• Cruce

    Juan volvía del trabajo en el tren de cercanías, de pie junto a la puerta del vagón. En una estación subieron tres hombres, dos blancos y uno negro, con aspecto muy baqueteado, y se quedaron al lado de Juan. El negro iba hablándoles a los otros de boxeo. En mitad de la plataforma, adoptó la postura de guardia, los pies abiertos y un poco agachado, y se puso a fingir los movimientos de un boxeador en una pelea. Los otros dos lo contemplaban sin decir palabra.

    Todos los pasajeros dentro del vagón miraban disimuladamente hacia ellos cuatro.

    Cuando era niño, un chaval mayor cogió a Juan, en el barrio, y se empeñó en enseñarle a boxear. Decía que tenía cualidades. Le enseñaba a poner la guardia, el crochet, el uppercut, el directo, pin, pan, de derecha, de izquierda. Le enseñaba a mover los pies. El boxeo es como una esgrima. Se iban a un callejón sin salida, junto a una tapia cubierta de verdín, y allí practicaban hasta que se iba la luz. Juan quería ser amable, pero se aburría muchísimo. En ese mismo sitio, un domingo por la tarde, yendo solo, a Juan se le ocurrió subirse a la tapia y se cayó desde lo alto. Llovía y se resbaló. Se pasó mucho tiempo tirado en el suelo, una eternidad. Cuando por fin se sintió mejor, se levantó y se fue para casa, y consiguió pasar sin decirle nada a su tía.

    El negro del tren era delgado y fuerte, aunque con una delgadez como avejentada, del estilo de esos futbolistas curtidos que con treinta y pocos dan la impresión de ser hombres mayores. Parecía un inocentón, un niño grande. Entonces hizo un movimiento repentino, de serpiente, que por alguna razón a Juan le repugnó.

    Se apeó en la siguiente estación, sin volverse a mirar, alejándose camino de su casa. Luego, mientras hacía la cena, le vinieron a la memoria aquellas cosas de su niñez, como si los recuerdos emergieran de lo hondo de un pozo, aunque muy claros. Igual que otras veces, volvió a sentir que su vida era una colección de traiciones. Se encogió de hombros, a solas.

  • Encuentro

    Me encontré una cosa que no estaba buscando y durante un momento intenté recordar quién había dicho algo sobre esos casos, hasta que enseguida caí en la cuenta de que lo había escrito yo en esta página, hace un año, justo el día 7: «Cuando uno encuentra algo bueno no es equivocado decir que era eso lo que estaba buscando».

    Pues eso. Buscaba otra cosa y me encontré esta, dentro de un gran libro:

    El loro

    Un viejo armador danés recordaba los días de su juventud y cómo una vez, cuando tenía dieciséis años, se pasó una noche en un burdel de Singapur. Había ido con los marineros del barco de su padre y se sentó a charlar con una anciana china. Cuando ella oyó decir que era nativo de un país muy lejano trajo un viejo loro, que era suyo. Contó que hacía mucho, mucho tiempo, se lo había regalado un noble inglés que había sido su amante en su juventud. El muchacho pensó que el loro podía tener hasta cien años. Podía decir frases en todos los idiomas del mundo, aprendidas en la atmósfera cosmopolita de la casa. Pero el amante de la mujer china le había enseñado una frase antes de regalárselo, que ella no entendía, ni ningún visitante le había podido decir qué significaba. Así que llevaba muchos años preguntándolo. Pero como el muchacho era de tan lejos quizá fuera en su idioma y pudiera traducirle la frase.

    El muchacho quedó profunda, extrañamente conmovido por la sugerencia. Cuando miró al loro y pensó que podía oír danés de aquel terrible pico estuvo a punto de marcharse corriendo de la casa. Sólo se quedó por ayudar a la anciana china. Pero cuando ella hizo que el loro dijera su frase, resultó ser en griego clásico. El pájaro dijo sus palabras muy lentamente y el muchacho sabía el griego suficiente como para reconocerlas; eran unos versos de Safo:

    La luna y las Pléyades se han puesto.
    Y medianoche es pasada.
    Y las horas huyen, huyen.
    Y yo estoy echada, sola.

    La anciana, cuando él le tradujo los versos, chascó los labios e hizo girar sus ojos rasgados. Le pidió que se los dijera otra vez y movió la cabeza.

    [Isak Dinesen, Lejos de África («De la agenda de un emigrante»). Traducción de Bárbara Mc Shane y Javier Alfaya/Aquilino Duque.]

  • Edad II

    El tiempo
    que roe los metales y la carne
    que confunde las ciudades y los días
    y que un día acabará por arrastrarlo todo,
    sabe también ser piadoso.
    Y así descubro, al cabo de los años
    que la vida prescribe.

    [Edad I]

  • La gramática y el alma

    Nos cuesta imaginar la realidad sin sintaxis, es decir, sin alguien que mueva algo por algo y alguien, pero hagamos el esfuerzo. Imaginemos los hechos solos, sin agentes ni pacientes. Lo que sucede en el mundo, lo que se da. Coches parados en un semáforo. Un golpe de viento que derriba una valla publicitaria. La salida de los espectadores de un estadio. Olas rompiendo en un muelle. El ocaso. Una inauguración con canapés. Un nacimiento. Supón que desde muy alto, desde las nubes, ves estos grumos de hechos, aislados, cada uno en un sitio, como puntos en una cuadrícula, o como aparecerá desde allí arriba la disposición regular de los olivos ordenados sobre el campo. Ahora, imagina una línea que se tiende de un hecho a otro, de ahí otro, y luego a otro, y más allá, y así una línea zigzagueante que escoge y enhila una serie de ellos.

    Ése soy yo, por ejemplo, o tú: una trayectoria. También podemos imaginarla como un relámpago que atraviesa todos esos puntos del primero al último, que alumbra los campos y la bóveda de los cielos.

  • Me acuerdo

    Me acuerdo de que cuando yo era niño en los azulejos de las casas se pegaban calcomanías con dibujos de frutas. «Calcamonías».

    Me acuerdo de que mis abuelos tenían la costumbre de cambiar las habitaciones de uso: la sala pasaba a ser dormitorio, y luego comedor, y luego otro dormitorio distinto, etcétera. Los muebles siempre eran los mismos, que transitaban.

    Me acuerdo de que el pato de mi hermana se llamaba Filiberto, por un amigo de mi padre, que era culturista.

    Me acuerdo de la enseña de un cristalero que se veía desde la ventana de la casa de mi novia, en Sarrebruck. Ponía «Heinrich Hommerding». Me acuerdo de los pétalos de hortensia secos que ella guardaba en los ceniceros.

    Me acuerdo de mi primer colegio. La mitad de los niños éramos normales y la otra mitad vivían allí mismo, acogidos en una institución. Llevaban pantalones cortos grises y camisas azules, y eran flacos y pelones. Todos éramos unos muertos de hambre, pero desde dentro se veían esas diferencias.

    En 1970, un pintor norteamericano, Joe Brainard, publicó un librito compuesto solamente por párrafos cortos que comenzaban todos de la misma forma: «I remember…». Cada párrafo contenía justo eso, un recuerdo aislado, recuperado al azar de entre la colección de memorias personales y expuesto de forma lacónica. En 1978, Georges Perec escribió su propia reunión de Je me souviens y de ese modo los hizo célebres. Hoy son un ejercicio corriente en los talleres literarios, por ejemplo. Muchos escritores conocidos han incurrido en esta rareza.

    Sin meditarlo, uno escoge el primer recuerdo que le venga, y lo anota. A continuación anota el que le siga, y luego otro, y otro, sin detener casi la mano. Cualquier cosa: una caja de cerillas, el título de un libro, el color de un sombrero, un amor recordado, una galleta. Lo que se realiza de este modo es un espléndido ejercicio de escritura destinada al propio placer y al autoconocimiento. La espontaneidad y la ausencia de retórica son fundamentales.

    Como un grifo cerrado largo tiempo, los primeros recuerdos salen a trompicones y a menudo conviene dejarlos correr; después, por misterio, el ejercicio se refuerza solo y aparecen objetos que uno había perdido.

    Por supuesto, no hace falta ser aficionado a la escritura para practicarlo. Yo lo recomiendo con entusiasmo.

    Me acuerdo de una chica que conocí en un tren nocturno. Me contó que estudiaba diseño y tenía la casa pintada de amarillo, y que era epiléptica. Estas cosas en los primeros noventa estaban muy bien.

    Me acuerdo de cuando fuimos a despedir a mi padre, que se marchó en tren a trabajar. Me encontré un peine blanco y negro en el suelo de la estación. Un año después nos marchamos nosotros también, pero yo todo eso aún no lo sabía.

    Me acuerdo de que mi abuelo se bebió el aguarrás porque tenía la costumbre de guardarlo en una botella de agua de Corconte.

    Me acuerdo de mi prima, diciéndome «mira qué cara de velocidad» y riéndose.

    Me acuerdo de que un verano se me pusieron malos los oídos y me dieron una medicina que me volvió la orina naranja, como Fanta. Los niños del barrio hacían corro para a verme mear.

    Me acuerdo del tren parándose en Penthièvre una tarde al final del verano. Me acuerdo de los mejillones con patatas, de las sábanas blancas, frescas. Me acuerdo del viento.

    Me acuerdo de cuando mi madre se compró su 127 blanco. Tenía una banda negra en el costado porque era especial.

    Me acuerdo de una vez que mi hermana y yo llorábamos en su compleaños. Yo le había regalado un jabón en forma de zueco.

     

    [Un artículo estupendo de Juan Bonilla, en su propia página, donde se explica muy bien de qué va la cosa, junto con otros motivos de agrado que se verán al pinchar. Además, creo que vale la pena darse una vuelta por el sitio; a mí Bonilla me gusta:
    http://es.geocities.com/juanbonillaweb/texto.html
    Los Je me souviens de Perec, en francés:
    http://www.chez.com/ateldec/00002000/index.html
    Sobre George Perec, en inglés. Una reseña de Je me souviens y enlaces interesantes sobre él y el Oulipo:
    http://www.complete-review.com/reviews/perecg/jemes.htm
    Sobre Joe Brainard, en inglés:
    http://www.findarticles.com/p/articles/mi_m1248/is_n7_v85/ai_19628879]

  • Recuerdo del purgatorio

    El purgatorio existe. Una pared pintada de verde desvaído y una bombilla que apenas alumbra. Una habitación sin ventanas. Un lavabo, una silla, una papelera, un periódico manoseado.

    El purgatorio es una habitación de una pensión barata, a medianoche, y estar solo.

    El infierno es no salir nunca.

  • Edad

    Palabras, canciones
    placeres de los días
    esposas
    madrugadas
    costas desconocidas
    la hermosa razón:
    cosechas de la edad adulta
    que el tiempo me trae cada mañana.

    El tiempo,
    que se lleva mi vida con dos manos.

  • A veces

    pienso que el destino nos da un poco de ventaja, luego se echa a correr, y nos alcanza enseguida.

  • El abismo y la belleza

    La frase me impresionó por encima de todo cuando vi en el cine A Beautiful Mind (Una mente maravillosa, en la versión española); me la vuelvo a encontrar ahora justo al abrir el libro, en su segundo párrafo.

    Este libro es la biografìa de John Forbes Nash, genio matemático y premio Nóbel, y también la de una mente espléndida devastada por la locura. Le preguntan a Nash cómo es posible que alguien como él, un matemático, un hombre entregado a la razón y a la demostración lógica, pueda creer que seres sobrenaturales le envían mensajes para la salvación del mundo.

    Él calla durante un rato; se queda mirando con fijeza a su interlocutor, «con una mirada tan fría y desapasionada como la de un pájaro o una serpiente», dice el libro, y por último responde: «Porque esas ideas sobre seres sobrenaturales me vinieron del mismo modo que mis ideas matemáticas. Así que me las tomé en serio».

    Vuelvo a encontrarme esa frase y me impresiona como la primera vez.

  • Luces

    Estas últimas vacaciones, a la entrada del otoño, estuve en la playa, al borde del Cantábrico. Vi que el sol tibio se extinguía como una candela.

    Luego bajé hacia el Mediterráneo. Me pareció que allí la luz del verano no se muere, sino que se transforma en otra cosa.