• Rito de junio

    Como un juego, me gusta adoptar h�bitos voluntariosos, repetir un acto o un gesto hasta consagrarlos sin mayor motivo. Este es uno de esos ritos m�os informales, acordarme alguna noche del mes de junio del poema de Gil de Biedma, naturalmente este, qu� remedio:

                NOCHES DEL MES DE JUNIO

    A Luis Cernuda

    Alguna vez recuerdo
    ciertas noches de junio de aquel año,
    casi borrosas, de mi adolescencia
    (era en mil novecientos me parece
    cuarenta y nueve)
                                 porque en ese mes
    sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
    lo mismo que el calor que empezaba,
                                                               nada más
    que la especial sonoridad del aire
    y una disposición vagamente afectiva.
    Eran las noches incurables
                                              y la calentura.
    Las altas horas de estudiante solo
    y el libro intempestivo
    junto al balcón abierto de par en par (la calle
    recién regada desaparecía
    abajo, entre el follaje iluminado)
    sin un alma que llevar a la boca.
    Cuántas veces me acuerdo
    de vosotras, lejanas
    noches del mes de junio, cuántas veces
    me saltaron las lágrimas, las lágrimas
    por ser más que un hombre, cuánto quise
    morir
            o soñé con venderme al diablo,
    que nunca me escuchó.
                                         Pero también
    la vida nos sujeta porque precisamente
    no es como la esperábamos.

    Hace tiempo que no soy un adolescente, pero creo que no se me ha olvidado c�mo era. Y, en todo caso, cada junio sigo sintiendo esa especial sonoridad del aire, la angustia peque�a y otras cosas.
    Bien, ya est� hecho el rito.
    (El poema pertenece a Compa�eros de viaje; yo lo he sacado de una antolog�a de Gil de Biedma en C�tedra, Volver).

  • Eleática

    Siendo todavía un niño, a Aquiles se le revelaron en una sola noche los detalles de una ópera luminosa que pensó en llamar La Gran Tortuga, porque él se representaba este animal acorazado como el emblema del tiempo.

    Primero tuvo que terminar sus estudios; después completó su formación musical durante seis años. Buscó un lugar donde vivir y sentarse a componer su obra. Entonces tuvo que meterse a dar clases de piano, una ocupación enojosa y mal pagada que estorbaba su verdadero trabajo, pero que a cambio le deparó por ventura una mujer de ojos brillantes por la que comprendió que hasta entonces había vivido desnudo. Fue un tiempo inacabado y feliz. Una de aquellas noches, Aquiles empezó a ver disminuida la figura de su tortuga, como un objeto que se aleja.

    Necesitaban una casa donde estar juntos, de modo que los dos decidieron estudiar para un empleo tranquilo. Aquiles supo una mañana de junio que sería padre de un niño, y luego otros, que rompían a llorar de madrugada, crecían, sanaban y sumaban y se sentaban al piano de una casa cada vez más grande y bulliciosa. A la hora del sueño, acostado, Aquiles distinguía a veces la imagen minúscula de la tortuga contra el horizonte, siempre más lejos, cuando le había parecido tan cercana.

    El resto de la historia es bien conocido; más o menos como la cuenta Zenón.

  • El cuaderno de viaje de Avellana

    Entre las cosas de Avellana he encontrado lo que parece un cuaderno de viaje: en la tapa figura una ilustración de un río con manglares, una bruma que se alza al fondo del cuadro y un animal noble y desconocido en medio; los márgenes están decorados con motivos geográficos: largavistas, sextantes, faros y ballenas. Las páginas iniciales las ocupan croquis, rayones y bosquejos; la primera frase que puedo leer dice: «El galote. Se llama así un árbol que da una sola fruta cada verano. Le crece en el centro de la copa, y es carnosa y redonda como un globo». Pero al lado aparece dibujado una especie de hombrecillo con sombrero hongo. No lo entiendo. En las páginas siguientes hay más anotaciones:

    «La libélula acorazada. Es muy miope. Se topa todo el rato contra cualquier cosa, así que cuidado».

    «Las allunas. A las allunas las llaman también golondrinas de almizcle. Pasan volando y pasa con ellas el rastro de un aroma angélico».

    «Ulupe es un pueblo razonable, con buenas manufacturas. Allí tienen unos pájaros negros y azules, del tamaño de una corneja, que, dicen, acuden al olor del hombre santo. Una vez, hace años, un murmullo de la multitud cubrió la plaza, como un gemido, cuando fueron a posarse en la cabeza del ahorcado».

    «Ulupe es un pueblo triste, agobiado por una antigua culpa».

    «En Imbea les encanta ese proverbio: la luz no sabe doblar las esquinas».

    Vienen luego varias páginas con dibujos absurdos, y después continúan las anotaciones.

  • No sé

    Me doy cuenta de que muchos de los posts que he escrito en esta página están tejidos alrededor de alguna clase de pregunta, visible o implícita, que es lo que ocupa el lugar del centro. Veo también que no se trata de una disposición retórica, sino que, de verdad, escribo así porque es lo que me queda, después de haber ido perdiendo mis afirmaciones.

    Escribo narrando mis preguntas. Si se me permite volver a usar esta metáfora, diría que he desarmado el mecanismo de la máquina y cada vez que escribo es como si señalase con un gesto de la mano las piezas colocadas encima de un trapo blanco, para considerar la peculiaridad de una forma, o como si propusiese encajar unas cuantas que componen un grupo. Después de tanto tiempo aquí sentado en el mundo, no tengo ni puta idea de nada, por decirlo con menos literatura.

    Entretanto escucho a Bach como si respirara o buceara. Eso nunca me había pasado antes. Me gusta Bach, claro, pero no soy —o no era— de esa clase de gente, y de ahí que tampoco pueda decir por qué lo hago. A veces el sonido es tan bello que parece que te sacudiese con suavidad tomándote de un brazo, o que topase insistentemente su cabeza contra tu hombro, yendo y viniendo, como un gato.

    Así que escribo, entretanto, con preguntas. Porque si algo creo estar empezando a aprender —y esto sí se parece a una aserción, ahora que lo pienso— es que la escritura va en primer lugar, y después el texto. Uno pone las letras, primero, y entonces el texto aparece razonablemente sobre la página. Uno no aguarda al qué, porque el qué no llega hasta que se escribe. Es como si, para acertar con el rostro exacto que tendrá tu hijo, esperases a que un día llamara a tu puerta.

    A algunas personas como yo, muy pensativas, alcanzar estas pequeñas conclusiones nos cuesta un triunfo. Pero me repito; así empezó todo, hace un año, al principio de los tiempos:
    https://avellana.neunoi.com/2003/06/principio.html

    O, si se prefiere, haciendo arqueología:
    http://web.archive.org/web/20030714173608/https://avellana.neunoi.com

  • Me pregunto

    si es lícito el deseo de evitarse algo obligatorio para todos los hombres.

  • Una voz en la noche recitando versos por la radio

    Una voz en la noche recitando versos por la radio.
    El rostro hundido en un cuello de muchacha.
    El sabor salado de las letras de un párrafo.
    Una tarde de verano en Alemania.

    De mi infancia, un domingo de sol y campanas,
    y en el cielo una brisa de palomas


    Vosotras, mis cosas,
    ¿vendréis a mí ese día, cuando os llame,
    como un rey que ha caído en la batalla?


    ¿O no,
    y tendré que pasar, entonces, solo?

  • «Había en ese patio

    un hombre muy viejo: me saludó, pero yo me apercibí demasiado tarde. La música recomenzó y yo me decía: «Con tal que vuelva a mirarme!». Era un peregrino, no era de aquí. Me pareció que me tenía simpatía. Se acabó la música. Yo estaba como en éxtasis. El hombre se dio vuelta, me dirigió una mirada y salió. En su mirada había algo especial para mí. Todavía no sé qué quiso decirme. Algo importante, esencial. Nos miró a a mí y a mi destino, con una especie de consentimiento y de regocijo, pero con un dejo de compasión, casi de piedad, y se fue, y todavía me pregunto lo que todo eso quiere decir».

    Henri Michaux, Un bárbaro en Asia (Orbis). Traducción de Jorge Luis Borges.

  • Sucessus textor amat

    Al hilo del post anterior, hablaba con Ike en los comentarios acerca de que quizá sea esta la primera vez que el común de la gente va a dejar detrás de sí recuerdo escrito de su existencia. No una persona señalada —un escriba, un grabador, un pensador, un monje—, sino la gente misma. Si la Historia comienza con la aparición de la escritura, entonces podría decirse que de algún modo es ahora, con Internet, cuando los individuos empezamos a entrar en la Historia (y si eso suena emocionante, aclaro que se trata de un efecto indeseado).

    Todo ello es verdad de modo genérico, ya que, en cambio, ha habido infinidad de casos particulares en los que individuos del común han dejado escritas huellas de su paso por el mundo. Mientras escribía a Ike me vino a la cabeza una inscripción que me hicieron traducir hace mucho tiempo en una clase de latín vulgar. Se trata de un grafiti en una pared de la ciudad de Pompeya, que dice:

    Sucessus textor amat coponiaes ancilla,
    nomine Hiredem, quae quidem illum
    non curat, sed ille rogat, illa comiseretur.

    «El tejedor Suceso ama a Hiredes, la criada de la tabernera, que no le hace caso; pero él le ruega, y ella se apiada».
    Es una historia muy antigua y, por lo que sabemos, termina bien. Lleva dos mil años en aquel muro, pero podrían haberla escrito esta mañana.

    Juan Avellana estuvo aquí»]

  • Sonría para la posteridad, por favor

    Desde la perspectiva del futuro, un blog funciona como una cámara de vídeo a la puerta de un banco: graba la vida minúscula de nuestras sociedades que acierta a desfilar por delante del pequeño cuadrado de la página.

    Es muy probable que un día venidero los historiadores hurguen en servidores como Internet Archive, por ejemplo, para recomponer el paisaje sentimental y social de este siglo, uniendo muchas páginas en una inmensa labor de retazos hasta formarse una idea de lo que fue esto.

    Así que sonríe: el futuro nos está mirando.

  • All of me

    En una esquina de un trasbordo muy largo entre dos paradas del metro de Madrid se ponía un hombre con un saxo que tocaba All of me con una perseverancia maníaca: al menos, yo nunca lo vi tocar otra cosa. La música reberberaba tan fuerte en aquel recodo de techo bajo que podías cruzar los quince metros de corredor cantándola a voz en grito sin que nadie se diese cuenta:

    All of me
    Why not take all of me

    Debe de ser la canción triste más alegre del mundo. Quince metros de luz todos los días en un pasillo bajo tierra:

    You took the part
    That once was my heart
    So why not take all of me

    El hombre hace tiempo que ha desaparecido. Si mi vida fuese una comedia con final feliz, un día volvería a encontrármelo tocando Muskrat Rumble; entonces yo cogería un banjo y me sentaría a tocar a su lado para siempre.