Justo enfrente y un poco por debajo de mi ventana hay un hombre en su balcón, ocupado con algo que se encuentra a la altura del suelo. No sé bien de qué se trata porque me estorban las ramas peladas de la copa del olmo que crece delante de mi casa, aquel que los días de viento rascaba la pared. Es la primera hora de una tarde de invierno en Madrid. La luz transparente, amarillecida; encima, el cielo confiable de Castilla.
El hombre va vestido con ropa cómoda, unos pantalones de chándal y una sudadera clara. Parece como si intentase reparar algo. Sale al balcón una mujer de pelo castaño. Andarán los dos por los cuarenta y tantos, cincuenta años. Cambian algunas palabras y se ponen a trabajar en lo que sea que los ocupa, en silencio.
Así un rato largo: ellos trabajando sin hablar y yo mirándolos, como si escuchase una pieza de música.

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