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Por el borde de una llanura blanca pasa un camino. Al borde del camino hay un coche parado y con las puertas abiertas; un hombre tapado con gorro y con guantes saca del maletero una caja de cartón por la que asoman algunos trastos y una gran bolsa de plástico. Luego el hombre da la espalda al coche y echa a andar cruzando la nieve. Al cabo de un rato, se detiene, posa la caja y saca de ella una estaca de madera. La clava en el suelo, le ata un cordel de bramante y de nuevo echa andar, soltando cuerda. Al cabo de 25 o 30 metros se para a clavar otra estaca, y después repite otras dos veces la operación hasta que ha definido un gran rectángulo sobre el plano del paisaje. Hecho esto, el hombre abre la bolsa, que está llena de una especie de letras grandes de plástico negro —como de algún juego de niños—, y se dedica a dispersarlas metódicamente, como si sembrara. Con el ejercicio está empezando a sudar, y de su boca sale un vaho espeso. Le viene a la cabeza la etimología de la palabra bustrófedon, un modo de escritura que los griegos llamaron así porque les recordaba los surcos que dibuja una yunta de bueyes al arar un campo. Cuando por fin ha terminado, se detiene un rato, de pie en la esquina inferior derecha, a contemplar su obra, un cuadrado blanquinegro y pisoteado en medio de la vasta planicie blanca. Desde el cielo parece un párrafo. Finalmente, saca de la caja una pelota brillante y negra y la encaja sobre la nieve, en su punto exacto.


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