Recuerda

Reparas con temor en que aún no has guardado, de modo que todos tus desvelos del día están prendidos de un hilo en la memoria del ordenador, como pájaros sobre un cable, y un leve soplo magnético, el roce de una tecla, podrían borrarlos para siempre. Aunque el disco duro es quizá peor, porque allí tu tarea de años descansa en sendas invisibles y particiones efímeras; y bastaría una acometida de corriente, por ejemplo, para que se esfumaran tus proyectos, las cadenas de ideas que ordenaste bien, los líneas compuestas con belleza, tu respiración dada forma.

No hay nada que temer; piensa que, a fin de cuentas, llevas encima bastante más que eso cuando paseas por un bosque, o a doscientos kilómetros por hora o por encima del mar, guardado en su cajita de carne: un mero golpe seco y breve, un corte fino, un error sucesivo de copia de una proteína y adiós para siempre a las mañanas de la infancia, los rostros y las voces de los que se han ido, cierta tarde de sol en la playa, el nombre de una marca de chicles, el olor exacto de aquel otro aliento.

Conviene escalonar con inteligencia las preocupaciones. Y confiar en el hardware.


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