• Enfoque

    A rachas el pensamiento se vuelve vagabundo, desvaído; no lo atrae nada, flota. El pensamiento piensa, pero muy generalmente. Al cabo de unos días así, se puede hacer un ejercicio de foco. Fijarlo. Pensar, por ejemplo, en un gecko tan largo como el dorso de una mano, con la silueta nítida de su cola, sus dedos diminutos palmeados, el lomo verde lima y escarlata.

    El olor frutal del aceite de oliva crudo.

    El crotorar de una cigüeña, que nunca se olvida.

    La nuca de la soldado que ha subido al tren, sus trenzas rubias recogidas bajo la gorra.

    Esos crujidos que se oyen en el silencio crepuscular de los cementerios.

    Un guijarrito de vidrio devuelto por el mar, redondo, suave como una piel, traslúcido.

    Las mejillas de mi sobrino, tan blancas que dejan trasver el riego azul de las venas.

    Tantos mosquitos como gotas estrellados contra el parabrisas.

    Un píxel.

  • Explicación

    Mi casa se extiende por ene dimensiones, que es donde están todos esos medios pares de calcetines.

  • Título

    Este post trata de los curiosos efectos de la autorreferencia.

  • Un rayo misterioso

    Mi primer oficio verdadero, como sucede a menudo, lo viví como un largo exilio: de la adolescencia que se había despedido; de lo que yo quería hacer; del propio hilo de mi vida, que había extraviado.

    Una noche de verano, a las tantas, unos cuantos empleados hacíamos en un salón apolillado el último descanso de toda la jornada, el más triste. Las ventanas estaban abiertas; abajo, en la terraza, unos músicos lánguidos, como nosotros arriba, esperaban el final de la noche. En un momento dado, empezaron a tocar una canción desconocida que se fue alzando despacio por encima de los toldos de la terraza que daba la playa, movió las cortinas de nuestro salón belle époque desvencijado, flotó por encima de los cuatro o cinco que a aquella hora yacíamos en silencio por los sillones de cuero y se instaló en el aire fragante de la habitación con una desesperada melancolía.

    Había allí un compañero uruguayo con el que me llevaba bastante bien, igual porque él era pintor como yo era secretamente otra cosa. Me miró la expresión de la cara y me preguntó si no conocía la música. Yo le contesté que no. «¿Nunca has oído esta canción?». Y se puso a cantar a media voz la letra, que pareció durar una eternidad. Mientras tanto, nadie dijo una palabra ni levantó los ojos.

    Nunca como aquella noche he sentido así la añoranza de lo que no ha sido. Pensé, anegado de congoja, que nunca me había hallado tan lejos de todas las cosas buenas de mi deseo; que fuera existía todo un mundo que ya no era para mí.

    Con el tiempo, salí de aquel sitio, anduve un poco y me hice con la pequeña parte de aventura y de belleza que me cupo. Me enteré de que la canción era un tango, o casi un tango, la escuché en la voz de Gardel y me aprendí la letra ripiosa. La canción era El día que me quieras. Hoy día resulta banal, claro, pero algunas veces, como esta tarde, la escucho a lo lejos y veo dónde estoy porque me hace recordar de dónde vengo.

  • Llueve

    En la tierra donde nací llueve siempre. Llueve hasta en el recuerdo.

  • Filosofía

    Si supiésemos qué es lo que hay que preguntar, no necesitaríamos la respuesta.

  • Si hemos de creer a los científicos,

    el acto de ver es una ilusión óptica.

     

    [Hablando de ilusiones ópticas: http://www.michaelbach.de/ot/]

  • Aprendizaje de geometrías elementales

    Atar la lazada del cordón del zapato.
    Enrollar un par de calcetines.
    Plegar un avión de papel.
    Dar un beso.

  • El enunciado

    Cuentan en esta ciudad —yo no me lo creo— que a veces, en medio de un autobús atestado, una señora anciana que está de pie a tu lado se dirige a ti, musitando; tú agachas la cabeza para oírla mejor y ella te habla al oído; enseguida se apea. Cada vez dice una cosa distinta, pero siempre es muy importante, aunque no se sabe bien en qué consiste, porque todos se niegan tozudamente a entrar en más detalles. Sólo que el mensaje de la señora es para ellos muy importante.

  • Abril

    Me pregunto cuántas veces se habrá hablado de días como estos, del cielo limpio, el verde nuevo que la brisa hace tremolar como banderas, de la luz brillante y, sobre todo, de esta exaltación vivífica que nos mueve la sangre como una marea. Imagino que todo esto se habrá dicho innumerables veces, como ahora lo repito yo, casi sin elección.

    Empiezo a entender que en las cosas esenciales de la vida lo importante no es decir qué, sino solamente decirlo.