En el metro, miraba por la ventanilla a los pasajeros del vagón que venía enganchado al mío. Arracimados alrededor de una barra, los brazos en figura de espiral, como un molinete o una giràndula, con los ojos abiertos hacia mi sitio y los rostros opacos, sin expresión, o con un vago gesto de sofoco o cansancio ensimismados.
Escudriñar esa figura densa de mujeres y hombres para sacar un significado, como lo hacía yo, mirar el té, las nubes, las runas, las ondas del agua o los caparazones de las tortugas, son tareas parecidas, modos vanos de sacar sentido de las formas.
Y sin embargo ese es, en todo o en parte, el trabajo de la literatura.
Más tarde, dando vueltas por casa, me preguntaré si no es ese, en general, todo trabajo del pensamiento.

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