundo. Un atardecer se acuesta sobre el suelo, y mientras yace de costado envuelto en telas que huelen como parte de sí mismo, Avellana da en representarse una ciudad, que es Madrid, de almas innumerables, donde hay luz durante la noche y el día, las personas viajan en subterráneo, hay pinturas y tinta, salas de aire caliente, hombres y mujeres que dicen palabras en cualquier momento, hay un zumbido, hay dialectos y carteles. Hay formas como arcos, cubos o esferas. Tendido en el suelo duro, con la mejilla en el polvo, a Avellana le resulta difícil creer todo esto, y se le ocurre que es uno de los lugares más improbables, más imposibles que un hombre haya conocido.

    [Avellana: su cuaderno de viaje V]

  • Medianoche

    Espumas,
    según me hundo en este sueño solitario
    tan lejos del mar
    acá en el norte,
    intento recordar qué me decíais,
    qué me decíais
    entonces.

  • Un viaje menor II

    Miro el agua del río a esta hora de la tarde y siento intensamente que quiero volver a este lugar. A uno le sobrevienen a veces deseos como una plegaria. Pero no se articulan; son una exhalación de la voluntad, un hágase.

    A punto estoy de echar una moneda al río para ganarme la vuelta (la superstición proviene, según parece, de la antigua costumbre de propiciar a los dioses fluviales). Antes lo hacía, cuando era muy joven y encantado por los símbolos. Así que tengo tantos sitios a los que volver, aunque haya olvidado casi todos los deseos de entonces.

    Acodado en este puente de madera, mecido por la tarde, me imagino un cuento en el que un hombre, antes de morir, es transportado por todos los ríos que deseó hasta que se saldan todas las deudas (el hombre, por ejemplo, se encuentra en sitios indistintos, inesperados o vagamente incompatibles). Doy por supuesto que ese cuento ya lo ha escrito Borges, de modo que me vuelvo a pensar en mis cosas. Volver a este río.

     

    [Un viaje menor]

  • La falta

    Ya no hay agua. Bajo al pozo todos los días y nunca encuentro agua. Por las noches, durmiendo, entiendo la causa. De antes yo era el agua. Así que yo bajaba al pozo y siempre había agua.

  • El río

    Por esta ciudad pasa el gran río, pero sus habitantes, en un delicioso rasgo de carácter, porque aquí el río es pequeño llaman al río por otro nombre, más pequeño.

  • Aprendo lento

    Después de tanto cavilar sobre el estado deseable en la vida, empiezo a creer que no hay estado, sino que la vida depende de la sabia administración de las excepciones.