Si una mañana de invierno un sol suave acariciase el día, cualquiera bendeciría el cielo, dichoso por la tregua, y, sentado en el banco de un parque, podría ponerse a escribir un poema agradecido. Pero si una tarde de otoño como esta el sol se consume silenciosamente en una luz dulce y fragante como un licor antiguo, todo ese cuidado cae sobre las cabezas de la gente y sobre el verde de los árboles y de los campos y sobre los juegos de los niños y el vuelo diminuto de los pájaros como una capa de melancolía, y solo sirve para evocar presagios de acabamiento y recuerdos de tiempos mejores. Esto sucede porque en nuestra vida íntima conocemos por historias. A diferencia de los cuerpos en estado puro, las cosas humanas van colocadas sobre una línea de tiempo y de causas, y esa propiedad —dónde se halla la cosa en su camino— nos importa quizá más que cualquier otra.

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