Mes: diciembre 2004

  • Navidades

    El mar de invierno amenaza y cruje como si fuese a desgoznar las rocas y la playa. La ciudad donde crecí —la distancia y la costumbre— se me ha ido volviendo un lugar extraño. Pero me bajo hasta la orilla y ahí está el mar, bufando espuma. Y las olas tienen ese preciso verdegrís, reconocible, ese color exacto como la voz de un padre.

  • Regret

    Todo se ha de marchar, irremediablemente. Y sin embargo, este pesar de que sucede por mi culpa.

  • A la música

    El señor Maligano ha decidido dedicar su vida a la música. Anteayer, dos días después de cumplir 84 años.

  • Circos

    Otra vez est� en Madrid el Circo del Sol. Ha pasado aqu� el oto�o. Yo fui a verlos por primera vez hace cuatro o cinco a�os, con una amiga, Lola, una mujer algo mayor que yo a la que vale la pena conocer. Al salir de la funci�n, Lola y yo anduvimos sin decir palabra durante un rato, felices y asombrados de aquella belleza tan leve. Al final ella habl� y acab� con el silencio muy bien. Dijo solamente: �Juan, �nos vamos con el circo?�. Yo me re� a gusto, porque sab�a lo que quer�a decirme.
    Seguimos callados un buen espacio, hasta que esta vez habl� yo, y le dije: �Pero si t� y yo nos hemos ido detr�s de todos los circos que han pasado, Lola�. Entonces se ri� ella tambi�n; no le qued� m�s remedio que re�rse de veras.

  • Un post a l�piz

    Unos folios sobre una mesa de cristal vac�a, y un lapicero Faber-Castell de punta afilada. El grafito rasca sobre el papel blanqu�simo estas letras a las que se oye crujir una por una como los pasos de una persona en un campo de nieve.
    Yo hab�a empaquetado el ordenador en �ltimo lugar y en el �ltimo momento. El hombre de la mudanza me avis� desde su m�vil y yo me sent� a esperar junto a las cajas. Estallaron las cinco bombas por Madrid y el hombre de la mudanza me llam� de nuevo dici�ndome que la ciudad entera era un puro atasco, justo a su lado, que nada, que para ma�ana.
    As� que aqu� estoy, recordando c�mo escrib�a yo hace tanto tempo, a l�piz, en medio de ese silencio innatural de las habitaciones desnudas.
    No todas las casas en las que he vivido ten�an nombre. Esta se llama la Casa de los P�jaros, pero solo la semana pasada he descubierto que mientras yo estaba en el trabajo, por las ma�anas, unos pajaritos blancos y negros ven�an a ba�arse en una bandeja de lat�n llena de agua de riego que hay en la terraza. S� hab�a visto y o�do muchas veces a las urracas, que se paseaban con bastante confianza. Y a las palomas y los gorriones, como es natural.
    La Casa de los P�jaros. Hice fotos de lo que se ve�a desde la terraza. A ver si un d�a las traigo.
    (Viernes, 3 de diciembre)