Recuerdo que mi abuelo fabricaba con mucha dedicaci�n unas cosas que �l llamaba tutas a partir de corchos de botella. Son esas peque�as boyas que a veces se ponen en el sedal de una ca�a de pescar por encima de los plomos, y que flotan en el agua en el punto donde est� sumergido el anzuelo. Cog�a un corcho y lo iba tallando hasta acercarse a la figura que buscaba, y entonces se pon�a a lijarlo con todo cuidado, zas, zas, zas, hasta que la tuta alcanzaba su forma can�nica (hab�a unas cuantas: en forma de peonza, en forma de esfera, y as�). Luego les pintaba c�rculos conc�ntricos de colores vivos: verde claro, rojo, blanco. Yo lo miraba y sent�a mucho respeto por todo este trabajo y su procedimiento, como si estuvi�ramos los dos en el taller de un luthier.
Todo esto le llevaba un tiempo terrible, y �lo que ahora s� mayormente no serv�a para nada. Es verdad que a mi abuelo le gustaba pescar, en verano; pero no era eso, porque hab�a fabricado tutas como para pescar la eternidad entera. Ahora pienso en ello, al cabo del tiempo.
Evocarlo por la escritura no me ha ayudado a saber m�s. S�lo he retratado con paciencia a mi abuelo haciendo sus tutas, con su precisi�n de anciano, el cigarrillo consumido en el cenicero, respirando pausadamente por la nariz. S�lo he querido dar forma letra a letra y dejar a solas bajo la luz, austera, la imagen de la tuta colorida entre sus manos remotas.

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