Un viajero desorientado se equivocó en un cruce y fue a parar a la vieja estación de tren, abandonada. El taquillero le vendió un billete para la ciudad; él compró un paquete de tabaco negro en el estanco y se fumó un pitillo paseando arriba y abajo. De los altavoces salía una música antigua. Unas pocas palomas aleteaban bajo la marquesina de hierro. El andén se fue llenando poco a poco de personas, de conversaciones cada vez más ruidosas y de bultos. Un cartel mecánico anunció el tren, y al sentir la proximidad del temblor las cabezas se giraron en la dirección por donde debía asomar la máquina. El viajero tiró su colilla al balasto de la vía y agarró el asa de su maleta. En un instante todo desapareció en medio del silencio, y el viajero extraviado se quedó solo sobre el andén, triste, inundado con la tristeza de todas las despedidas.
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Tarea
A mitad de la vida
nacer de nuevo,
y vivir sin teorías
y sin sueños. -
Migas
Un sentimiento ocasional: no estar a la altura de lo que la vida me entrega.
La imaginación tiene como condición la fragilidad.
La Luna es gratis.
El Diablo piensa en Dios todos los días.
En poesía, la verdad se me aparece siempre como un reconocimiento.
Un día más no es un día menos.
La realidad —a día de hoy— es indemostrable.
Viajero: has de saber que un pájaro, desde el interior de ese bosque, canta una melodía. Tiene cinco notas y nunca se olvida.
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El sueño de Giovanni Drogo
En marzo, escribí un post que llamé «El camino». Luego, en los comentarios, hablando de similitudes e influencias, le dije a Nonwriter que yo al menos era consciente de la influencia de un pasaje de El desierto de los tártaros, una novela de Dino Buzzati. Poco después me tropecé de nuevo con ese mismo pasaje en el libro de Alberto Manguel, allí donde dice:
Hay un pasaje memorable en el capítulo sexto [de El desierto de los tártaros], en el que se describe a Drogo, dormido, mientras sueña con el viaje interminable que él mismo es incapaz de imaginar. «¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas (…). Detrás de aquel río —dirá la gente—, diez kilómetros más y habrás llegado. Pero nunca se acaba».
«Hay un pasaje memorable». En marzo, mientras escribía aquel post sobre el camino tenía presente el sabor de las palabras de Buzzati: el efecto de iteración y el tono irreal, vagamente desesperado; aunque no el contenido, que creo que tiene poco que ver.
Hay lecturas tan intensas que forman parte de la biografía. Cómo iba a sustraerme de estas páginas, si las he leído tantas veces. Sin embargo, son tristísimas, y su advertencia verdadera no me ha servido de nada. No sé por qué las he frecuentado tanto. Por eso no suelo repetírselas a casi nadie; para qué, si son tan tristes y su advertencia no sirve de nada.
En todo caso, forman parte de mi gran literatura. Es una cita larga:
Tendido en el camastro, fuera del halo de la lámpara de petróleo, mientras fantaseaba sobre su propia vida, a Giovanni Drogo le asaltó repentinamente el sueño. Y mientras tanto, precisamente esa noche —oh, si lo hubiera sabido, quizá no habría tenido ganas de dormir—, precisamente esa noche comenzaba para él la irreparable fuga del tiempo.
Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años transcurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero, es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.
¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor y se reanuda sin pensar el camino.
Así se continúa andando en medio de una espera confiada, los días son largos y tranquilos, el Sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.
Pero en cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el Sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también.
Cierran a cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar. Pero Giovanni Drogo en ese momento dormía, ignorante, y sonreía en sueños como hacen los niños.
Pasarán días antes de que Drogo comprenda lo que ha sucedido. Será entonces como un despertar. Mirará a su alrededor, incrédulo; después oirá un pataleo de pasos que vienen a sus espaldas, verá gente que, despertada antes que él, corre afanosa y se le adelanta para llegar primero. Oirá el latido del tiempo escandir ávidamente la vida. A las ventanas ya no se asomarán risueñas figuras, sino rostros inmóviles e indiferentes. Y si él pregunta cuánto camino queda, ellos señalarán de nuevo al horizonte, sí, pero si ninguna bondad ni alegría. Mientras tanto los compañeros se perderán de vista, alguno se queda atrás, agotado; otro ha escapado delante; ahora ya no es sino un minúsculo punto en el horizonte.
Detrás de aquel río —dirá la gente—, diez kilómetros más y habrás llegado. Pero nunca se acaba, los días se hacen cada vez más breves, los compañeros de viaje más escasos; en las ventanas hay apáticas figuras pálidas que sacuden la cabeza.
Hasta que Drogo se quede completamente solo y aparezca en el horizonte la franja de un inmenso mar azul, de color plomo. Ahora estará cansado, las casas a lo largo del camino tendrán casi todas las ventanas cerradas y las escasas personas visibles le responderán con un gesto desconsolado: lo bueno estaba detrás, muy detrás, y él ha pasado por delante sin saberlo. ¡Oh!, es demasiado tarde ya para regresar, detrás de él se amplía el estruendo de la multitud que le sigue, empujada por idéntica ilusión, pero aún invisible por el blanco camino desierto.
Giovanni Drogo ahora duerme en el interior del tercer reducto. Sueña y sonríe. Por última vez llegan a él, en la noche, las dulces imágenes de un mundo completamente feliz. ¡Ay! Si pudiera verse a sí mismo, como estará un día, allá donde el camino acaba, parado a la orilla del mar de plomo, bajo un cielo gris y uniforme, y a su alrededor ni una casa, ni un hombre, ni un árbol, ni siquiera un brizna de hierba, y todo así desde tiempo inmemorial…
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La tarde
Como cuando era niño,
me has puesto en este laberinto
a resolver una tarea desconocida.
A ratos me distraigo.
A ratos me siento al borde del camino.
No sé si me lo has dicho y lo he olvidado,
si no presté atención mientras me hablabas.Cae la tarde. Azules, blancas,
las nubes deshebradas en el cielo.
El crepúsculo de piedra parece decir algo.No sé volver donde el último estanque.
No oigo, o no entiendo, o me he dormido.
Las hojas están quietas. Luego vendrá la noche.
Te esperaré sentado. -
Escribo
Yo sé que debo escribir cargando todo mi peso en cada palabra. Y yo sé que no escribo ni una sola palabra definitiva. Como esos viejos matrimonios, yo y yo conseguimos escribir gracias a que ninguno escucha lo que dice el otro.
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En el cuarto centenario del Quijote. Programa:
- Don Quijote en el más allá.
- Don Quijote y la energía eólica.
- Don Quijote hace unas declaraciones.
- Don Quijote visita Ganímedes.
- Don Quijote, en bata de hospital, aprende que en esa época se resucita a los muertos.
- La novela de Sancho solo.
- Don Quijote y prozac.
- Don Quijote y el sueño de Sancho.
- Don Quijote y Sancho bailan.
- Los colores del arrecife de coral en la obra cervantina.
- Don Quijote se opera los pechos.
- Don Quijote y los cinco sentidos.
- El masaje Dulcinea.
- Don Quijote destroza el plató de televisión.
- Don Quijote en Playstation.
- Don Quijote contempla los suburbios.
- Don Quijote se suicida.
- Don Quijote y el fantasma de Aristóteles: un diálogo sobre las vanguardias.
- Lamentaciones lunares y líricas de Don Quijote y Sancho.
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Avellana: su cuaderno de viaje V
Para que Dios las sepa, en Ramipó los creyentes escriben sus plegarias con tinta negra sobre las paredes del gran templo. Las manos de las generaciones han atestado la piedra, lo que obliga a trazar letras minúsculas de finísimos rasgos entre los renglones, en los espacios, bajo los remates, dentro de los ojales de las letras de los antepasados. Unos monaguillos cabizbajos rellenan los panzudos tinteros de bronce. En las paredes del gran templo de Ramipó está escrita la epopeya de los temores, las penas y los sueños de todo un pueblo. El día que esos muros se vuelvan enteramente negros, del suelo al techo, está mandado que se comience a escribir con letras blancas. Rodeado de las más terribles supersticiones, nadie quiere que ese día llegue.
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Enorme debate ético
¿Qué haremos, en el curso de los programas universales de resurrección, al encontrarnos esas lápidas con una plaquita de plástico color naranja —fugazmente de moda doscientos años antes, hacia mediados del siglo XXI— donde dice No resucitar, por favor?
