Por el centro de la ciudad las tiendas están desmontando la Navidad sin contemplaciones, como si fuese una escenografía. En la calle Preciados, esta madrugada gélida, una pareja toca piezas para violín y piano o para piano solo, rodeados de unos cuantos rezagados que los observan de pie, ateridos, escuchando con atención y en silencio. Unos operarios descuelgan las luces, entran y salen empleados de los comercios que preparan las rebajas. Hay embalajes de cartón y montones de papel tirados por el suelo. La muchacha hace correr los dedos con mitones sobre un órgano Yamaha; él toca el violín, o descansa. El perro de un guarda jurado se enfada por algo y rompe a ladrar. Hace mucho frío. Es la una y pico de la mañana. Los espectadores hacemos corro, inmóviles, sujetos y fascinados por el poder de la música.
De pronto pienso que esta escena onírica y destartalada es la única estampa navideña verdadera que he visto este año. Luego vengo a casa, enciendo el ordenador a pesar de la pereza y me pongo a escribir este post porque siento, no sé por qué, que es la parte de trabajo que a mí me toca esta noche.
A vosotros, ¿qué os han dejado?

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