«En todo lo que hacemos ponemos el pensamiento de todo lo que amamos». Lo anotó en su día, la primera vez que lo leí, y desde entonces he pensado que era la norma de conducta más bella a que puede aspirar casi cualquiera, en especial cuando se dispone a fabricar cosas, ya que el original dice «all that we make». El párrafo completo le devuelve a la frase su sentido pleno:
—¿Son mantos mágicos? —preguntó Pippin mirándolos con asombro.
—No sé a qué te refieres —dijo el jefe de los elfos—. Son vestiduras hermosas, y la tela es buena, pues ha sido tejida en este país. Son por cierto ropas élficas, si eso querías decir. Hoja y rama, agua y piedra: tienen el color y la belleza de todas esas cosas que amamos a la luz del crepúsculo en Lórien, pues en todo lo que hacemos ponemos el pensamiento de todo lo que amamos. Sin embargo son ropas, no armaduras, y no pararán ni la flecha ni la espada. Pero os serán muy útiles: son livianas para llevar, abrigadas o frescas de acuerdo con las necesidades del momento.
Solamente eso, unas ropas, hechas con una intención. La intención —el alma de los elfos— es lo que está poderosamente trabajado, no la forma de las ropas. Es la santidad del artesano. Sobra decir que el párrafo está sacado de El Señor de los Anillos, del capítulo que se llama «Adiós a Lórien», en la página 513 de La Comunidad del Anillo, según la edición de Minotauro. La traducción es de Luis Dómenech. Sobra decir también por qué me encanta citarlo aquí en uno de estos días.

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